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Cincuenta años y un día

Posted on Domingo 30 Marzo 2008

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El día que conmemoré el cincuenta aniversario de mi llegada al mundo, fue la primera vez que todas las sillas de la mesa del salón se llenaron. Durante años hemos comido por turnos en la mesilla de la cocina, cuando no con el plato en la mano, sentados en el sofá frente al televisor. Pero claro, este es un día especial en el que dejo de ser temba; a partir de hoy soy “un puro”, lleno de consejos para cada situación.

En el otro extremo están mis suegros. Desde bien temprano pasean por toda la casa una sonrisa más falsa que el pelo implantado de él o las tetas de silicona de la vieja. Más allá de los setenta, siguen aferrados a su traje de cuero y conducen una moto de gran cilindrada por toda la ciudad, ponen anuncios en la sección de contactos en las revistas de mayor circulación de la ciudad y visitan clubes de intercambio de parejas. ¡Lo que hay que ver! Yo sé que no les caigo bien, que soñaron algo mejor para su hija, que soy literalmente la mancha de la familia, pero qué se le va a hacer. De no haber sido por aquellas vacaciones en el Caribe…

Ocupa el lugar a mi derecha la mujer con la que he estado viviendo desde que llegué a este país tiritando en una fría primavera, hace casi dos décadas. Se dice rápido, pero han pasado tantas cosas desde entonces que a veces me cuesta trabajo rehacer en mi memoria el día que nos conocimos allá en el malecón de La Habana. Fue todo un acontecimiento verla pasar con su figura de yuma en celo. En seguida supe que no sería difícil enamorarme y ella a su vez, imaginó que yo sería buena compañía para las noches de inviernos. Allí cerramos el contrato: ella me compró y yo llegué a este país haciéndole creer a todos que estaba muy enamorado, aún sigo cumpliendo.

Claro, una cosa es la vida real y otra son las vacaciones. Del lado de acá del mar, lo primero que sucedió fue que ella me cedió su puesto en el podio de lo exótico y empezamos cada uno a ver el mundo desde una nueva perspectiva. Entonces supe que hace falta algo más que unas nalgas rosadas - que aquí se fabrican a patadas- para mantener viva la llama. Por su parte ella comprobó que, tras unas cuantas toneladas de nieve, yo siempre tenía los pies fríos  e inauguró la temporada infinita de dolores de cabeza cada vez que me le acercaba en la cama.

Un par de años después, cuando me propuso irnos de marcha cada uno por separado en sábados alternos, yo no supe qué pensar. Salí casi empujado a la calle y al llegar a un café, Eugene me invitó a su casa a disfrutar de su también rosado trasero. Dos semanas más tardes creo que fue Emilie y así hasta completar, en números redondos, unos doscientos pares de insípidas nalgas rosas que se me antojaron la continuación de la comida plástica, la cerveza sin alcohol y el descafeinado. Decidí parar.

La llegada de los niños nos demostró que somos dos especies diferentes. Lo que para mí es blanco, para ella era negro, para mi son excesivos sus cuidados, para ella yo sigo siendo el mismo salvaje que conoció vistiendo ripios en La Habana. Hoy no le perdono que mi hijo mayor, sentado a su lado en esta mesa, haya salido tan frágil. ¡Me enferma verlo quejarse por lo alto de mi música o por el olor de  una gasolinera! La niña por su parte, es contestona como su madre. Si no le he metido un bofetón es porque en este país me puede enviar a la cárcel. Por eso, cuando se me acerca a pedirme dinero para el cine, nunca se lo niego -aunque sepa que es para condones- a ver si me deja tranquilo un par de horas, deseando que ese alguien le quite la mala leche que siempre tiene.

Esa es toda mi familia en este país, la que hoy se sienta a esta mesa. No falta nadie… o sí.

Un día en el que había poco público, la nueva cajera del supermercado me sorprendió con alguna conversación intrascendente cuando yo buscaba el dinero para pagar. Así conocí a Liudmila, que de tanto maltratar el  idioma con su acento ruso, no reparó en que yo hacía lo mismo “a lo cubano”. Poco después salíamos en sábados alternos, pues a ella también le habían hecho la misma propuesta en casa. A veces íbamos a bailar o al cine, otras mirábamos desnudos el techo uno junto al otro. Descubrimos que el socialismo nos ofrecía muchas cosas comunes de las de que hablar. ¿Qué puede ser peor que el Período Especial cubano? y ella contestaba: la misma hambre a cuarenta grados bajo cero. ¡Cómo disfruté cocinar para ella! Adoré ser yo quien le enseñara lo que es una tortilla, no la conocía; en medio de la Siberia no hay gallinas. Y ella me enseñó que en Rusia hay menú más allá de la Soljanka. Reíamos, reíamos mucho, nos cargábamos de risa para dos semanas. Ha sido la única en casi dos décadas de sábados alternos, que me ha dicho que me ama y me ha llamado al trabajo metida en el baño, durante una pausa en el supermercado, para decírmelo.

Desgraciadamente ella no está en esta mesa. Pero mañana… mañana es sábado y casi no puedo esperar a celebrar mis cincuenta años y un día en su compañía.

5 comentarios for 'Cincuenta años y un día'

  1.  
    RusitoQbano
    20 Abril 2008 | 0:29
     

    Me encanta leer un post mostrando esta perspectiva.
    Ya que soy hijo de un matrimonio entre un cubano y una rusa
    LOL

  2.  
    marina
    5 Junio 2008 | 11:43
     

    lo mismo soy fruto mas de esas uniones soy hija de un matrimonio cubano ruso que aun sigue junto en la isla y yo y mi cubanito metidos en Rusia ahora

  3.  
    frida
    10 Junio 2008 | 23:14
     

    Qué triste tu vida, amiguito, no entiendo que tu mujer no sepa lo que haces o no lo importe, yo soy española y tengo sangre en las venas..y si mi marido quisiera salir sábados alternos le arrancaba la pinga!

  4.  
    10 Junio 2008 | 23:58
     

    ¡Coño Frida!

    Que no es pa´ tanto vieja

  5.  
    Marisol
    30 Junio 2008 | 16:13
     

    Alomejor, alguna vez, no muy lejana, puedes encontrar eso que buscas, la vida está llena de sorpresas y caminos que se cruzan, tal vez, sólo tal vez…………….

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