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Regreso

Posted on Jueves 27 Marzo 2008

Hace unos días una “colega bloguera” ha regresado de Cuba y ha traido consigo noticias de primera mano acerca del “cambio”. Pero lo más importante es su visión del cambio real que se opera en los cubanos por estos días. Por eso le he pedido permiso para reproducir sus palabras en este Blog:

El texto original está aquí: http://musicapoetayloca.blogspot.com/2008/03/regreso.html

Regreso

A veces el silencio es necesario. Hay que dejar reposar las ideas para evitar catástrofes y erratas, pues las palabras que nacen ya no vuelven a ocupar su lugar. Dicho esto comenzaré a contarles sobre mi viaje a Cuba, ese “viaje a la semilla”, esa dulce tortura a la que me someto a cada rato, como remedio contra el tiempo y sus trampas autocomplacientes.

Cuba me dejó inmóvil, pusilánime, me enfrentó con mi imagen y al mirarme en ese espejo me di cuenta de que estaba desvariando, creyéndome los cuentos que yo misma me inventaba: cuentos en blanco y negro. Descubrí que no estaba siendo sincera con mi esencia, que me había creado un personaje, una pose de triunfadora, para no aceptar la realidad: en la lucha contra mí misma sólo yo había perdido. Mientras tanto el país y su gente (mi gente, mi historia) seguían estando ahí, mejor o peor, pero reales. Únicamente yo me había convertido en un fantasma, me había divorciado de mi esencia creando un país imaginario, de bolsillo, ignorando deliberadamente -como solemos hacer los cubanos cuando emigramos- la Cuba verdadera, compleja y llena de matices que hasta este viaje no logré entrever.

Era preciso (y fue posible) retornar a mis orígenes, al calor del hogar, a la paz que solamente se siente cuando estás junto a los tuyos, y para ello era necesario dejar de juzgar, desterrar de mi espíritu el rencor y la tristeza que me provocaba el estar lejos de mi centro. Si yo me había ido por mi propia voluntad, si había podido volver, porque afortunadamente, y a diferencia de otros que no pueden regresar por una ley injusta, yo he podido volver cada año. Si -dentro de los límites razonables- soy una persona feliz, que ha podido conocer otra cultura, otro modo de vida, y aún así continúo teniendo a mi familia, ¿cuál era el malestar? Me preguntaba. ¿Por qué, siguiendo un patrón estereotipado, me amargaba la vida juzgando a mi gente con tanta dureza, como si ellos fueran los culpables del mal funcionamiento del país? ¿Acaso no lo era yo también, por haberme ido?

Muchas fueron las dudas que me asaltaron durante el viaje: ¿tenía que haberme quedado? ¿Emigrar me había hecho más feliz? ¿Quién habría sido yo, de no haberme ido? ¿Sería una ladrona, una frustrada, o quizás habría logrado preservar la alegría que hoy echaba en falta? Al cabo de unas semanas de verdadera observación no estaba tan segura de que emigrar hubiera sido lo mejor. Al compararme con mis coterráneos (una manía que no pude dejar de practicar en todo el viaje), me sentía tan desgraciada… yo había perdido color, sabor, me había desteñido en virtud de una eventual adaptación y ahora me sentía en desventaja, un engendro sin frescura ni alegría, un personaje indefinido, ni cubana ni española, ni chicha ni limoná, una mezcla rara que desconcertaba a mis interlocutores. Y lo peor, me sentía una egoísta por haberme largado en vez de quedarme a arrimar el hombro.

Descubrí que, más allá de algunos cambios superficiales, de ciertos refinamientos y cierta responsabilidad propia de la madurez, no era mucho mejor persona que la que salió de Cuba hace ya siete años. Me noté menos generosa, ingenua, idealista, que cuando estaba allá, y en mis comparaciones hasta me encontraba poco femenina al lado de las cubanas, tan presumidas y coquetas, tan alegres a pesar de tantas limitaciones, que despertaron mi admiración y también cierta envidia.

Pero claro, todo esto no eran más que paranoias mías, el enemigo estaba en mi cerebro. Yo me había ido, como muchos, haciendo uso de mi soberano derecho a la libertad de movimiento, como ciudadana del mundo que soy, que somos todos. No obstante por momentos cierta angustia me impedía disfrutar del regreso. También, todo sea dicho, hubo momentos en que sentí una clara hostilidad; comportamientos desconsiderados, poco elegantes, ante los que tuve que sacar un extra de paciencia y buena voluntad, o ante los que simplemente estallé. Como al llegar al aeropuerto, ese matadero con su correspondiente pesa donde se le quitan a uno hasta las ganas de ver a la familia. La cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

En más de una ocasión me acordé del poema de Félix Grande que dice que “donde fuiste feliz/no debieras volver jamás”, que alguna vez puse en este blog, y algunos días hasta lloré de impotencia, pero en honor a la verdad tengo que decir que los momentos malos fueron mínimos en comparación con los buenos, pues este fue, con diferencia, el mejor de los viajes que he hecho a Cuba, una vuelta a casa, una reconciliación de verdad. En esos días pude dormir a pierna suelta como antes, sentir el calor y la seguridad del hogar, sentir que pisaba tierra firme. Pero además de todo eso, que ya es mucho, pude intercambiar con gente, escuchar sus opiniones, que en el fondo no son muy diferentes de las mías, y así descubrí que lejos de lo que pensamos desde fuera, la gente en Cuba, no toda, bien es cierto, pero más que hace diez años, se está poniendo las pilas y está evolucionando en materia de competitividad. En el país de vagos ilustrados que dejé hace siete años están pasando cosas, poco a poco, desde dentro. Ya nadie secree el cuento del socialismo, ya nadie vive con lo que le dan por la libreta. Todo el mundo está para el negocio, a veces turbio y sin ética, pero lo más importante es que la gente está despertando del sueño dorado, esa utopía improductiva que ha hecho tanto daño.

Cuba tiene futuro, yo lo veo. Un futuro brillante, aunque para ello habrán de pasar años, quizás décadas y habrá que halar parejo. Por lo pronto yo me conformo con esta alegría que me ha dejado el viaje, un viaje en que he roto mis prejuicios, he tendido puentes y me mirado a la gente (mi gente) cara a cara.

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