
Se cierra el telón y Fidel termina un discurso cualquiera.
Se abre el telón y aparece Raúl, afeitadas más afeitadas menos, pero igual de viejo y cansado, aunque algunos periodistas insistan en disumular su vejez anteponiendo a su nombre la frase “el más joven de los Castros”. Este es parco de palabras, teme al micrófono. La luces que hacia él apuntan le ocultan la gran masa de gente que, en la sala, contiene el aliento y espera una palabra milagrosa: cambio…
Al parecer, está escrito que el futuro de Cuba está destinado a depender siempre de un solo hombre. Nos hemos acostumbrados a los superhéroes que empujan a base de superideas la rueda de la historia cubana. Es así. Ya nadie reclama su cuota, o su derecho a la palabra. La democracia no está hecha para nosotros. Nos contentamos con un guía, un inspirador que nos libre del riesgo de nuestros errores.
Peor aún, desde la platea más lejana, el mundo concentra la mirada en el escenario, donde la superestrella iluminada ha de decidir qué causes han de tomar las vidas de los once millones de espectadores que se aprietan en la sala. El mundo especula, se preocupa en adivinar si Raúl quiere hacer cambios. Porque para ellos también han aceptado que ÉL y sólo ÉL puede hacer cambios . El resto de los cubanos somos el público que observa desde la oscuridad este performance que es la revolución. Da igual si nuestras butacas están vacías o llenas; a nadie le preocupa.
Raúl ha tomado el micrófono. Su voz llena este teatro en ruinas, su hablar es un monólogo repetitivo y cansado, un soliloquio baboso y lento, que algunos todavía llaman Revolución.