
La historia del socialismo sin importar la latitud o la cultura que lo sufre es más o menos siempre la misma: sólo deja mierda por donde quiera que pasa. Países arrasados, millones de muertos, millones de sobrevivientes que vagan sin historia que dejar a sus hijos.
Ullrich es el último miembro de un clan de larga tradición marinera. Marino fue su padre y el padre de su padre y el padre del padre de su padre y así, hasta perderse de vista en el tiempo. Por eso no fue extraño que él, que había aprendido a nadar antes de caminar, ingresara de joven en una escuela de la marina a orillas del báltico. Pero, desgraciadamente, tampoco es extraño en el socialismo que un joven decida abandonar su buque en un puerto extraño y no regresar a su tierra natal. De esto hace ya muchos años, más de veinte.
Ullrich llegó el viernes a casa a invitarme a hacer un viaje a un país que ya no existe: La República Democrática Alemana. Yo mismo lo he estado animando a hacerlo durante las innumerables tertulias -a veces en mi casa, a veces en la suya- en las que recordábamos nuestras raíces o arreglábamos un poco el mundo. De tanto describirlas, la escuela de la marina y su entorno ya no me eran para nada desconocidas.
Llegamos a mediodía. Todo es tranquilidad, a veces se oye el motor de un auto que pasa por la carretera cercana, pero luego vuelve el silencio. Avanzamos sin prisas, en cada pedacito mi a amigo se detiene a contarme una anécdota anclada al lugar: aquí veníamos a tomar helados…, por este camino íbamos a bañarnos al mar…, por esta calle salíamos en la mañana a correr dos veces alrededor del pueblo…
En una bocacalle perdemos momentáneamente el rumbo y rehacemos el camino andado para volvernos a perder: “¡Estas casas no estaban aquí! ¿Dónde está la entrada a la escuela?” Damos algunas vueltas, Ullrich no se da por vencido. De mala gana pregunta a una anciana que se acerca con su perro:
- Tiene usted razón joven. Esas casas son nuevas… ¿ha estado usted aquí antes?
- Estudié en la escuela de marina.
- ¡Ah, ya! ¿Ostalgie? A cada rato llega uno de ustedes… este pueblo no es lo que era antes… en el tiempo de la escuela de marina. Esto es un pueblo fantasma donde no vive nadie. Los jóvenes de hoy se marchan y los viejos nos estamos muriendo. Nos sustituyen extraños que compran las casas, las transforman, las amplían y luego las rentan al turismo. Este pueblo ha cambiado su nombre. Ahora se llama Zimmer Frei. El turismo no cree en Ostalgie, ni en historias.
- ¿Pero y la escuela la demolieron?
- No, pero sólo puedes entrar desde el lado de la carretera, como si no perteneciese al pueblo. Allí permanece cayéndose a pedazos. La ciudad quiere hacer un Hotel con un centro comercial, pero nadie quiere invertir en los residuos del socialismo. Dicen que trae mala suerte.
Permanecemos parados sin decir palabra frente a lo que fue la escuela de marina mercante de la República Democrática Alemana. Esto es como asistir al entierro de un ser querido. El golpe ha dejado a Ullrich sin palabras y yo no sé qué decir; no soy bueno para estas cosas. Prefiero quedarme callado, respetar su dolor de quedarse sin historia y sobre todo ensayar el dolor de verme un día en su lugar, de vuelta a Cuba y me encuentre con que las nuevas generaciones hayan borrado mi tiempo, colgando en cada ventana, cada pasillo, cada parque de mi Universidad un cartel diciendo: Zimmer Frei.
