Todos los males vienen juntos.
Estar en huelga se ha puesto de moda. Los obreros de transporte han paralizado la ciudad. Ni buses por encima ni metro por debajo. En las calles se multiplican las bicicletas y los taxis. He tenido que llevar a los niños al jardín de la infancia rodeado de una marea de caminantes que inunda las aceras y para colmo hace un frío de tres pares. En la esquina, mientras esperábamos la luz verde para peatones me dio tiempo a volar 15 años atrás, a la Habana de 1993 sin petróleo para mover el transporte. Por ese entonces vivía en San Miguel del Padrón y trabajaba en La Rampa. En la tarde, después de una jornada corrida (sin pausa para almuerzo, porque tampoco había almuerzo) salía a las 2 de la tarde entre un mar de empleados de todas las oficinas y ministerios de la Rampa. A diferencia de este mar de gente, los caminantes cubanos de aquel entonces marchábamos con un calor de tres pares afuera y un frío de miedo en el estómago. Catorce kilómetros para ir a trabajar, catorce de regreso. Veinte y ocho kilómetros sin desayuno ni almuerzo.
Así y todo, la gente aquí piensa que está muy mal.