
Después de los abrazos y besos, mi madre me comunicó la noticia:
— Tu tía ha muerto.
Realmente la noticia no me afecta en lo más mínimo. A duras penas recordaba su cara pues la había conocido justo hace un año cuando, aprovechando mi viaje anterior, reunimos la familia en una cena en casa. Sus primeras palabras hacia mí fueron: —Mi sobrino, ¿no te vas a comer el resto del pollo?— Todavía recuerdo los huesos crujiendo bajo la presión de los dientes postizos de la vieja. Sí, fue un verdadero milagro que no muriera ese día de una hartera. Tal fue el atracón que se dio con los huesos que quedaban en cada plato que los perros, los pobres, daban vueltas a la mesa lloriqueando.
La primera persona que vimos a la entrada de la Funeraria fue otro sobrino nieto de la difunta —del cual no recuerdo su nombre ni aunque me maten— que al verme vestido de negro, como se acostumbra en el frío invierno europeo aunque no haya muerto nadie, no tuvo mejor idea que preguntarme a voz en cuello: — ¿Qué mi primo, se te murió alguien o estás disfrazado de corsario negro?— y soltó una carcajada. Después de tan inesperada salida mi madre casi lo mata con la mirada, pero él siguió a buscar otra víctima para el próximo chiste… ahí está, ya puedo oír la escandalosa risotada. Siempre ha sido un sangrón, ¡no hace falta decirles cuanto lo quiero!
Un entierro es casi siempre lo mismo: Mi madre se queda acompañando a otras señoras mientras yo recibo apretones de manos y abrazos de gente a la que no conozco. No me atrevo a decir nada, en tales circunstancias prefiero asentir con la cabeza y seguir mi camino. Terminados los saludos me acerco al cajón que es cualquier cosa menos respetable. Hecho de quien sabe qué madera, forrada con una tela “gris funeraria” que deja ver aquí y allá las pocas ganas con que la hicieron. Cuatro rosetones dorados, hechos con papel de aluminio (como la tapa de los litros de leche), tratan de “alegrar” el conjunto pero no lo logran. Bueno, qué más da — dirá quien lo mal hizo— hasta el momento ningún cliente se ha quejado!
Bajo la cabeza en señal de respeto y pido en este momento tan solemne junto al cadáver, que la tía descanse en paz… — ¡Oye caballero conseguí el cristal!, permiso socio— el intruso me echa a un lado sin esperar mi respuesta. Coloca un cuadradito de cristal sobre la abertura de la tapa. No entra. Prueba en la otra dirección, tampoco. — ¡Coño, no es la medida! — se marcha por donde mismo vino.
Regreso junto al cadáver y ya ni me acuerdo en qué estaba rezando, así que hago un esfuerzo para abrir los ojos. No puedo decir que la tía está pálida, no se ha dado todavía el primer caso de palidez en la familia. Ni siquiera después de muertos. Pero la han maquillado exageradamente, como para un baile. Mejor no sigo, ya he visto bastante; me uno al grupo en el que conversa mi madre.
— ¡Era una santa!
— ¡Pa´ morirse sólo hay que estar vivo…!
Son los mismos lamentos de siempre, aunque el finado haya sido en vida un hijoeputa. He de hacer constar aquí, para los que no la conocieron, que Triniá era una de las personas más influyentes, conocidas y respetadas de la comunidad religiosa afrocubana del barrio de Jesús María y Belén, o dicho con menos pompa: Triniá le metía a la brujería en la misma costura. ¡Hasta los policías la miraban con respeto! Se cuentan por cientos los amarres y mal de ojos que dejó tras de sí. No tenía escrúpulo alguno en echar un polvo (en cubano) a quien no se sometiese a su voluntad y se dice que se va dejando impotente a más de un varón.
La noche cae lenta y solemnemente dentro de la sala, pero fuera, como en todo entierro cubano que se respete, los menos allegados están cagados de la risa. La música de la telenovela nos llega desde el otro lado de la calle y esto marca el fin de la ceremonia. Sólo quedamos mi madre, un par de personas más, Triniá, y yo.
No aguanto el calor de este país, tengo que salir a coger aire. En el pasillo me encuentro a Pucha, una prima segunda o tercera de algún tío segundo de mi madre — la primera y única que tengo— Llora a moco tendido. Me abraza y yo, sin encontrar otro lugar donde poner mis manos acaricio sus hombros, y su espalda —no tiene ajustadores— y su cintura diminuta, y ya. Su piel es blanca rosacea, sus ojos azules, sus carnes firmes, sus curvas pronunciadas y su pelo indecente al que cualquier peine mira con miedo. Pucha, sería la jabá más perseguida de la Habana, si no hubiese tenido la desgracia de ser criada y haber vivido bajo el mismo techo de Triniá. Yo soy su primo, nada tengo que temer, pero sé de más de uno que no la abordó por miedo a la madre.
Me da las gracias cuando le brindo un pañuelo pa´ que se limpie los mocos. No hay dudas que es bella a su manera. Comienzo una conversación cualquiera y ella se deja llevar quizás por escapar de la tragedia, tal vez por ver qué se le pega del primo llegado del yuma.
— Mi primo, ¿te pones bravo si te digo una cosa?
— No, dime lo que sea. Te ayudo si puedo — dije creyendo adivinar por donde venía la cosa, pero me equivoqué. Por el contrario la confesión me tomó por sorpresa.
— Vas a tener un problema dentro de poco. En 33 días vas a morir. Me lo dice esta vibración extraña… ¡Ay! Discúlpame mi primo, no quiero ponerte triste, pero creo que es mi deber decírtelo con tiempo — Pucha rompe a llorar, me abraza fuerte y… ¡mira que está buena la jabá esta! — ¿no estás bravo conmigo verda´?
— No, chica, no te preocupes si es sólo la muerte… vaya si fuera algo más importante, ¿pero la muerte?… ¡Ah! No cojas lucha si gente es la que se muere todo los días.
Continúa…