Viajar a La Habana por primera vez después de una salida definitiva es una sensación única. La libertad, al igual que un miembro encogido después de un orgasmo, se reduce a media libertad. El tipo extrovertido que dos días antes manotea y es el centro del bar, va mutando primero en un hombre receloso y finalmente retoma el traje temeroso que llevamos los cubanos dentro de la isla sin importar en qué orilla viven. Reconozcámoslo: le tenemos terror a “Quien tú sabes”. A partir del momento en que cerramos la maleta, los pensamientos que antes volaban al viento, surgen pero no encuentran salida. Comenzamos ya a ver a la seguridad cubana cuando nos bajamos del taxi en Barajas, Charles de Gaulle o cualquier otro aeropuerto del mundo, como si ellos trabajaran sólo para y por nosotros. Y ya cuando al fin aterrizamos en la isla una verdadera paranoia nos domina. Temblamos ante cada uniforme de las oficiales de inmigración y los piropos que les soltamos suenan falsos. Vi a uno mojar el piso frente a la ventanilla de inmigración sólo porque la oficial estornudó. (no es jodedera).Por eso recuerdo mi primera vuelta a Cuba con orgullo porque yo encontré el remedio contra el miedo. Sucedió que decidí viajar sin avisar en Cuba para evitar la comisión de embullo esperándome en el aeropuerto y darle la sorpresa a la vieja.
Llegué con 6 horas de antelación a Barajas para hacer el cambio de avión a La Habana. Soy un tipo maniático con la puntualidad. Soy el único cubano que se ha quejado de la impuntualidad de los alemanes. Si se trata de un viaje, prefiero leer todos los periódicos del mundo en las librerías del aeropuerto y de paso untarme todos los perfumes caros del Duty Free a perder mi vuelo anual a La Habana, el que planeo con meses de antelación.
En eso estaba, haciendo una media por las tiendas cuando la vi. Estaba frente a la sesión de mapas y guías turísticas del mundo recorriendo con el dedo índice el lomo de los libros expuestos, dejando al descubierto en su esfuerzo por llegar a la parte más alta del estante unas hermosas piernas rosadas. Siempre me han gustado las pelirrojas — entre otras —, creo que es un trauma que arrastro desde que vi aquella mítica Lady Mariam — la jeva de Robin Hood — siendo aún niño. Por eso, mientras la corta falda se levantaba arrastraba consigo mi vista, mientras en mi cabeza se empezaba a buscar con urgencia un pretexto para acercare a ella. ¡Y bingo! Sus dedos extrajeron una guía turística de Cuba.
— Yo no creería en ese tipo de guías — comencé a decir al pararme tras ella en la caja — son inexactas y comerciales.
Si la hubiese abordado en el centro de la ciudad ella posiblemente habría echado a correr, pero sé por experiencia que el insípido carácter inglés no pasa a través del arco de seguridad de ningún aeropuerto sin que salte la alarma. Ella, libre de esa carga, preguntó sonriente por la mejor manera de conocer Cuba y yo le ofrecí mi brazo.
Las ocho horas hasta que salió el vuelo —seis programadas y dos de retraso— pasaron volando entre risas y mojitos y una vez dentro de la nave, convencimos a la vieja horrible que se sentaba a mi lado para que se cambiara de asiento y poder ir uno junto al otro conversando de Jazz durante todo el viaje.
Y mira tú, quien me hubiera dicho que su compañía me haría olvidar el por qué viajaba a Cuba. Cuando aterrizamos en La Habana ya yo me había enamorado de tal manera que en vez de llamar a mi madre y decirle: estoy en casa, conté todo el dinero que traía en el bolsillo y seguí camino a Varadero, a Cayo Largo, a la otra Cuba. Los paisajes y las playas, el sol y las palmeras hicieron de perfecta Celestina. Fueron tantos los besos que dos semanas no fueron suficientes y me sorprendió el día del regreso en plena faena. Nos dimos el último beso cuando el altoparlante repitió su nombre e inmediatamente echó a correr. Entonces supe que viajábamos en aviones diferentes, ella a Madrid, yo dos horas más tarde vía París.
Esa fue la última vez que supe de ella.