
…Si esa mulata a mi me quisiera,
qué banquetico yo me iba a dar…
La Caminadora, Los Zafiros.
Soy un ventilador ¿Se acuerdan de qué es un ventilador? Yo soy uno. Camino moviendo la cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda con los ojos pegados en el trasero de cada mujer que me pasa por el lado. Demasiada hermosura me rodea, ¿qué puedo hacer? Me hundo en un mar de jeans a la cadera, me ahogo en sus cabelleras y me emborracho de sus tatuajes…
— Ave maría purísima… ¡Qué rica está esa niña! ¡No, eso no es normal!
Vuelvo sobre mis pasos, abandono la multitud y rezo tras cada uno de sus pasos. Su vaivén me produce vértigo. La sigo hasta dentro de una tienda de lencería. Está allá, al fondo, junto al perchero descuelga una tras otra las piezas y se mira al espejo con ellas delante…
— ¡Divina! Simplemente divina
— ¿Eso crees? – contesta en español y yo no sé donde meterme o sí, me hundo en sus ojos. A través de ellos viajo en tiempo y espacio…
Diciembre de 1977.
La Habana está menos descojonada, la escuela conserva aún todas sus persianas y las pizarras son nuevas. La fila de Pioneros espera para saludar la bandera. Me molesta mi pantalón corto y la camisa. Los lunes siempre fueron un suplicio encartonado en la ropa recién lavada y almidonada por mi madre. Han dado orden para entrar a las aulas después de cantar el himno del guerrillero heroico. Primero las hembras y los varones quedamos extasiados mirando por entre los barrotes de la escalera algún blumer de refilón. Mariela es flaquita, lleva hecha carreritas, su amiguita Luisa es una rubita…
Diciembre de 1987.
La Habana ya está bastante descojonada. Es una odisea aguantar un frente frío en el instituto sin ventanas. Al que le toque sentarse al lado del hueco donde alguna vez hubo una ventana se cagó en su madre. Ya no se cantan himnos al entrar a clases ni hay matutinos llenos de poesías recitadas a la memoria de los mártires. Las clases de Comunismo Científico son un hervidero de preguntas acerca de la Perestroika. El profe ha pedido que le dejen dar su clase, por favor. El teacher está en la gloria, todos quieren aprender inglés. La Visa es loca y a cualquiera le toca. Luisa ocupa dos filas por delante de mí. Desde aquí veo los muslos que sobresalen de la diminuta silla, la cintura sigue siendo tan estrecha como hace diez años. Nos tiene locos a todos los varones. A veces habla con la Mariela, que se ha convertido en la cocotimba. ¡Es que la pobre, no ha tenido quinces!
Diciembre de 1997.
La Habana está hecha tierra. El bombardeo no ha cesado - comenta un reportero aburrido en la ciudad – pero hoy se ha caido otro edificio. Luisa terminó economía, ahora pasa ocho horas en la Oficoda, repartiendo las libretas de abastecimiento a los consumidores de su circunscripción. A veces alguien le monta un escándalo porque no ha llegado la carne de dieta y ella le da la dirección del consejo de Estado. “Esa es la oficina de quejas y sugerencias” les dice. Cuando no hay ningún usuario jodiendo la pita, sale a comprarle la merienda al CVP de la tienda de enfrente. Esta vida gris la ha llenado de celulitis, se ha puesto mustia. Mariela se ha descarriado un poco, la negra esa no engorda, pero dice que a su amici le gusta así.
Diciembre 2007.
Mejor no te cuento de La Habana, vamos a dejarlo ahí… Sin embargo a Roma no parecen pasarle los años. Mariela se prueba uno tras otros los vestidos…
— ¿Mariela?
Hace un gesto de sorpresa, estudia mi cara pero no me encuentra en su pasado. Me veo obligado a llevarla de la mano, pero ni así. Una cocotimba nunca dedica tiempo a los varones que se burlan indiscriminadamente de ella. Y tampoco esta negra de salir que escoge los vestidos con los que irá a la cama entre los más caros…
— Pero ¿te acuerdas de Luisa? – le dije cuando se alejaba.
Retrocedió y fue entonces que aceptó dedicarme un rato en el café de una plaza cercana.