Cuba,cubanos,jinetero,jinetera,comandante,
Se me olvidó morir (II/II)

Posted on Miércoles 6 Febrero 2008

1

Mi universo se ha reducido a los límites de la ciudad. Tengo que ser práctico, no puedo ir más allá: ¿A dónde voy a ir sin correr el riesgo de no poder desandar el camino de regreso?

Cuando la noche cae sobre el sábado y las luces y la gente salen a la calle, me contagio de su gozo por momentos y hasta me creo que toda esta alegría es sólo el telón de fondo en la película de la cual yo soy la estrella. Pongo pie en un bar que no visitaba desde hace años, de hecho no he visitado uno en años. Al fondo un pianista deja oír una melodía triste a la que nadie presta atención.

Nadie se sienta a mi lado y yo estoy demasiado sensible para dejarme rodear sólo por sus notas. Apuro mi cerveza y salgo del local. Me detengo enfrente de un grupo de negros que hacen maravillas con sus voces. Acabada la melodía, les dejo unas monedas y sigo.

Saint Pauli me lanza sus tentáculos. No he estado aquí antes, nunca he entrado en sus burdeles por temor a… bueno, ahora al menos, no temo morir por causa de una enfermedad de transmisión sexual. Ante la larga fila de puticlubs de la Reeperbahn, algunas chicas se me acercan y van directo al grano. Pero yo he venido a mirar, sólo a mirar, les repito. Sus piernas son largas, como cortadas por la plantilla de una Barbie. En un Table Dance pido una cerveza. La chica que baila frente a mí es elástica, se enrolla en la barra y aún también alrededor de mi cuello y susurra alguna incendiaria palabra a mis oídos.

La noche siguiente regresé seducido por la imagen de esa mujer y a la tercera, cuando la realidad me hizo ver que no tengo tiempo para tonterías, la invité a una copa y le hice una proposición que no podría rehusar: ¡Te compro tus próximos 90 días! A partir de este momento seremos uno, jugaremos a ser la pareja más enamorada de la ciudad. Compartiremos cada sueño, visitaremos las tiendas y haremos compras para nuestra casa. Dormiremos abrazados, haremos ejercicios, llegaremos a enamorarnos. Todo menos hacer planes para el futuro.

Comemos a la luz de las velas. Mientras habla, sus palabras logran el milagro de sacarme a mí del trono de mi desgracia para ocuparlo ella, que convalece de su terrible pasado. Hay cosas peores que la muerte: la vida en el lado menos afortunado de la vida, por ejemplo.

Amo amarte.
— ¡No te vayas más, por favor! – Ha accedido a cuidarme. Pone extremo cuidado en peinarme y en ocultar los cabellos que quedan enredados en sus dedos, pero yo se lo que está aconteciendo. A pesar de ello, le agradezco. Ha retirado los espejos, cuando comenté que me asustaba mi imagen. En su lugar queda un irreconocible espacio en blanco menos impresionante que ese otro yo.

Cada vez tengo menos fuerzas para moverme y al mismo tiempo tengo más ganas de amarla. Al principio, cuando todo se me hacía borroso, pestañeaba para apartar el velo húmedo que cubría mis ojos con tal de verla. Ahora es ella quien, con manos de seda, da caza a las lágrimas que me corren mejilla abajo…

Alguien ajusta el aparato tras mi cabeza y un rítmico bip-bip llena la habitación. Aquí llega otra crisis. Se han ido aproximando tanto que casi se tocan en las puntas. El dolor ha pasado a ser cosa del pasado. Ahora todo se resume a un juego diabólico. El cangrejo me sigue y yo trato de evitar el golpe. Muestra su tenaza, ríe, me arrincona contra mi propio miedo, hurga entonces en mis carnes, pero no me mata. Toma sólo parte de mi vida y se va, dejándome escapar. Así comienza otro ciclo.

No tengo experiencia previa en estos menesteres. Nunca me morí antes, así que llegado el momento deberé improvisar una muerte digna, pero es difícil ocultar el miedo a morir. Sospecho que sea tiempo de rezar a Dios y dedicarle mi aliento final. ¿Debo hacer ya la retrospectiva, recordar los buenos y los malos momentos, encontrar en mi memoria a los antiguos amigos? En un instante quizás aparezca el monstruo alado que ha de venir a recoger mi alma, pero no llega nadie. No hay luz ni sombras, ni trompetas, ni percepciones, ni voces lejanas que me indiquen que me estoy muriendo. Sólo unos enormes deseos de dormir, de tomarme las cosas con calma. No hay recuerdos. No pasa nada, es aburrido.

Despierto. Ella me acompaña. Si está aquí es que estoy aún vivo. Su sonrisa lo cura todo. Casi no le oigo. Lo peor de mi nueva condición es saber que el fin de nuestra relación está cerca, que la voy perdiendo poco a poco mientras mis manos resbalan sobre la cuerda de la que cuelgo mi vida. ¿Sabes? Me gustaría sobrevivir a esta enfermedad… No por mí, sino por… ¿por qué no te conocí antes?

— ¿Por qué susurras? Habla más alto por favor…

Mi futura viuda guarda silencio. ¿Me habrá oído concentrada como está en limpiar la sangre bajo mis uñas? - De sus ojos escapan algunas lágrimas no previstas en nuestro pacto - ¿Estás triste? ¿Me amas?

No responde. Se levanta. Sale de prisa. Entra al momento acompañada. Trastean el aparato. Ella se cubres la cara. ¿Llora? ¿Por qué lloras…? ¿Qué pasa…? Ya no hay bip-bip. Empieza a oscurecer. La miro. Procuro no pestañear. No quiero que su imagen se apague. La grabo en mi retina. Un sonido largo, intenso me penetra, me rompe la sien… ¿Puede alguien apagar ese dichoso aparato, por favor?… ¡Ah! Ya lo apagan… gracias…

Y tanto me consagro a la mujer que amo, que llegado el momento y sin darme cuenta, olvidé asistir al momento de mi muerte.

No comments have been added to this post yet.

Deja un comentario

(requerido)

(requerido)


Information for comment users
Line and paragraph breaks are implemented automatically. Your e-mail address is never displayed. Please consider what you're posting.

Use the buttons below to customise your comment.


RSS feed for comments on this post | TrackBack URI