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Se me olvidó morir (I/II)

Posted on Miércoles 6 Febrero 2008

 

 

Nunca había pensado seriamente en la muerte. Al menos hasta que el doctor, después de revisar los resultados de los análisis, diagnosticó un cáncer terminal. Mi primera reacción fue tirar a broma el dictamen repitiendo aquel mal chiste de… “Doctor, ¿Dijo Leo o Géminis?”. Pero debí parecer estúpido a los ojos del galeno que, acomodándose las gafas y por toda respuesta, me dijo: “Vístete” y continuó golpeando con ilegible letra unos papeles.

Me vestí con desgano, sin saber qué decir o qué hacer. No todos los días uno recibe la noticia de su propia muerte. Me aproximé tembloroso arrastrando los pies al viejo buró de caoba donde el viejo especialista redactaba mi sentencia médica, como cuando de pequeño mi madre me llevaba a ponerme una vacuna. Pero ni siquiera mi imagen de arrepentimiento amilanó al viejo que, con mano sudorosa y respiración sonora, redactaba mi veredicto de muerte.

— ¿Qué puedo hacer doctor?
— Nada

La respuesta fue clara: nada. Ni siquiera rezar a Dios mientras llega el final ¿Por qué habré esperado tanto para visitarlo? Siempre me contenté pensando que tenía la digestión pesada, pensaba que mis constantes malestares no eran más que un empacho del que no me acordaría a la mañana siguiente… Pero díganme, ¿quien en su sano juicio, con 29 años recién cumplidos, va a pensar que se va a morir de una hartera?…
— ¡Tiene que haber una solución, para todo hay siempre una solución!…
— Menos para la muerte — me respondió la voz de barítono que sonó lejana, como el eco de quien se despide. — Dos meses. Tres a lo sumo; la metástasis avanza rápidamente…

“¿Por qué tanta prisa?”

Estuve dos días encerrado en casa con las persianas entornadas, no contesté al teléfono y evité todo contacto con la luz. Apenas comí y sólo bebí alguna tizana que me preparé con apatía. Estoy seguro que ese doctor se equivoca, desde que me dio la noticia me he sentido mejor que nunca, y que conste que si estoy tomando remedios es para los nervios que me ha destrozado el muy cabrón. ¡Yo no puedo morir! Quiero decir, al menos por ahora que no he tenido tiempo para pensar en la muerte.

Tres días después de mi fatídica entrevista visité otra clínica de mayor prestigio y describí el mal que me aquejaba sin hacer referencia al diagnóstico poco probable del matasanos que ya había visitado. Me sometieron a todo tipo de pruebas y aparatos modernos y al final un médico, esta vez más joven y perfumado, se sentó ante mí a descifrar los resultados: Cáncer

Todos los días muere gente y nadie se entera. Hoy, para no ir muy lejos, mientras estaba en la clínica vi entrar un hombre destrozado en un accidente de motocicletas. Era mucho más joven que yo y ni siquiera recuerdo su cara… Pero eso no cambia las cosas, la muerte propia no se toma tan a la ligera aunque sea menos espectacular. Posiblemente jamás acepte el hecho de que un día me toque a mí; ni que mi cabeza martille la frase: para morirse, sólo hay que estar vivo.

Tardé toda una semana en acostumbrarme a mi nueva realidad. Cada una de mis encumbradas elucubraciones tenía que ver con mi próximo fallecimiento. Hice continuos paseos, me senté frente al mar, di de comer a las palomas en cada fuente de la ciudad hasta que poco a poco la idea se me hizo un poco más llevadera. De niño pensé que moriría con ochenta y siete años. Mis dos abuelos habían muerto a esa edad; habían ido a la cama después de un día con su pequeño nieto y no habían despertado jamás. Por eso asumí como cosa normal y así lo tenía previsto que moriría apaciblemente en mi cama, en mi ochenta y siete aniversario. Me separaba pues de mi proyectada muerte más de medio siglo, pero ambos galenos habían dictaminado un avance rápido de la enfermedad y me habían pronosticado una existencia de hasta un trimestre; días más, días menos. Tenía que llenar mis últimos dos meses de vida con las experiencias y vivencias, amores y desamores, alegrías y desengaños de medio siglo, sin derecho a reclamaciones.

El nuevo escenario es como sigue: Hasta el momento nunca gasté más de lo estrictamente necesario, mis vicios son tan económicos que para este entonces cuento con ahorros distribuidos en tres cuentas bancarias y tarjetas de crédito de las que puedo tirar sin que el banco ponga el grito en el cielo. En la nueva situación merezco las vacaciones que nunca disfruté: Escogí ya un buen Hotel en Ibiza, destino habitual de chicas macizas y hippies con ganas de marcha llegados de todas los rincones de Europa. Allí esperaré mi muerte tomando lo máximo de la vida: bailando, bebiendo hasta caerme de bruces, puesto de marihuana hasta el culo…

Le hice saber de mis planes a mi único amigo sin darle muchos detalles; pero él, que me conocía desde la niñez, supo enseguida que algo no andaba bien y prometió visitarme al siguiente día para poner luz en sus entendederas y esa fue mi salvación porque, cuando el reloj dio las siete de la mañana, un dolor intenso se me clavó en el estómago y me hizo caer de la cama. Apenas tuve fuerzas para arrastrarme fuera de las sábanas y vomitar un chorro de sangre oscura. Luego el mundo comenzó a alejarse, mi cuerpo concentró todas las sensaciones en la terrible mordida que el cangrejo me daba en el vientre con intenciones de partirme en dos.

Continúa…

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