Cuarenta y ocho horas antes creía saber quien era yo y por qué y para qué hacía las cosas. Estaba seguro de cada paso y me enorgullecía de mi condición. Pero ya no era el mismo…
Cuarenta y ocho horas más tarde, de regreso en casa, me molestan las grietas del techo, no soporto el estruendo de la pila que gotea sin parar por falta de zapatillas. Me da pena la cama vacía, sin arreglar desde que hace una semana Yuneisis decidió ir a visitar a su tía en La Habana.
Paso el paño sobre la superficie de la barra una y otra vez, y mil veces. Hoy no ha venido nadie, ya no está Manolo. Su banqueta permanece vacía. A media mañana llega ella con sonrisa inocente. Me dice que ha terminado el libro. ¡Muy bueno! – comenta- pero un poco triste ¿no? ¿Has leído la Trilogía Sucia de La Habana? ¡No, pero me la sé de memoria señora! –respondo para mis adentros. La invito a tomar asiento en la banqueta de Manolo.
¿Todavía queda gente así en este mundo?
Johana, se llama Johana. Conoció a su actual novio a través de Internet. No me pregunten cómo, dice que en un Chat se hicieron novios, tampoco me pregunten cómo. Visualizó en ese momento un futuro feliz como ha de ser todo: una casita, su esposo que llega cansado del trabajo y la besa a ella y besa a los niños… todo a través de mensajes fríos en la pantalla de la computadora, nada de besos ardientes, ni templetas interminables. Ella vive en Colombia, él en Toronto.
Su primera sorpresa fue que él nunca respondía al teléfono. Claro, que todo tiene explicación. Resulta que él tiene una antigua novia que lo amenaza y por eso no responde al teléfono, está aterrado… esta explicación bastó y la “relación” continuó más o menos así durante un año: Llego en dos semanas, amor… ahora me mandan a New York… el mes que viene… ahora no puede ser porque llevo el departamento de finanzas yo solo… después del invierno… hasta que ella decidió terminar.
No sigo con más detalles, no los recuerdo. Sólo sé que en algún momento decidieron reencontrarse en Cuba, él viajó a Colombia y el resto de la historia más o menos la saben… Sólo que mi Yuneisis está en el medio y esta niña aún no lo sabe.
Le sirvo una limonada. Es linda sí, pero demasiado inocente para este mundo. Si a mí, que creía que me las sabía todas, mira lo que me está pasando, qué no le harán a esta pobre. No quiero saber cómo va a terminar su historia, tengo que ocuparme de la mía.
Termina mi turno. La carretera hasta Holguín está hoy más solitaria que nunca. Sólo el avión en que viaja Johana rompe el silencio de la vía al pasar sobre mi cabeza. Decido hacerle la visita a la familia de Yuneisis, pero sus hermanos, que hasta ahora eran también los míos, me cortan el paso en la reja. La puerta se cierra. ¿Qué está pasando? Me voy a volver loco. ¿Pero qué he hecho? ¿Dónde está mi mundo? ¿Cuándo voy a despertar de esta pesadilla?
… mejor lo dejamos así, mejor así. ¿Mejor, qué cosa? No vengas más…
Cada día paso frente a su casa camino al trabajo. A veces veo a la familia fuera. Un par de veces los he visto en la calle, pero nunca se detienen a saludar. Esta, es una historia terminada. Pero esas cosas no se sacan así como así de la cabeza. Queda demasiado odio en todo esto…
- ¡La vas a gastar!
Yo estaba en lo mío, limpiando copas. Pasarle el trapo a la barra se me ha convertido en una manía… Sonrío y le pregunto qué desea. Conversar, sólo quiero conversar ¿no te aburres sólo aquí? Ella me dobla la edad, las arrugas de sus ojos no mienten. No sé si son verdes de nacimientos o con la edad se ha vuelto una vieja verde de pies a cabeza. Yo sé por donde viene. No me gustan estas pirañas. Aunque esta, para sus años no se ve mal. Me habla de su país, de lo hermoso que es el Caribe, de lo rico que me ha quedado este mojito. Me deja propina y la rechazo… no sé por qué, pero le devuelvo la calderilla que ha dejado en mi mano. Será que ya no tengo planes que pagar.
Me voy a casa.
Doy vueltas en la cama. ¿Dónde está Yuneisis? Sólo me quedan sus fotos en la mesa de noche y las que tengo en mi cabeza… jadea y pone cara de puta. Se va en el avión de Johana. Nos dice adiós a los dos desde la ventanilla. Los días son todos iguales…
- ¡La vas a gastar!
Insiste. Es como si estuviera en una película que se repite hasta el cansancio. Engulle el trago de un sorbo y me mira desde sus ojos verdes enrojecidos por el alcohol. Hoy ha decidido pagar con tarjeta, me hace ir a buscar el dichoso aparato al restaurante. Siento su mirada pegada en mi culo, me empuja desde la distancia.
- ¡La vas a gastar!
Sí. La clavo, la clavo una y otra vez… esta es mi venganza. Sí, te la voy a gastar. Grita, pregunta si la quiero matar. Sí, eso quiero. Suplica que la deje, yo no me detengo. Ella siente placer, yo rabia. Ríe, yo lloro. Se estremece, crispa sus manos al cielo, se retuerce. El sismo hace caer el retrato de Yuneisis. Pide auxilio a Dios, le pregunta qué es esto como si no lo supiera y yo en represalia me hundo, llego más y más profundo en ella.
- ¡Sí!, La vas a gastar…
Continúa…