
Manolo disminuyó un poco la marcha frente a la puerta del Hotel Nacional, sólo me dio tiempo a despedirme, coger mis cosas y saltar fuera del coche de Havanautos en el que había recorrido a velocidad supersónica los 780 kilómetros que nos separaban de La Habana. Por puro milagro no nos matamos. Este tipo es un animal hasta para conducir; sorteaba las vacas, tractores y almendrones con habilidad milagrosa. Muchas veces me puso los huevos en la garganta al frenar a centímetros de los camiones cargados de caña, pero por la gracia de Dios, llegamos sanos y salvos a la Habana.
Este es un sueño realizado. Desgraciadamente la primera vez que pongo los pies en la capital es por un asunto bastante triste. No conozco a nadie, sólo tengo apuntada en un papel la dirección de la tía que visita Yuneisis con tanta frecuencia. Las dimensiones de los edificios, de las calles, del tráfico que baja con estruendo La Rampa son impresionantes. Me pierdo un poco, estoy acostumbrado a dimensiones más humanas y humanos de mi dimensión. ¡Ya me lo habían dicho: aquello es una ciudad moderna! Pero por más que trataba de imaginar y me la aprendía en fotos, la realidad sobrepasa a todos mis sueños. ¡Estoy en La Habana carajo! Me impresionan los carteles del cine La Rampa, el edificio del Ministerio de Justicia… allí está Cubana de Aviación… doy vueltas detallando los carteles de los edificios cercanos. ¿Lo mejor? ¡El malecón! Este merece un párrafo aparte. Cruzo la avenida, coloco el maletín a mi lado y tomo asiento en el muro… La Habana carajo, yo tengo algún día que vivir en la capital de todos los cuba…
- ¡Ciudadano! Permítame su identificación.
¡Cojones! qué inoportunos estos policías que empañan la imagen de postal que disfruto. Estoy acostumbrado a verlos deambular las arenas de Guardalavaca. Llegan sudando como bestias a “mi barra” y me miran con cara de lástima hasta que yo les dejo caer una limonada o una tropicola. De tanto hacerlo ya se han hecho mis amigos y sé cómo tratarlos.
- ¿Qué pasa compay?
- Combatiente ciudadano, yo soy combatiente. Su carné de identidad.
- Bueno, vaya no hay que ponerse así… aquí está.
Esta gente no son los que conozco, pero no me van a joder el día, los dejo que revisen mis documentos hasta aprendérselos e memoria. Descubro a lo lejos la imagen del morro de La Habana. ¡Porque supongo que será el morro! ¿no? Su imagen me provoca una sonrisa… Los uniformados se toman todo el tiempo del mundo. Uno se aparta y lee mis datos por el walkie-talkie mientras el otro, con la mirada fija en mí, trata de adivinar mis pensamientos. A veces desvía la mirada para vacilar a una mulata que pasa y los vuelve a clavar sobre mí. Deben ser más jóvenes que yo. Por el acento he notado que no son de mi tierra, quizás de Guantánamo.
- Oye ven acá, ¿qué hace tú en La´bana?
- ¿Qué quiere usted decir? Disculpe, no entiendo la pregunta.
- A vel, chico. Si tú ere de Holguín ¿qué hace en La´bana?
La pregunta me da en la cara, me saca de mi lugar.
- ¿Cómo que qué hago yo en la capital de mi país? Me parece que esa pregunta sobra, que ustedes se han equivocado. ¿O está prohibido pasear por mi país?
- Eh, vamo a vel como le habla a la autoridad ciudadano. ¡Aquí lo que hacen la pregunta somos nojotro y uté tiene que repondel!
- Mira compañero, el hecho de que usted esté vestido de policía no le da derecho a pasar por encima de los ciudadanos y…
- A vel vírate ahí, pon la mano e nel muro y abre la pielna.
- Na´ tú te equivocaste. Ahora el que los va a llevar a la estación a ustedes soy yo, pa´ ver si delante del jefe de la Unidad ustedes repiten esto mismo frente a…
Se abalanzan sobre mí, pierdo el equilibrio, mi cabeza está presa contra el muro, las manos en la espalda, las esposas me inmovilizan.
- Así que tú ere gallito, pue mira chico con nojotro te jodite te vamo a procesal pol falta de repeto a la autoridad y resitencia al arreto…
- ¡Esto es un abuso!
- Eso lo va a explical como había tú dicho, al jefe de la unidad.
Positivo, positivo. El mimo que fue vito en las inmediaciones del Hotel acompañado de un turita… positivo… no se le ha encontrado “alma”… sólo hemo ocupado ropa etranjera… positivo… eperamos por la técnica… sí, e peligroso… pero ya lo hemo reducido… positivo… positivo… cambio y colto.
El tren a Santiago debía salir a las ocho de la mañana. Varias veces anunciaron la inminente salida. A mediodía la masa de gente se mueve, comienzan a abordar los vagones y esperan. Ahora esperan a que aparezca la llave de no se sabe qué cosa que falta. Esto es un infierno, el sudor me baña, los malos olores me atrapan. Cuando por fin las ruedas se ponen en movimiento, el policía devuelve a cada uno de los cinco que viajaremos juntos nuestra identificación y nos advierte que tenemos prohibido el acceso a La Habana. Todavía me atrevo a preguntar por qué y recibo una mirada de respuesta.
Para el que no lo crea, en mi bolsillo llevo la copia del documento. ¡Sí, soy una cucaracha! Soy culpable no se de qué, pero debo ser culpable. He sido deportado, la ciudad no me quiere. Ni siquiera me manda a casa, no. Me ha montado en el primer tren sin importar que iba para Santiago. Da igual, con tal de que vaya pa´ llá pa´ los montes verdes… lejos de la capital. Cualquier lugar del lejano Oriente es bueno.
El tren lechero deja atrás lentamente miles de palmeras, caseríos, puentes, kilómetros de odio, kilómetros de preguntas sin respuestas me devuelven al tercer mundo del tercer mundo. El aire me trae el eco de una palabra: Palestino.
Continúa…