
Pensé que no había cambiado. Todos creemos que la foto que llevamos dentro no se pondrá amarilla con los años; que estamos vacunados contra la Coca Cola del olvido. Pero más tarde o más temprano, la velocidad con que vivimos nos hace postergar una y otra vez la llamada semanal a Cuba. Luego nos justificamos en la ausencia de Internet en la isla cuando descubrimos que hace un mes no le escribimos cuatro líneas en un correo electrónico a la vieja. La nieve que se te va acumulando en el alma y claro, como tú te comparas siempre con estos bichos de corazón metálico que te rodean o con las rubias inoxidables que se disputan un pedacito del cubano en la disco; sigues pensando que eres el mismo tipo caliente, el latin-lover o el negrón-lover…
Cuando salí de la isla había prometido a mi madre que le mandaría dinero y en cuanto consiguiera mis papeles la invitaría a darse una vuelta por el viejo mundo. Soñé siempre con la ilusión de regalo tan especial. Pero una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero, se necesitaron unos cuantos inviernos hasta que yo pude enviar a mi madre algo de dinero y toneladas de nieve hasta que estuve en condiciones de poderla invitar a visitarme.
Y es entonces cuando te enteras que no eres el mismo, que has cambiado tanto que ni tu propia madre te reconoce.
Todo empezó en el aeropuerto, cuando con tanta ilusión fui a recoger a aquella mujer fuerte que no temía dormir en la puerta de una tienda para comprarnos juguetes, que no conocía las lágrimas y mucho menos el miedo. Después de tan angustiosa espera – el avión salió con dos horas de retraso de Cuba – y ver salir tanto turista color camarón; una viejecita asomó su cabeza tímida, dio unos pasos y no se movió más. Quedó petrificada por la inmensidad de la sala de esperas, por tantas luces y tantos “extranjeros”…
Fueron tres meses aún más difíciles que todos los años precedentes. ¿Cómo le explicas a tu vieja que no le ponga azúcar al zumo de naranja, ¡perdón al jugo! ¿Cómo le dices que el flan de coco que te hizo con el mismo amor de hace treinta años está demasiado dulce, que los frijoles avientan y la carne tiene mucha grasa? ¿Cómo la convences de que su nuera y sus nietos no puede comer su comida… ni yo tampoco?
- Vieja descansa. ¡Tú viniste de vacaciones!
Pero el trabajo no te da tiempo para sacarla y cuando lo hace sola te llama cada cinco minutos aterrada diciéndote que está perdida a sólo tres cuadras de la casa y nadie habla español.
- Vieja, mira mejor te quedas en la casa viendo DVD´s
- ¡Ya en Cuba pusieron esta película en la televisión y esta y esta también… además están dobladas “al gallego”
Cuando el negrito más chiquito amanece con fiebre, ella sin pensarlo dos veces hace una limonada caliente…
- ¡Pero el limón no es “ecológico”!
- ¿Y eso qué es? ¡Coño no me extraña que haya tantos maricones en este país!
¡Esto le pone la tapa al pomo! La discusión entre la vieja y la mujer. ¡Pero es que la cosa tiene unas cosas del carajo!
- ¡Ese tamaño te lo di yo comiendo hasta piedra! ¿Quién ha visto un negro con tanto belebele?
La vieja ha venido a romper la paz que tenías aquí. No encaja en este mundo en el que tú a duras penas te has insertado. Un día, después de colgar el teléfono a la vista de todos tus colegas que no te dicen nada, porque esto es un país civilizado; les sonríes pensando: ¡Qué ganas tengo que se vaya pa´l carajo!
Y cuando regresas de haberla dejado en el avión de vuelta a Cuba, sientes necesidad de hacer un alto en un restaurante de carretera. Pides una Coca Cola bien fría y te extasías mirando los autos nuevos que recorren como bólidos la superautopista hacia la ciudad. Y sientes una paz increíble cuando la Coca Cola comienza a hacer efecto…