No esperamos a que amanezca para ponernos de nuevo en el camino. El terreno que se eleva poco a poco denota la cercanía de nuestro destino. Pero una vez allí ¿qué haremos? ¿Dónde buscamos a otros fugitivos como nosotros? Ya veremos. Por lo pronto nos movemos tan rápido como podemos y como permite la espesa vegetación. Cruzamos riachuelos, subimos lomas empinadas, vadeamos pequeñas zonas pantanosas.
Me detengo en la cima a contemplar una postal turística, otro día hermoso, como sólo son los días en Cuba. No hay una nube en el cielo, el aire lleno de cantos de pájaros y ese olor salado que inunda por todos lados. También veo a lo lejos el polvo que levantan las cabalgaduras de los rancheadores y el viento me trae los ladridos de los perros lanzados en frenética carrera tras su presa… nosotros.
Es extraña la sensación de ser cazado. Aunque a decir verdad, esta parece ser la infinita espiral en la que nos movemos en esta familia. Ya he corrido antes, sólo que en mi caso los perros y los ranchadotes han sido sustituidos por funcionarios. Pero la mordida es igual y yo he tenido que seguir corriendo, siempre en busca de la libertad.
Nuestros perseguidores van ganando terreno, ya puedo sentir sus gritos de euforia. No creo que esta carrera dure mucho. El Mellizo ha venido a galope desde La Habana movido por sus ganas de venganza. Las fuerzas se nos acaban, sólo nos mueve el instinto de conservación; en realidad sabemos que no escaparemos, sólo alargamos nuestra agonía; nos aferramos a la vida porque es lo único que tenemos.
Con la altura, la vegetación se hace escasa. Malo para nosotros… casi llegamos al punto más alto al mediodía. Es septiembre de 1792, algo más de dos años desde mi llegada. He conocido a mis antepasados; creo que ya he hecho lo que me fue requerido… alcanzamos la cima y tras ella… vacío. La roca cae verticalmente hasta el lecho del riachuelo a casi cien metros más abajo. Unos árboles que salen de la pared vertical, enredaderas gigantes y malangas de hojas enormes interrumpen aquí y allá la vista. Ni pensar en escapar por allí, tenemos que volver sobre nuestros pasos, pero nuestros perseguidores ya nos cortan la retirada. Estamos atrapados.
- Ya no puedo más, no le demos más vueltas al asunto Cayetano. No puedo seguir corriendo el resto de mi vida, soy un estorbo y tú lo sabes. Mejor nos separamos y así al menos tú puedes realizar tu sueño de libertad…
Los ladridos se hacen más cercanos. En minutos, los rancheadores, que al parecer conocen la zona mejor que nosotros, nos darán alcance. No hay salida, pero aún así mi compañero se niega a rendirse o dejarme a mi suerte. No me queda más remedio, la suerte esta echada: vine a ayudarle a él a continuar con su responsabilidad. De otra manera nos debatiremos generación tras generación por la ausencia de este eslabón. No lo pienso más, avanzo hacia Cayetano, lo abrazo con todas mis fuerzas… ¡cuídate viejo! y lo empujo hacia el vacío.
Se balancea por un momento, trata de buscar el apoyo que no encuentra. Comienza el descenso con sus ojos clavados en los míos. ¿Y qué va a ser de ti? Todo ocurre en cámara lenta: el grito se aleja; tropieza aquí con las rocas del precipicio y rompe la rama de un árbol allá. Una hoja gigante de malanga se inclina y aminora en algo su velocidad. Rebota más abajo, en un colchón de hojas secas, se hunde en él y reaparece junto al cause del riachuelo. Termina la estrepitosa caída. Una enorme roca lo para en seco. Cayetano no se mueve; la superficie petrea toma un tinte rosado que las aguas insisten en lavar de inmediato. No vuelvo a respirar hasta que lo veo recoger una pierna, después la otra; alarga una mano y atrae hacia sí un poco de la cristalina agua. Se incorpora lentamente, lanza una mirada hacia lo alto y levanta la mano en señal de apremio, quiere que salte…
– No abuelo, aquí termino. Continúa tú que todavía tienes mucho que andar.
Se reanuda la interminable y loca carrera hacia la libertad. Se aleja velozmente. Otro negro se le une, otro más y otros muchos llegan a darle la bienvenida al mini mundo libre. Los veo salir en un claro y vuelven a desaparecer como el rayo. Cayetano está en su elemento, está a salvo. A veces se detiene y mira hacia lo alto de la roca; estoy seguro que era él. Siento su mirada dulce. – Ve abuelo, sé libre, guarda Ilé- Ifé en tu corazón y cuando la añoranza por los tuyos te ahogue; sé feliz sabiendo que nosotros, los de acá también lo somos.
Alcanzo a ver el clan de hombres libres que los recibe y puedo entonces respirar en paz. ¡He cumplido mi misión! Ahora pueden mis antepasados, emprender la grandiosa obra de crear una nación para nosotros y este pensamiento llena los ojos de lágrimas mezclado con una música de tambores in crescendo que llenan la atmósfera y mis sentidos… floto cuando las luces de la sala se encienden. En la butaca de al lado, mi esposa ha quedado anonadada con la historia que acababa de ver. Quedamos uno junto al otro sin pronunciar palabra, envueltos en las sensaciones hasta que acaban de pasar los créditos nos; atrapados en un placer post orgásmico que produce la banda sonora magnifica…

Nos abrimos paso por sobre un mar de palomitas de maíz y vasos de coca-cola desechados por los asistentes a la presentación del filme cubano. En el vestíbulo rompo el silencio:
— Te has dado cuenta que el niño desde hace un tiempo no se despierta gritando por las noches.
— Sí, desde que esa mujer no anda más por la casa. Al parecer ella impresionaba al niño de mala manera. ¿Cómo le dicen ustedes a esas…? ¿Brujeras?
— Iyabó
En la puerta del multicine la acomodadora nos despide orgullosa…
— Fin —
…
…
— ¡Un momento! ¡Un momento coño! ¡Cojo, dale pa´ tras a esta mierda ahí tú!
— ¿Y ahora qué pasó chico? Si este final me había queda´o sabroso…
— Ven acá negro — el Mellizo lanza un escupitajo — ¿Y tú crees que yo voy a corretear atrás de tí desde La Habana, pa´que ahora tú me dejes planta´o? ¿Tú te has crei´o que yo estoy pintado en la pared en esta historia? ¡Dale…, dale pa´trás a la mierda esta!
… Se aleja velozmente. Otro negro se le une, otro más y otros muchos llegan a darle la bienvenida al mini mundo libre. Los veo salir en un claro y vuelven a desaparecer como el rayo. Cayetano está en su elemento, está a salvo. A veces se detiene y mira hacia lo alto de la roca; estoy seguro que era él. Siento su mirada dulce. – Ve abuelo, sé libre, guarda Ilé- Ifé en tu corazón y cuando la añoranza por los tuyos te ahogue; sé feliz sabiendo que nosotros, los de acá también lo somos. Y todo este pensamiento se interrumpe por la sonora pisada de los cazadores de esclavos tras mis espaldas. Me doy vueltas. El Mellizo lanza una carcajada y suelta a sus perros locos de furor…
— ¡Cojones, creo que tenemos un problema!