Por otro lado tengo a El Cheche: un tipo sobre valorado en el barrio; más rollo que película, pa´ que me entiendan. Había tenido la suerte de venir desde Andalucía cuando contaba sólo siete años, de la mano de un tío que ganó fama de matón en La Habana.
Cuando tuvo tamaño y entendimiento suficiente, ya lo llevaban a observar todo tipo de fechorías para curtirlo en cosas de hombre y por eso, al morir el viejo heredó una fama de tipo duro que no le pertenecía. Llevaba siempre a la vista un enorme cuchillo al que todos atribuían los más despiadados asesinatos, pero que en realidad sólo había servido para pelar alguna que otra naranja.
Si de algo le servía la notoriedad era con la policía. El primer lugar a donde vendría “el Mellizo” a buscarnos sería a esta casa y tratándose nada menos que del hermano muerto, no era de esperar que viniera en son de paz.
Salimos cerca de medianoche; saltando el muro del fondo y de ahí hasta la calle paralela. La ciudad se recoge; sólo milicias la recorren de un lado a otro. Pero esta noche la tensión es grande en el Manglar. Nadie duerme, de eso estoy seguro; todos esperan una nueva desgracia de un momento a otro. Nos movemos hacia el sur; mi intención es rodear la bahía y tratar de alcanzar las alturas de Habana-Matanzas; único punto de la provincia que por su elevación y lo intrincado de su vegetación, puede ofrecer refugio a los fugitivos. Se comenta que hay allí algún que otro palenque; pero se sabe que la provincia es recorrida en todas direcciones por partidas de rancheadores con perros en busca de cimarrones.
El estruendo no se hizo esperar, de lejos nos llega la voz del Mellizo. ¡Hay que andar ligero! Nos movemos como sombras: pocas veces tocamos el piso; la mayor parte del tiempo lo hacemos por sobre los tejados; pero algunos perros nos delatan. No vale la pena ya ocultarse; el barrio está tomado. No queda más remedio que echar a correr y romper el cerco a base de velocidad de piernas. Logramos salir de la ciudad; pero los perros siguen nuestro rastro.
- ¡Al agua Cayetano!
Las aguas de la bahía, todavía cristalinas en el siglo XVIII, permiten despistar a los canes; pero estamos en el punto más ancho de la bahía, la luna es como un reflector sobre las aguas; no es posible ganar la otra orilla sin ser detectados por la ronda de los botes de la capitanía del puerto que escudriñan las aguas para impedir el contrabando de productos del país, principalmente tabaco. No hay escapatoria posible. Un bote sale de detrás de un navío anclado en la espigón de los almacenes, nos corta el paso.
— Suban — dice una voz queda. En un momento estamos sobre el bote y diez minutos más tarde, la mano misteriosa abre una compuerta – aguarden aquí hasta el amanecer.
Hasta donde alcanzamos a ver, estamos en una bodega de azúcar. Puede ser una trampa, pero fuera no habríamos tardado en caer directamente en las manos del Mellizo. Pareciera que toda La Habana sabe de nuestra fuga, que todos están al tanto y las apuestas están en nuestra contra. A lo lejos se oyen voces que van y vienen. Del lado del mar lo mismo, así toda la noche.
Antes del amanecer se acrecientan los ruidos y los pasos que van y vienen sobre la cubierta. El barco se sacude. ¡Nos movemos!¿A dónde iremos a parar? Quien lo sabe. Hacemos planes, hundidos hasta la cintura en azúcar, previendo cada posibilidad, menos la realidad. Poco más de una hora después se abre la compuerta. La luz que entra a raudales, choca con la masa de azúcar, se multiplica en todas direcciones y nos deja ciegos por un momento.
- ¡Ya pueden salir! Buena suerte…
Hemos atravesado el puerto en un barquichuelo de cabotaje. Su capitán es un inglés de apellido O´Donnell que también vive en la calle Florida. No espera más que el tiempo justo para que saltemos a tierra y ya está maniobrando para alejarse velozmente en dirección a la zona de Regla. Estamos en una zona baja, en algún punto cerca de Guanabacoa.
Decidimos ir pegados a la costa y evitar los poblados. Nos movemos de prisa. Creía que conocía esta zona que atravesé mil veces en bicicleta en dirección a playas del este. Pero ahora me cuesta trabajo orientarme. Sólo puedo reconocer a duras penas el peñón en la desembocadura del río Tarará. Atravesamos la playa de Santa María sin contratiempos, donde me bañé de niño, donde me prohibieron la entrada de adulto. Nos separamos de la costa para evitar el poblado de Guanabo, un caserío de casas de tablas y techo de guano donde mal viven unos cuantos pescadores.
A la altura de Peñas Altas, una partida de guajiros se nos atraviesa en el camino. Creo que nos han visto. Un rato más tarde salimos de la duda; no sólo nos han visto sino que además han dado parte a los rancheadores. ¡Cabrones! Sentimos a lo lejos el ladrido de los perros. Estamos desarmados, si nos alcanzan la vamos a pasar mal. Bajamos a la orilla a toda velocidad. Un monte de uvas caletas es nuestra salvación, aquí no hay cabalgadura posible.
Pronto caerá la noche. Cayetano tiene la intención de seguir, pero yo no puedo más. A duras penas acepta hacer un alto escondidos en el hueco de una roca al que sólo se puede llegar desde un río. Debe ser el Jaruco. El cansancio me mata, el hambre aún más. Cayetano ha salido a ver qué consigue de comer. Yo me quedo escondido, total; sólo sería un estorbo. Regresa con una jutía, pero no se puede hacer fuego para que no nos detecten y no dejar rastro. Tampoco tenemos con qué y yo al menos no tengo ni idea de cómo hacer fuego, ¡como no espere a que caiga un rayo! Cayetano descuera el animal con destreza, lo parte en dos y me ofrece un pedazo. ¡No gracias! Él se encoge de hombros y devora su mitad y, cuando termina, me pregunta si no quiero mi porción. ¡Sírvete, es toda tuya, no faltaba más!
- Quiero volver a África – me dice una vez terminada la cena, su cena.
- Eso no es posible
- Ayúdame a ir.
- Yo no puedo. Está muy lejos.
- Pues pongámonos en camino.
- Eso es del otro lado del mar.
Cayetano queda mirando el mar en la lejanía. Repite quedo Ilé Ifé.
- Cayetano. ¿Cuál es tu nombre? ¿el verdadero, el que te pusieron tus padres?
- Akin, guerrero, hombre bravo en tu lengua.
- Bueno creo que para mí seguirás siendo Cayetano, el guerrero… déjame explicarte algo. Yo también estoy lejos de casa, sé cómo te sientes. Conozco las palabras que no se entienden, las lágrimas que van por dentro, la falta del aire de tu ciudad para respirar. Pero tú estás en el principio de una nación, tú eres la semilla nuestra; si tú te vas, no existiremos nosotros…
Continua en Iyabó XII