
Domingo.
He sido invitado a “un baile” en el cabildo de los Congos Reales, situado en la calle Florida entre Misión y Esperanza, que agrupa personas de origen bantú, carabalí, mandinga, arará, mina y gangá, todos regidos por el capataz de los Congos Reales, que ostenta el cargo vitalicio de Rey de las Cinco Naciones Congas.
A finales del siglo XVIII los cabildos han pasado ya, de ser una institución de control del gobierno de la isla; a sociedades de recreo, socorro y ayuda mutua de los negros. Inicialmente, fueron pensados como lugar de reuniones de vecinos al estilo europeo – la propia organización con rey, reina, mayordomo, tesorero, secretario así lo demuestra- en donde se celebrarían bailes los domingos. Sin embargo, muy lejos de esta concepción pagana, devino refugio secreto de la vida espiritual de los esclavos y negros libres de la ciudad. En el cabildo se adoran dioses africanos. Y, forzado por las circunstancias, funde sus creencias y ritos africanos con los elementos de la religión blanca que lo rodea.
En 1792 el gobierno de Don Luis de las Casas ha promulgado la primera norma legal que regula las normas de conducta aceptadas por la autoridad del Gobernador Civil en esta ciudad. El Artículo Ocho del Bando del Buen Gobierno y Policía para la Ciudad de la Habana prohíbe que los negros levanten altares de santos católicos para adorar a sus deidades en las sedes de los cabildos y establece que tal falta se castigue con una multa y se disuelva de inmediato la reunión. Además el cura del barrio o parroquia según sea el caso, confiscará las imágenes y los muebles y destruirá el altar.
Esta discriminación religiosa, no ha cambiado mucho hasta nuestros días. Yo personalmente he tenido que ir a la estación de Policía a sacar un permiso para realizar un toque en una casa de santo, mientras que en la iglesia del parque del Cristo, el párroco celebra religiosamente –nunca mejor dicho- cuantas misas le salga de los huevos; sin que para ello tenga que pedir permiso a nuestra gloriosa y muy pundonorosa Policía Nacional Revolucionaria. Les dice algo aquello de Policía, policía ¿tú eres mi amigo? ¡Mientras no crezcas negro!
Pero volvamos al siglo XVIII.
Llegamos al “toque” cuando ya el oro de bata, un toque sin cantos dedicado exclusivamente a los orishas, había cesado. Siguen llegando invitados que, con gran solemnidad, se dirigen al altar, se inclinan al santo y luego saludan al resto de los fieles. Todo en el mismo orden; como si fuera parte del guión de una obra teatral.
Las puertas se cierran tras el último invitado. Los batás están al explotar. El sudor hace brillar a los músicos. La temperatura se eleva. Los asistentes reverencian a los dioses. Inclinan la cabeza. Alguno pone rodilla en tierra. Otros sacuden una maraca. El estruendo continúa. El tambor principal está vestido con tela blanca y tiene unos signos. Cayetano está a mi lado, Mercedes saluda a su padrino al otro lado del recinto. Todo es euforia. La voz de Mercedes se deja oír por sobre la algazara de tambores. Los negros bailan. Nadie oye los golpes en la entrada. Alguien ha montado el santo. Me acerco a la puerta. La derriban. Una tromba de milicias ocupa el lugar. Los negros corren. Los batás callan. Es una locura. Algunos forcejean. Grita el “Mellizo” el jefe de Milicianos. Se pavonea. Nos ha sorprendido in fraganti. Avanza hacia el altar. Derrama el contenido de las copas de una patada. Mercedes trata de impedirlo. La golpea. La tela blanca del tambor mayor se cubre de sangre. El león ruge dentro de Cayetano. El águila lo hace volar. Entierra las garras en la garganta. Se forma la barahunda. Hay puñetazos. Cayetano sostiene su presa. Lo golpean en la espalda varios soldados. Cayetano no cede. Un sable se levanta y amenaza cortarlo en dos… un grito…
— El chico es testigo de eventos pasados. En su cabeza se está reeditando el largo viaje de sus ancestros desde la ciudad sagrada Ilé-Ifé, en el reino de los yorubas de donde fue arrancado por manos blancas; hasta su llegada al puerto de La Habana. Los gritos no le pertenecen al muchacho, él es sólo el medio que escogieron sus antepasados para proyectarse pidiendo ayuda.
— Ayúdanos. ¡Ayuda a tu abuelo!
— Yo no te puedo ayudar, sólo uno de los tuyos sabrá el por qué y el cómo resolver el problema. Créeme, esto es un problema no resuelto en tu familia que clama por solución. ¿Quizás puedas tú asumir el lugar del chico?
— ¡Yoyo! Sólo tú puedes hacerlo…
¿Yoyo? ¿Quién me conoce aquí… Es Mercedes, la Iyabó… la misma que he contratado para hacer la limpieza de la casa… todo comienza a encajar… todo tiene sentido… A mi lado hay un arma… es por eso que me han traído… para salvar a mi abuelo… ¿a mi abuelo?… ¿Cayetano? Tomo el arma… abro fuego… el sable cae al piso. La gente escapa corriendo. Cayetano deja caer el cuerpo sin vida…
— El mellizo, el que queda; los está buscando como perro fiero. Ha pedido refuerzos al Capitán General y se los han dado. Yo no puedo ocultarlos más. Tienen que irse ya, abandonar la ciudad mientras haya tiempo.
Continua en Iyabó XII