Cuando recién llegamos de África rondaba Mercedes la veintena. Había alcanzado toda la belleza que pueden aportar los ojos azules y la piel clara heredada de su madre a las formas voluptuosas de la rama paterna. Realzaba su hermosura, si fuera esto posible, la musicalidad exquisita de su voz y la vestimenta blanca, siempre pulcra de Iyabó que debía llevar durante un año. Bien cuando visitaba el cabildo o cuando estaba en casa, su voz se convertía en notas que movían las plantas y el monte y todo lo natural.
Cayetano el joven de piedra negra, cazador innato, apresado en calles que no le pertenecen, libre sólo en las profundidades de su yo o en manos de sus dioses. Aunque por fortuna no conoció la esclavitud en el sentido exacto de la palabra, arrastra las mismas cadenas,
Sin el don de la palabra, ha sido capaz de decir todo y ella de entenderlo…
Continúa en Iyabó XI