
Bueno, antes de que me pregunten que coño tiene que ver el chama de la foto con la historia que llevo una pila de días contando y que parece no querer acabar, se los explico. Ese chama soy yo, mejor dicho era yo hace un montón de años. Encontré la foto un día en que el gorrión me hizo buscar algo de lo que agarrarme para no volverme loco. Busqué el teléfono de un amigo y descubrí que no tenía amigos, abrí el refrigerador y sólo encontré comida foránea, fui al baúl en el que todos guardamos las fotos de la infancia como amuletos y descubrí que el mío permanece casi vacío. Sólo tenía esta foto, la única imagen que guardo de niño, me la dio mi padre la víspera de mi salida de Cuba. Creo que la tomaron a finales de los sesenta, no puedo dar más detalles: esa es toda mi historia; la de un tipo sin historia. Desarraigado. La emigración es una mierda.
Por eso entiendo a Cayetano cuando me habla de su lejana patria, por eso sus silencios no me son ajenos. Aunque nuestros desarraigos son provocados por causas diferentes no dejamos ambos de ser troncos sin raíces. A él no sólo le han privado de toda su cultura y experiencias precedentes sino que además, la nueva situación le impone una cultura muy diferente - bueno, a mí también. Tiene sobre sus hombros sin que sea conciente de ello, la coautoría de una experiencia sincrética entre las culturas europeas y africanas hasta formar la cubana.
Pero este es un parto doloroso, doy fe de ello. No sólo de la experiencia de mi amigo sino la de cientos de almas que se mueven en un mundo fabricado para sí mismos, al que llegan mediante el abuso del alcohol o alucinaciones mágicas. Para muchos es una necesidad psíquica acudir al Babalawo para registrarse, a que éste le indique un ebbó sedante; de la misma manera que yo voy al psicólogo para tratar el stress de la vida moderna. En casos más graves, los que no tienen la fuerza para hacer frente a la ansiedad buscan salida en el suicidio. No hay una semana que pase en la que no corra la noticia de un negro que se ahorcó. En el caso de los esclavos de las dotaciones, el suicidio ha llegado a constituir incluso un acto de rebeldía al privar al amo de la propiedad, una forma sui géneris de fuga, cuando la huida física es imposible.
Otras veces, tratan la ansiedad, mediante rituales o pociones mágicas que no son otra cosa que drogas que los sustraen de la realidad. Especialmente en las festividades, soy testigo de la enajenación colectiva producida por el rítmico chocar de las manos contra los tambores, el alcohol y los cantos litúrgicos. No es raro dentro de esta barahúnda que uno tras otro “monte el santo”, deje atrás el “yo” humano” y despegue por sobre el océano a encontrarse con su “yo” espiritual dejado en la lejana tierra de sus ancestros. Entonces, cuando ambas mitades de su ser se reúnen en ese lugar al que sólo ellos tiene acceso ríen, ríen, ríen… y saciadas las ganas de reír, emprenden el viaje de vuelta e hipnotizan a los otros danzantes, a los de los tambores, a los que corean, a los que por alguna u otra razón estamos allí.
Soy yo quien aprende cada día algo nuevo de Cayetano, quien al comenzar a expresarse en la lengua del país, ilustra cada anécdota con proverbios con los que dibuja sus altos principios morales. O bien saca de la manga alguna fábula de su tierra para instruirme en la comprensión ancestral de la naturaleza, de sus dioses o su historia. Mientras recorremos las calles de La Habana me explica que por desobediencia y violación de las leyes legadas por Dios, el otrora floreciente Imperio Yoruba, fue condenado a la esclavitud. Esa es la explicación que da a su situación y que me confirman otros con los que hablo. Aún así, el considerable número de esclavos de tal procedencia ha hecho que la religión yoruba sea la que se imponga sobre las de los otros grupos de inmigrantes raptados y que haga cuerpo común con la religión católica hasta formar el mejunje religioso del que gozamos en Cuba donde “el que no tiene de congo, tiene de Carabalí”.
Desde el capitán General de la isla hasta el último esclavo, cada persona es una pieza imprescindible en el rompecabezas que forma la nación cubana.
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