
Las semanas pasan lentamente con algún que otro sobresalto siempre relacionado con atracos; la mayoría de las veces el malhechor se diluye en las calles del Manglar. El hampa habanera no llega a ser una mafia organizada, así y todo existen códigos no escritos que rigen la vida de esta zona. Nadie jamás delata a otro ni se pide intervención de las autoridades para poner fin a una querella. En este barrio la justicia llega siempre de la mano de quien la necesita. Hay cosas que nunca cambian.
Mi única ocupación es trapichear de aquí para allá los más disímiles productos. Gracias a la credibilidad de la que me proveyó “El Cheche” para mis operaciones, necesité poco tiempo para poder montar el tinglado y llegar a ser reconocido y respetado en el lugar. Experiencia no me falta, a principios de los noventa, vendí más leche en polvo en estas mismas calles que el combinado lácteo nacional y más carne de res que “Planta Habana” y el matadero de Lawton juntos con tal de subsistir. En esta nueva situación, sin el acoso de los comités y de la policía, me muevo como pez en el agua. El mercado negro en Cuba es como la pelota, nacemos con talento para él.
Podría estar aquí la vida entera, pero en mi cabeza tengo siempre las mismas preguntas: ¿qué hago aquí? ¿Por qué estoy aquí? Todo lo que sucede conviene, dice el dicho; pero yo hasta el momento no le veo ni pies ni cabeza a este disparate.
Cayetano es un tipo ágil e inteligente. Aprende a desenvolverse con celeridad, el idioma le entra fácil y se integra poco a poco. Pero a veces cae en un mutismo del que apenas puedo sacarlo y cuando lo hace, repite con los ojos aguados: Ifé, Ifé… está siempre conmigo y en la luna al mismo tiempo. Es como un niño grande, demasiado inocente para andar por estas calles llenas de matones y rateros, a pesar de estar blindado por su coraza muscular, su afán por aprender todo lo nuevo lo lleva a hacer los más temerarios disparates.
Eso mismo sucedió el día que “El Cheche” decidió presentarnos a todos los ecobios. Cuando llegamos a la casa en la calle Matadero el ambiente ya era denso. No sólo por los extravagantes olores que se desprendía de cada uno de los presentes sino por la desconfianza intrínseca del bajo mundo. Sólo una persona podía unirlos bajo el mismo techo, aún pasando por sobre viejas rencillas y cuentas sin pagar unos a otros y ese era “El Cheche”. Se hizo todo con el mayor secretismo para evitar chivatazos. Aquella mesa era la recreación de alguna escena del film El padrino, pero en plan bajo costo: los anillos eran pura vidriería, los perfumes eran algún mejunje inventado por algún alquimista borracho; pero sobre todo el habla volvería a matar a Cervantes. Planearon golpes espectaculares, se ufanaron de algún que otro muerto menor e hicieron silencio cuando me pidieron opinión sobre cómo deshacerse del jefe de las milicias que a veces marchaba en la calle del mismo nombre Milicia y a la que ellos llamaban burlonamente la calle de la Malicia.
– Aseres – comencé a decir dándole un tono grave a mis palabras, buscando al mismo tiempo en el diccionario de términos callejeros que había oído en La Habana y que mi madre a mala hora me prohibió utilizar. – yo creo que esa es una talla fula, fulísima diría yo. Ustedes hagan lo que les salga de los berocos, pero antes métanle moropo a esto: No busquen jelengue con ese blanco, que ese tipo es malo y pue´ ñanpiarlos a tos justedes juntos… y no pasa na´… mañana amanecen un par de negros más con la jaiba llena e hormigas y aquí paz y en cielo gloria. …
Y aconteció en ese momento mientras yo lanzaba mi galimatías, que habiéndolos llevado a una precaria aceptación de mis ideas – si es que había alguna idea en mis palabras- alguien abrió las puertas que daban al patio trasero, donde crecía una vegetación abundante. El aire entró a raudales, llevándose consigo el vaho reinante en la habitación y a la vez una desdichada e inocente ave decidió acortar el camino entre la calle y el aromático olor a rozas que llegaba desde el interior pasando en vuelo rasante sobre la mesa…
Ocurrió como en cámara lenta. Desde mi discurso a medias vi las caras de aprobación mutar en una mueca de asombro primero, de alarma después. Sillas caían una tras otra al piso mientras sus ocupantes se elevaban sin tocar el piso. Se refugiaban bajo la mesa, tras una puerta, colgado de una cortina; alumbrados por el reflejo de las navajas… y aparecían también puñales, machetes y cuchillos y el chino que empujaba la carretilla de frutas frente a la puerta se parapetaba tras una katana. Todo eso alcanzó a ver mis ojos en el corto trayecto de izquierda a derecha; desde la cara de Juan Barongo a Cayetano al otro lado; despegando en pos de la jodía ave que ya pataleaba en sus manos en el otro. Todavía me parece estarlo viendo, detenido en el aire, como en la película The Matrix, mientras la cámara gira alrededor de la imagen de Cayetano congelada en el aire e iluminada por las armas del hampa habanera. Sonrío… no me atrevo a moverme, logro susurrar sin mover los labios: Negro, ¡bájate de la mesa antes de que esta gente nos corte en rodajas, cojones! Y con el estruendoso aterrizaje sobre la mesa, la escena asumió velocidad de vértigo: las sillas rebotaron contra la piedra del suelo y sólo entonces los ecos del impacto se mezclaron con el silbido de las navajas que fulguraban en la habitación. Asere. ¿Dónde cojones tú te has pensao que estás? Lo dije en tono solemne. Yo era el único que hacía frente a Cayetano sin un arma en la mano; yo el más duro. Claro que nadie supo que todo pasó tan rápido que no lo vi pasar. ¡Todavía pienso que este negro en tropas especiales no tendría desperdicio!
Otro día, bajando por la calle Florida, – llamada así por causa de unos inmigrantes que se asentaron en ella cuando en 1763 España decidió recuperar La Habana de manos inglesas dando a cambio la península de la Florida – Cayetano quedó parado ante un portón, mirando un signo sobre ella y sin llamar a la puerta empujó y entró.
– Oye, aguanta ahí ¿a donde tú vas men?
No hay mucho que describir, el salón era humilde y ausente de muebles. Solo unos signos garabateados en las paredes y un señor muy viejo que salió a recibirnos con una sonrisa amplia:
– nsala malecum
– tata malecum nsala – respondió Cayetano
Comenzaron una fluida conversación por un par de minutos en los que yo traté de descifrar el significado de las pinturas. A mi espalda ambos hombre hablaban calmadamente hasta que Cayetano se dejó caer súbitamente al piso. Fue desgarradora la imagen del gigante arrodillado frente al sacerdote, implorando a lágrima viva, golpeando la cabeza contra el suelo. No me atreví a preguntar, sin embargo cuando el viejo de cabello cano y voz dulce se arrodilló a su lado yo lo imité sin pronunciar palabra…
– Mamá África quedó atrás, yo ya me acostumbré, pero este hijo mío tiene la esperanza virgen, la esperanza de volver a ver a quienes dejó allá en Ifé… – el señor dijo un par de palabras más en su oido, luego se puso en pié y nos dejó solos.
– ¡Coño Cayetano asere! Lo siento men…
Casi cada tarde visitamos al señor de la sonrisa amplia. Acababa de fundar allí, en aquella casa el Cabildo Afrocubano “De los Congos Reales” que a mediados del siglo XIX llegó a ser poderoso y muy bien organizado en sociedad. Allí redescubrí mi historia, me ejercité junto a los paleros en conocimientos excepcionales sobre las propiedades mágico-curativas de las plantas y me interesé por ganar más y más palabras en su lengua. Un día Cayetano me sorprendió con la palabra mambí, que en lengua de las tribus de la zona del Congo significa “los que regresan al monte de donde salieron”. Allí encontré respuesta a otras tantas cosas como tardes visitamos a Oñoro, pero sobre todo encontré la razón que sostiene esta amistad: ambos somos emigrantes; ambos extrañamos la tierra que nos vio nacer, ambos echamos de menos un hijo pequeño, al que quizás no veamos jamás y al que no hay una noche en la que mi amigo no le cante, con los ojos cerrados, muy quedo antes de dormir:
…Oh oh Acoloná,
Acolona oh…
Continua en Iyabó IX