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Iyabó (VII): Acerca del Barrio de Jesús María

Posted on Sábado 12 Enero 2008

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Claro que sí, que quedaría más atractiva esta historia con una descripción de la ciudad de intramuros, de la calle del Obispo, de las señoras que se pavonean con sus perritos de marca por los paseos de la Villa, de la Plaza de la Catedral y de la vida apacible de la capital cubana de fines del siglo XVIII. Pero ya Cirilo Villaverde nos paseó desde una punta hasta la otra por la ciudad vieja en Cecilia Valdés y no ha dejado hueco de “esa Habana Vieja” la arregladita y pintadita que Eusebio Leal no haya descrito con voz melosa.

Pero como sé que muchos de los que leen este Blog no son cubanos (ni habaneros) me permito describir el ambiente del lugar donde me encuentro muy rápidamente, o “al trozo modo”. Aunque hable de la Habana Vieja, no me refiero a la parte que hoy todos conocen y quizás hayan visitado, donde se sientan aquellas tristes caricaturas de negras vestidas de blanco con una rosa enorme en sus cabezas y un tabaco que nunca prenden y que animan por un dólar la foto el circo montado en la zona del centro histórico. No, esto que les cuento ocurrió más allá, por donde no pasan los recorridos de la guías de turismo, donde se va la luz y donde se vive la real Cuba.

Hacia 1790 ya se podía decir que la actual zona que ocupa hoy el barrio de Jesús María había alcanzado la categoría de barrio gracias a dos hechos significativos. El primero fue el traslado de los talleres de construcción naval que se encontraban cerca del castillo de La Fuerza a la altura de las calles Sol y Santa Clara, hasta el lugar donde más tarde se formó el famoso Arsenal de La Habana (la zona que ocuparía más tarde la estación central de ferrocarriles de La Habana). Se le llamó San José del Real Astilleros y fueron los más grandes y modernos de su tipo en América. Allí se fabricaron los navíos más grandes que haya tenido  la Armada española hasta el momento que describo. Por supuesto, tal empresa demandó de suficiente mano de obra que se fue asentando en las cercanías del Arsenal, en la zona llamada del Manglar.

El segundo hito llegó en 1753 cuando  el Obispo de la Habana, Pedro Morell de Santa Cruz, preocupado por la necesidad de un lugar donde rezar para toda esa población que vivía del astillero; ordenó al Padre Don Manuel José del Rincón, fundar una Ermita, la cual se construyó en la misma área donde hoy se encuentra la Iglesia. En sus inicios fue llamada Iglesia de Jesús, María y José, pero ya es conocida la vagancia en el hablar de los cubanos, “Ipso facto” retiraron la coma y a José del nombre para llamar a la iglesia de Jesús María así a secas y un poco más allá, al barrio en que estaba enclavada.

Atrás había quedado el nombre de “El Demajagual con que se conoció debido a la gran cantidad de vegetación (demajagua) presente en el lugar. Esta vegetación, unida a los manglares que existían en la zona más baja comprendida entre las calles Alambique, Vives, Cristina y Arroyo (el mar llegaba hasta la calle Alambique y de ahí el nombre de Manglar) ofrecía una protección natural a los esclavos fugitivos y con el paso del tiempo también a los negros Curros; verdaderos criminales que hicieron de la zona también su lugar de asentamiento. Comenzó así la mala fama que ha acompañado al barrio hasta nuestros días, aunque hoy en Internet haya encontrado historias más fantásticas y menos creíbles que este viaje al pasado, escritas por la dirección del Consejo Popular de Jesús María. ¡Y yo creía que el de los cuentos y la imaginación era yo!

Volviendo a lo que nos ocupa. Con el despunte de la economía de plantación comenzaron a construirse en la ciudad las primeras mansiones de dos plantas, pero aún con el impulso propinado por los astilleros, el trazado del barrio era el que conocemos hoy día: estrechas calles de no más de seis metros de ancho, ocupadas por viviendas de techos de guano, tejas o terrados, con muros gruesos de adobe y mampostería y pocas ventanas, siguiendo la tradición española-morisca que muy bien se adapta al clima caluroso y húmedo de la isla y que da esa sensación de “frescor” al entrar a las casas de la faja vieja de la ciudad. Esta zona tuvo que esperar muchos años hasta que se construyera en ella edificaciones significativas.

Todo esto y más, tuve oportunidad de ver con mis propios ojos, caminando la calle Real de Jesús María (actual Revillagigedo) hasta Misión. Es increíble que podamos pasear con toda impunidad, pero vamos acompañados de “El Cheche” y quien quiera que vaya a su lado es también centro de respeto para la gente de la comarca.

Esta es una calle de mucha actividad comercial. Hasta este momento, en que Inglaterra había mantenido en jaque a las colonias españolas en América la clase negra libre jugó un papel importantísimo en la defensa de las colonias. El servicio militar del imperio español significó para ellos una manera de probar su lealtad a la corona y de esa manera mejorar su propia vida en la isla. A tal extremo que en el siglo XVIII un soldado negro de apellido Arango fue reconocido por el rey como “mejor soldado del mundo”. Dato curioso: el abuelo de Antonio Maceo, José Antonio Muchuli estuvo 36 años de servicio en estas milicias.

Las generaciones de la población “no blanca” se distanciaban más de sus antepasados venidos de África a tal punto que para el siglo XVIII primaba en ellos el sentimiento de pertenencia a la nueva tierra, Cuba y la aceptación de su condición de cubanos. La integración religiosa cristiana (bautizo y casamiento) tuvo también una influencia muy grande en este proceso.

Debido al poco interés que los peninsulares y los criollos blancos tenían por los oficios sencillos, estos habían sido en el siglo XVIII acaparados casi en su totalidad por habitantes de raza negra. Oficios tales como cargueros, zapateros, sastres, albañiles, carpinteros, toneleros, plateros y tallistas eran considerados oficios de gente de color. También constructores o arrieros, mientras que las mujeres ocupaban oficios de lavanderas, modistas o comadronas.

Durante el auge económico grupos de mulatos y negros libres fueron poco a poco ganando una fuerte identidad propia, sobre todo después del triunfo de la revolución haitiana. Algunos de ellos llegaron a ser dueños de sastrerías, lavanderías y consultas de dentista-barberías. El prominente mulato Vicente Escobar (1762-1834) llegó gracias a su talento a ser pintor de la corte de Fernando VII en 1827.

Pero no hay que olvidar que todo esto ocurría con un trasfondo clasista y racista. El mismo Escobar nació “negro” y murió “blanco” al poder gracias a su dinero y al reconocimiento obtenido con su trabajo comprar esta condición para sí y sus descendientes.

Todo este desarrollo de la población “no blanca” no era visto con muy buenos ojos por la Corona que fue recrudeciendo las leyes para frenar el desarrollo de este sector poblacional hasta llegar al estado de terror de 1843/1844 y al control social represivo entre 1844 y 1868 que desencadenó el inicio de las guerras por la independencia de España.

Todo esto supe de primera mano, cuando finalmente entramos en una casa de la calle del Matadero…

Continúa en Iyabó (VIII)

Bibliografía: El Caribe Negro. Autor Michael Zeuske Editorial Rotpunktverlag.

1 comentario for 'Iyabó (VII): Acerca del Barrio de Jesús María'

  1.  
    jusa
    23 Abril 2008 | 17:30
     

    no te imaginas la alegria , y recuerdos que me has hecho recordame de mi barrio , ahi nacio mi mama, yo , y por ultimo mi hijita que la saque de cuba con 17 meses , y donde quiera que vamos nunca dejamos de decir , que somos de alli con mucho orgullo , saludos a mis paisanos amalianos donde quiera que se encuentren

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