
Hasta 1790, las colonias francesas de Santo domingo, Guadalupe y Martinica poseían las economías más dinámicas y fuertes de la región; en especial nuestros vecinos de La Hispaniola quienes, a pesar de poseer un territorio casi completamente montañoso, habían desarrollado en las planicies del norte de la isla métodos de producción altamente productivos que aventajaban con creces al torpe sistema español de haciendas. Sólo la Jamaica inglesa podía competir con el boom económico de Santo Domingo; sin embargo, territorios tan vastos y ricos como Caracas y Guayaquil o Nueva Granada (hoy Colombia), así como Surinam, Curasao o San Martín y la parte española de Santo Domingo no podían compararse con la pujante economía de la hoy Haití. Sin embargo, a finales de este siglo, una serie de eventos en todo el mundo comenzaron a reconfigurar el mundo. Entrábamos en una era a la que hemos llamada moderna y cuya semilla había brotado un año antes, en 1789, en el corazón de Europa con la revolución francesa. Del lado de acá del océano, la guerra de Independencia de los Estados Unidos enfrentó a las trece colonias con Inglaterra entre 1775 y 1783, finalizando con la firma del Tratado de París y el surgimiento de los Estados Unidos de América. En 1791 estalló la revolución haitiana cuyo mayor logro fue una constitución propia firmada en 1804 en la que se recogía el siguiente artículo: “no puede existir esclavos en este territorio, la servidumbre está para siempre abolida. Todos los hombres nacen, viven y mueren libres y franceses.” Desgraciadamente para ellos lo que les sobraba en valor, les faltaba en experiencia económica que, sumados a excesos y falta de disciplina, hundieron a Haití en la pobreza y olvido más absolutos, del que no han vuelto a recuperarse jamás.
Mientras el resto del mundo se incendiaba; a isla de Cuba era un vasto territorio casi desierto, que esperaba pacientemente por la modernidad; seguíamos siendo “la siempre fiel, muy noble y muy leal ínsula de Cuba”. Si en algo influyó esta situación en nosotros fue que una vez desaparecida la concurrencia de la vecina Haití, la oligarquía habanera encontró el camino abierto para construir una economía pujante; aunque basada en la explotación masiva de mano de obra esclava con muy baja productividad, como ha sido siempre…
Todo esto pienso mientras los otros duermen. El cansancio acumulado, junto a la excitación me impide dormir, aunque mantenga cerrado los ojos. Siempre me gustó la historia, mas nunca pensé que tendría la oportunidad de vivirla en primera persona. Mucho menos que llevaría en mi piel la marca del látigo y cruzaría por el peligro de morir abrazado por las llamas.
Me encuentro a buen recaudo en una casa cualquiera en el Manglar, refugio de extramuros, destino durante dos siglos de esclavos fugados de sus dotaciones en la ciudad y sus alrededores. A diferencia del oriente del país, occidente no cuenta con altas montañas o sitios inaccesibles que permitan a los fugitivos apalencar. El Manglar; es el único sitio donde podemos permanecer años sin ser detectados o molestados siquiera por las milicias y negros chivatos o por rancheadotes urbanos. El amplio universo de población marginada, mayormente negra, ha formado en esta zona su propia sub-cultura donde muy pocos en este lugar tienen trabajo fijo, sin embargo en sus calles bulle activa la economía subterránea, los juegos de azar, la prostitución y especialmente el contrabando que se nutre del cercano al puerto y que sobrevivirá aún hasta el siglo XXI en los barrios de Horcón, Jesús María y Manglar.
Con la llegada del día, llegan también los pregones, los carretones de frutas, los niños mataperreando, las negras llamándolos a voz en cuello por todo el barrio. Conozco el lugar, el aire que llega contagiado del salitre: Estoy en casa.
Hemos pasado la noche sobre el piso de tierra, pero ya a estas alturas cualquier cosa es buena. ¡Raro – pienso – ya la espalda no me duele…! Estiro las piernas, luego los brazos, permanezco sentado un momento viendo los rayos de sol que se filtran por las rendijas de la puerta que da hacia un patio hasta que Cayetano me saca del ensimismamiento. Pasa de los ronquidos más profundos a estar de pie de un salto… ¡Cojones, vaya manera de despertarse!
— Relájate hombre, que mientras estemos aquí, estamos a salvo.
— Dice usted bien vuesa mercé.
La joven que había servido la noche anterior de guía en nuestra fuga apartó la cortina de semillas y nos ofreció una jícara de barro a cada uno rellena de oloroso café. A primera vista su cara me es familiar, pero ¿de donde puedo yo conocerla? Va vestida de blanco desde sus zapatillas hasta el pañuelo, también blanco, del que escapa un mechón de cabello dorado, ensortijado. Es de tez clara, nariz ancha y también anchas caderas; es bella y jabá.¡qué pronto ha empezado el proceso de mestizaje! Sonrío para mis adentros. Sobre sus graciosos hombros que se mueven al ritmo de una música constante la mantilla, también blanca que la cubre. ¿Iyabó?
— ¡Coño, esta es la vida! Tú ves Cayetano, esto se pone bueno ahora… – Pasé una y otra vez ante mi nariz “el néctar negro de los dioses blancos” como le decía mi padre al café acabado de colar. Luego lo empiné de un trago y cuando mis papilas se empaparon de un café buenísimo, como sólo he tomado en Cuba tal fue la sensación que en ese momento no supe “si venirme o tragar”. A mi lado, Cayetano miraba aún la taza y a todos con recelo…
— Métele asere y déjate de ñeñeñé que esto está pa´ chuparse los dedos. Gracias señorita.
— ¿Eres curro verdad? – se incorporó una voz varonil.
— ¿Curro…? ¿Quién, yo?
— Negro ¿A quién quieres engañar? De donde has sacado esas patillas y ese hablao, ese “asere”…
Un personaje pintoresco. Lleva pantalones de corte campana y camisa blanca con cuello ancho, desabotonada hasta la cintura y que deja ver una cadena dorada que contrasta con su piel oscura. Usa un pañuelo rojo tendido en ángulo en la espalda y atado por delante sobre el pecho a modo de pañoleta, pero bastante exagerada. Todo en él es exageración, las sortijas que atiborran sus dedos, su caminar contoneándose y meneando los brazos, pero sobre todo la jerga usada en la que se superponen términos de alta cultura con otros barriobajeros como asere, guapo, majo, chama… y mientras me habla en mi mente va tomando forma el personaje descrito por Don Fernando Ortiz en su antológica obra “Los negros curros” que tantas veces había consultado años atrás.
Curro es un término de las calles, del bajo mundo andaluz con el que se designa popularmente a los que gozan de fama de majos, guapos en el doble significado que se le da a esta palabra en Cuba y en España. Los primeros negros curros provenían de Andalucía, llegaron mezclados con la chusma de las embarcaciones de españoles que venían a “hacer la América”, pero una vez aquí ganaron notoriedad en La Habana por pendencieros, asesino, ladrones.
Hay cosas que nunca cambian. No sabe él la fuerte influencia que su estrambótico hablar tendrá en las futuras generaciones de cubanos. Gracias a esta mala herencia, hoy “El cheche” me acoge entre ellos. Esta presunción me salvó la vida: ellos estaban en el puerto cuando atracó nuestro barco (de seguro para nada bueno). Fueron ellos los que planearon mi ampuloso rescate, provocando un incendio de tales dimensiones y dieron orden a Mercedes (que así se llama la Iyabó) de guiarnos por camino seguro hasta la casa. Si Cayetano está aquí conmigo se debe a que lo han tomado como una especie de guardaespaldas y a mí como uno de los curros más duros de La Habana.