— Gracias — dije con la mano en su hombro, pero él no reaccionó. Siguió con la mirada perdida en su interior. A veces alteraba en el aire de La Habana dormida con la melodía que le acompañaba, otras me miraba y señalaba un punto en la lejanía repitiendo una y otra vez esta palabra: Ifé, Ifé, pero por aquel entonces yo no le entendí.
Acomodado como pude contra los barrotes de nuestro encierro caí en un letargo. Poco a poco su imagen se fue sustituyendo por la de mis seres queridos; los que había dejado atrás. Tanto sobresalto durante varias semanas no me había dado la oportunidad de pensar en ellos. Esta fue la primera vez que me pude dar el lujo de echar de menos, mi hijo creciendo, la sonrisa de mi esposa… pero fue breve. Lenguas de fuego me los arrebataron de pronto. La puerta cayó con estrépito y un mar de llamas comenzó a devorar el lugar nutriéndose de toda la mercancía que ocupaba el almacén: pacas de tabaco seco, sacos con toda suerte de frutos y se acercaban golosas a los barriles de aguardiente y ron de caña.
— ¡Fuego!
El rugido de las llamas se tragó también las voces de auxilio de los que moriríamos sin remedio. Forcejeábamos en vano con los barrotes; nuestro provisional encierro se convertía en sarcófago colectivo. Y otra vez, la sombra de la muerte voló sobre nosotros: la piel se inflama, la garganta se seca, los ojos se quiebran, los pulmones no encuentran oxígeno. Todos los sentidos a la vez pugnan por entregarnos, achicharrados, a la señora muerte.
Cayetano; en el paroxismo de la desesperación, tiró con tal violencia que la jaula se balanceó una y otra vez y nuevamente consiguió fuerzas hasta hacerla caer estrepitosamente con la esperanza de que el golpe quebrara algún barrotes que nos diera oportunidad de salir. Pero además de levantar una nube de hollín, no ocurrió el milagro. Estábamos perdidos. La falta de oxígeno fue deteniendo mi organismo lentamente, todo fue oscureciendo y alejando… los ojos dejaron de ver.
Un dolor fuerte en el pecho fue la primera sensación, sentí ganas de toser hasta vomitar. La brisa de la noche me devolvió a la vida cuando Cayetano me depositó en la hierba… La vida volvió a tomar velocidad de vértigo y llegaron los gritos y el sonido de las llamas devorándolo todo y vi las siluetas de mis compañeros de encierro que corrían hacia todas direcciones aprovechando la confusión y la ausencia del amo blanco. Frente a mí Cayetano, a su lado una joven de cutis claro, tras ellos una explosión descomunal que levantó una columna de fuego hacia el cielo. Las llamas habían alcanzado los depósitos de ron y se emborrachaban en él.
— ¡Tenemos que irnos!
Echamos a correr aún entre la lluvia de centellas. La ola expansiva barría todo cuanto encontraba a su paso y nos ayudó a ser más veloces que los trozos de materiales que llenaban el espacio y que nos habrían seguramente aplastado si hacían blanco en nuestros cuerpos. Pero a pesar del peligro, era esta la única posibilidad de escapar y no duraría toda la vida. Un fuego de tal magnitud debía ser visible en toda la Villa; posiblemente ya estuvieran en camino sus habitantes para sofocarlos. Y en efecto, minutos más tardes los vimos pasar escondidos tras los matorrales. Cuando se hubieron alejado lo suficiente reiniciamos la carrera. Corrimos paralelo a la costa hasta que alcanzamos a ver la muralla de la ciudad en algún punto cercano a la calle Arsenal. Conozco cada milímetro de estas calles, pero en esas condiciones me era difícil orientarme, cuando falta el edificio de la Terminal de Trenes y la avenida del puerto y media Habana. Cruzamos a toda velocidad la explanada del Arsenal y penetramos en el Barrio de Jesús María andando a cuatro ojos para evitar encontrar milicias de voluntarios que pudieran estar haciendo la ronda nocturna. Al parecer todos dormían y los que no, estaban atareados en sofocar el incendio de tales dimensiones.
La joven nos hizo señas para que aminoráramos ya la velocidad, la línea de edificaciones de mampuesto habían sido sustituidas por un humilde caserío de casas de guano, yaguas y con seguridad pisos de tierra más allá de la calle Alambique. Recorrimos varias cuadras a paso de camino antes de detenernos y golpear un gran portón en plena barriada del Manglar…
