La tormenta había hecho estragos bastante serios en la estructura de la nave. Si pisábamos tierra, era por obra y gracia de Dios y no debido a la pericia de los marinos que conducían el convoy. De los tres barcos que habían zarpado seis semanas atrás desde las costas africanas, sólo el nuestro estaba fondeado en el puerto; los otros yacían con su tripulación y “mercancía” en algún lugar, en el fondo del Atlántico…
La formación apretada a que nos obligaban las cadenas hacía la bajada a tierra un tanto peligrosa. Los más debilitados corrían el riesgo de caer de la tan empinada rampa y quedar colgados de los demás o peor aún arrastrar a todos al fondo de la bahía; en cuyo caso, encontraríamos muerte segura y esto es lo que estuvo a punto de acontecer. Dos hombres delante de mí marchaba un gigante que, con descomunal fuerza, impidió la pérdida de todos. Sus pies clavados al pavimento sostuvieron el peso de todos hasta que llegó la ayuda y más aún; aprovechando la confusión, echó a correr con la esperanza de la libertad perdida. Pero arrastrar nueve hombres tras de sí merma la velocidad del más vigoroso. Fácilmente nos dieron alcance los hombres y la lluvia de latigazos para tratar de dominar a aquella bestia. Hasta que lo consiguieron pasaron varios minutos y sólo fue posible la calma después de reducir sus movimientos con lazos arrojados desde prudencial distancia.
Ante tal revuelo, ir y venir, lucha y castigo las pocas damas cubrieron sus rostros son sus pañuelos y muchos de los presentes corrieron a refugiarse tras las columnas de los edificios vecinos. Excepto una mirada que captó todos los detalles de la fallida huida.
En la siempre fiel, muy noble y muy leal Villa de San Cristóbal de La Habana a cuatro de agosto de mil setecientos noventa, ante escribano público y testigos se vende con todas sus tachas buenas o malas, enfermedades públicas y secretas, excepto mal de corazón o gota coral, por de alma en boca y huesos en costal, a uso de feria de mercado franco, y por libre de censo, empeño ni hipoteca una partida de diez esclavos y sus intereses cuyos nombres son los siguientes: Juan José, José Feliz, Pascual, Mariano, Francisco, Pedro Manuel y Juana con su hijo Tomas (negrito de edad de 8 anos), por el precio de 850 pesos en su conjunto y Cayetano y José Bernabé (este último soy yo) por el precio de 135 pesos cada uno…
Esto pude oír cuando leyeron el documento y estamparon firmas y cuños para formalizar la transacción. La partida sería la siguiente mañana bien temprano, con rumbo a una hacienda en la zona de Campo Florido, al este de la ciudad; donde probablemente consumiríamos el resto de nuestras vidas entre latigazos y castigos en los cortes de caña.
Lo primero que hicieron por nosotros fue proveernos de ropa: camisa y pantalón cortados con desgano, confeccionados con tela de saco y una vez terminado tan trivial asunto, partimos hacia unos almacenes de mercancías colocados el fondo de la bahía donde pasaríamos la noche. Un recorrido de algo más de un kilómetro por entre caminos mal empedrados primero y luego terraplenes que recorrimos, como de costumbre, atados de los pies y de las manos.
Nunca pensé que volver a andar La Habana podría causarme tal impresión. En 1790 esto no pasa de ser un pueblucho polvoriento al que se le adicionan también los malos olores y los gritos de vecinos y comerciantes en cada una de sus plazas. De pronto era testigo único de la historia de la ciudad de mi infancia y hubiera querido, por qué no, haber tenido la oportunidad de escudriñar los rincones por los que tantas veces había pasado, tomar fotografías y hablar con la gente. Por más que le diera vueltas en la cabeza, no acababa de aceptar que estaba reducido a la esclavitud. Sí, ya sé que hay cosas que nunca cambian, pero estas cadenas son otra cosa. Marchaba pues, tratando de captar tantos detalles como fuera posible en mi memoria. Aunque sé que más de uno me llamaría loco, reía dentro de mí al imaginar las caras de desilusión de los historiadores que insisten en dar marcha atrás al reloj hasta los tiempos de inicio de esta ciudad: La Villa ante mis ojos nada tiene que ver con la de sus febriles imaginaciones, ni creo que turista alguno pierda su tiempo en recorrerla.
Nos habían hecho lugar apresuradamente entre todo tipo de géneros y animales de cuatro patas y de plumas; en una jaula donde apenas cabíamos todos parados. La noche, para no variar, iba a ser algo incómoda. Aún así nada comparable con la travesía transoceánica. Nuestra situación, si cabe así decirlo, ya había mejorado gracias al hecho de ser mercancía y además cara.
Tampoco sé si tomar como cumplimento el hecho de haber sido vendido el más caro. Cayetano el gigante que nos había salvado de morir ahogados, pero a quien le debíamos también nuestra primera paliza cubana; es alto y fuerte como pocas veces he visto alguien, de cuello ancho y mirada dura. Como ya había probado, su fuerza era descomunal, luego de reducir sus movimientos con cuerdas, aún se necesitaron tres hombres para pacificarlo. Mi precio lo decidió mi estatura, era el más alto del grupo y sobre todo tener la mejor dentadura.
El resto del grupo esaba compuesto por jóvenes fornidos; incluso Juana, la única mujer. Los nombres nos cayeron sin mucho pensar. Los repartió un hombre leyéndolos en voz alta de un santoral sin siquiera mirarnos, mientras otro iba anotando en un cuaderno nuestras señas. Hasta el momento no habíamos tenido tiempo de poder hablarnos. En la tranquilidad de nuestro encierro se imponía las presentaciones; pero al parecer sólo dos hablaban el mismo dialecto, incluido yo que hablo esto que en Cuba hemos dado en llamar “español”. En tales condiciones, la conversación terminó tan pronto empezó.
Después de engullir el pedazo de pan y algo de carne, sólo quedaba descansar como y cuanto pudiésemos antes de la llegada del día. El cañonazo sonó cuando ya todos dormían, a excepción de Cayetano quien comenzó a cantar con voz queda, la misma melodía que había oído en el barco, la misma que me arrojó a esta historia.
…Oh oh Acoloná,
Acolona oh…
Continúa en Iyabó (V)