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Iyabó (III): La travesía

Posted on Sábado 5 Enero 2008

Barco.jpg

Después de tan larga travesía mi cuerpo pedía a gritos descanso. No importaban los mosquitos, ni el miedo que se desprendía de semejante situación. Los varios días pasados, vapuleado dentro de aquel armatoste rodante habían aniquilado mi cuerpo. Tenía además, la secreta esperanza que todo esto no fuera más que un sueño del que escaparía con algunas horas de descanso.

Supongo que sería ya media noche cuando la pesadilla volvió a hacerse realidad. El sonido monótono de las olas fue roto por gritos de auxilio, dolor, espanto y luego llegaron disparos. No puedo dar detalles, sólo alcancé a ver una docena de animales que se perdían en la maleza a unos cincuenta metros de donde me encontraba, arrastrando los cuerpos de varios de mis compañeros de infortunio.

— ¡Leones!

Los animales habían actuado como el rayo, la operación sorprendió a los guardias que se dieron cuenta de lo que pasaba demasiado tarde. No creo que las balas hayan hecho blanco en algún animal. Poco importaba ya, “la carga” había sido disminuida en varias piezas” y esto hizo enfurecer a los jefes de aquel convoy. Las discusiones se avivaron, al parecer uno de los negros se había quedado dormido. El infeliz pedía perdón de rodillas ante un gigante barbudo que lo miraba sin decir palabra. Sólo miró a todos, sacó un sable e hizo rodar la cabeza del desdichado. Asunto resuelto.

Al amanecer, más allá del cuerpo inanimado que aún permanecía sobre la arena  roja. pude divisar tres barcos ¡de vela! Tres navíos atracados cerca de la playa y un ir y venir de botes hacia y desde ellos. Los hombres (los que estaban vestidos) llevaban un atuendo y armas de época. A veces me llegaron algunas palabras en español que me confirmaron que se trataba de una operación de trata de esclavos. Las embarcaciones estaban listas para montar la carga y partir hacia el nuevo mundo. América nos espera.

Pronto comenzó también el movimiento en la playa. Levantaban un bulto-humano que esperaba en la arena, le colocaban cadenas de hierro con las que impedían el movimiento de las manos y piernas, luego cortaban las redes que hasta el momento los sujetaban y repetían la operación con el próximo. En menos de una hora estábamos todos formados en varias filas de a 20 cada una; atados por una cadena que nos mantenía unidos a menos de cincuenta centímetros uno del otro.

Tráfico de esclavos.

Si hasta ese momento nuestra situación fue mala, no era nada comparada con lo que comenzó desde el mismo instante en que comenzamos a abordar los botes para llegar al barco que de puro milagro no se hundieron sobrecargados como iban por una veintena de hombres fornidos. Nos recibió un tipo de muy malas pulgas y látigo en su mano que descargaba alegremente sobre las espaldas de los que le pasábamos cerca. Fue la primera que sentí el fuego sobre mis espaldas. ¿Cómo describir si no, el contacto con esa fina lengua de cuero que me abrazó y me dejó sin aliento? Si no caí retorcido de dolor fue porque mis compañeros, para ponerse a salvo ellos, apresuraron el paso, tensaron la cadena y lanzaron sin poner pie sobre la superficie del barco.

Viajamos en el fondo del barco. Las bodegas son oscuras y malolientes, solo la luz que entra por entre las rendijas que dejan las tablas del piso superior nos trae alguna claridad. Estamos acostados en el piso, unos junto a otros de manera que puedo con mi mano tocar a los compañeros de al lado y sentir el vapor hediondo de su respiración. Apenas nos podemos mover.

No es la primera vez que atravieso el Atlántico. Pero la vez anterior lo hacía en sentido contrario: de América a África, oculto en la bodega de un barco junto con decenas de jóvenes que pasaríamos el servicio militar en Angola. Recuerdo cómo nos quejamos y hasta quien vomitaba por los vaivenes de aquel barco mercante… ¡nada puede ser tan malo, que no pueda empeorar!

Este barquichuelo da unas sacudidas de espanto. Se eleva sobre las olas, pierde todo sostén para de pronto chocar con la masa de agua y lanzarnos unos contra los otros.

La comida consiste en una mezcla de harina con agua sin cocinar que reparten en unas jícaras de barro. De sólo ver el aspecto de “el camarero” me niego a probar bocado. El que viaja a mi lado coge mi porción sin siquiera preguntar y yo lo dejo. Es una sola comida al día.

En las noches permanecemos a oscuras. Los cuerpos están tan cansados que nadie se mueve. Cada noche oímos algarabía por allá arriba; se fajan y vociferan entre ellos, beben hasta que no pueden sostenerse en pie y así, con toda la tripulación dormida, viaja este barco durante la noche sin rumbo ni timonel. Esto es una locura.

Sigo sin comer, por más que quiero no puedo tragar esa cosa que ahora se ha ido fermentando y huele a agrio. El de mi lado sigue comiendo bueno y malo, pero yo no sé que hacer. Esto va para largo, ha pasado sólo una semana desde que salimos.

Otra vez vuelven a tener discusiones. Beben mucho. La puerta se abre y bajan dos tipos ebrios. El  bamboleo del barco sumado al alcohol no los dejan casi mantenerse en pié. Caminan por sobre la gente. Hay algunos gritos de protesta que son apagados con insultos y trompadas lanzadas a ciegas. Buscan algo o alguien. Se paran justo frente a mí. Bueno, ¿y ahora qué? Lo encuentran, frente a mi hay una mujer que no había visto a causa de la oscuridad y el silencio reinante. Ella forcejea, pero no puede escapar, es fácil reducir sus movimientos estirando la cadena hasta que le abre las piernas. Veo al primero, arrodillado con los pantalones bajados. Frente a mi las nalgas blancas iluminadas por la antorcha del otro que baila en su propio mundo. Suben y bajan las nalgas, la muchacha grita, el otro danza. La joven alcanza a morder la cara del violador. Aullido de dolor. Retrocede y cae sobre mis piernas. Se levanta, ruge, sangra, arrebata la antorcha de la mano de su compañero y la descarga con fuerza sobre la cara de la joven. Hay un ruido seco, después silencio. El hombre herido se marcha dando alaridos y patadas a todos los que yacen en el piso encadenados, golpea a alguien, mientras el otro en su propio mundo se baja los pantalones y monta sobre la desdichada sin sentido…

Dos días después decido probar la comida, mejor dicho tragar. No puedo resistir más. El hombre a mi lado alarga la mano para coger mi porción y se molesta porque esta vez comeré, me golpea. Siento un líquido tibio y amargo que me corre desde la nariz y moja mis labios. Voy  a perder mi comida, pero alguien del otro lado le rodea la cadena al cuello y mi vecino devuelve mi porción. No sé quien es mi benefactor, pero le doy las gracias en alta voz, en español. No creo que me entienda. La comida babosa da vuelta dentro de mi boca, pero no puedo tragar. Está ácido. Pongo toda mi ración en la boca de una sola vez para evitar el martirio. Trago

Hacia el fondo de la nave alguien se queja de dolor en la pierna. La cadena ha roto la piel y ha causado posiblemente una infección. El calor hace lo suyo. El mal olor reina en todo el recinto, no hay manera de escapar del olor a carne podrida.

Cuatro días más tarde. Nuevamente los dos visitantes. Vienen de nuevo a visitar a la negra. El barco se balancea de mala manera. Ella no opone resistencia esta vez. Oigo sólo el jadeo del violador. Termina uno y continúa el otro. Otro salto del buque nos zarandea de un lado a otro, la cabeza de la negra brinca hacia uno y otro lado. Cae sobre su pecho la boca abierta. Miríadas de gusanos e insectos salen de su garganta… ¡Está muerta! Se ha descompuesto entre nosotros sin que nadie le prestara atención.

El mal tiempo arrecia. Los bandazos son de espanto. Rezo porque lleguemos pronto. He perdido la cuenta del tiempo. Otra vez la noche cae y con ella el agua sobrevuela la cubierta y nos empapa a todos. El agua es vida. Agradezco este baño que me reanima, aunque la sal queme sobre la herida de látigo en la espalda. Permanece hinchada.

Todavía me pregunto ¿qué hago yo aquí? Y no obtengo respuesta. Una idea cruza mi cabeza ¿Quién es este, mi antepasado al que vine a ayudar? ¿Cómo y cuando? Reviso hasta donde mi vista llega, pero no encuentro respuesta.

La tormenta arrecia. Llevamos día y medio dando tumbos. Las tablas crujen. El agua comienza a tomar altura dentro de la bodega. Pienso: Este es el final.

El vecino de mi vecino, comienza un rezo que se convierte en canto:

…Oh oh Acoloná,
Acolona oh…

La melodía me hace recuperar mis sentidos. Tengo que ver a este hombre, tengo que verlo. Pero las cadenas no me dan oportunidad. La melodía continúa. Trae tranquilidad. Quizás no todo esté perdido.

Una voz allá fuera grita por sobre el rugido de las olas y el viento:

— ¡¡Tierra!!

Continúa en Iyabó (IV)

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