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Iyabo (II): África

Posted on Viernes 4 Enero 2008

Viene de: Iyabó (I)

Llegué a la consulta con la preconcebida idea de un Babalawo vestido de blanco, lleno de collares, sentado en el piso tirando caracoles pero me recibió un tipo en mangas de camisa. Lo tengo sentado frente a mí y me habla de las cosas más normales del mundo. Sólo falta un diván en el que tenderse para pensar que estamos en la consulta de un psicólogo. Vine recomendado por la mujer de la limpieza. Dos días antes, aprovechando que quedamos solos en casa, le había pedido que me explicara todo lo que sabía acerca de mi hijo, pero ella se encogió de hombros y me envió a este lugar diciendo:

— Sólo él puede saber la respuesta.

No había avanzado mucho; por otro lado no podía contar con mi mujer para este asunto; ella nació en Europa, no puede entender… Pero mis esperanzas y mis miedos, duraron hasta que pronunció la primera frase:

—  ¡Yo no te puedo ayudar!

Yo me había extendido en detalles sobre la situación de mi hijo, le hablé también de la sentencia de la Iyabó y de los cantos que ya se habían hecho costumbre en un niño que aún no ha aprendido a hablar y no puede saber qué cosa es África. Esperaba a cambio que me hiciera rapar la cabeza o depositar una ofrenda a orillas del mar o incluso que me encargara el sacrificio de cualquier animal — el que sea, aunque esto me trajera problemas con las sociedades protectoras de animales — pero sólo agregó otro par de oraciones:

— Yo no te puedo ayudar, sólo uno de los tuyos sabrá el por qué y el cómo resolver el problema. Créeme, esto es un problema no resuelto en tu familia que clama por solución. ¿Quizás puedas tú asumir el lugar del chico?

No había avanzado mucho. No sabía la causa del mal y mucho menos la solución. En casa la crisis se hizo cotidiana, cada noche dormía sentado al lado de la cuna con sus manitas tomadas entre las mías. A veces, el cansancio me hacía caer rendido antes que el niño, otras tamborileaba con los dedos para hacerlo reír… hasta que llegaban las voces.

Y ese día, me sorprendió con sus primeras palabras:

—  ¡Papá ayúdame!

No sé si yo estaba dormido, o deliraba también de la mano del muchacho, no entiendo cómo sucedió todo. Me limito a describirlo tal como lo viví y cada cual es libre de creerme o no; porque ni siquiera pido que me crean:

La vista no alcanzaba muy lejos, por todos lados me rodeaban árboles frondosos, maleza, lianas memorables como esas que sólo hemos visto en películas y un infinito verdor. Todo parecía estar lleno de vida, insectos escudriñaban las flores, animales se movían de prisa detrás de cada matorral, el aire surcado por el sonido de mil pájaros que cantaban al unísono… y que callaron  a una orden dada por el Rey de la selva.

— ¿¡Estoy en África!?

Había visto esta misma imagen muchos años atrás, en Angola, durante mi servicio militar y la idea — y sus consecuencias — me hicieron recuperar viejos miedos. Al parecer no me equivocaba. Pero, ¿qué coño hago yo aquí?

Lo mejor sería subir a la copa de un árbol para poder orientarme, quizás pudiera ver algún caserío lejano, o el mar o una carretera; pero los años no pasan por gusto: no pude elevarme más de un par de metros antes de caer estrepitosamente y quedar panza arriba como una jicotea. ¡Estoy hecho un viejo de mierda! La vida moderna me ha hecho inservible, no podré trepar como un gato, ni buscar orientación con mi vista de águila en el infinito, porque también he olvidado las gafas, ni apartar del camino troncos caidos sin las pastillas para los dolores de espalda. No traje el teléfono móvil — adiós GPS, emails y SMS. Todo lo que tengo es lo que llevo arriba y es nada.

¿Hacia donde ir, cuando todo lo que te rodea es verde, cuando tienes selva por los cuatro costados? Lo sencillo de la respuesta me sorprendió: ¡Hacia delante! Por paradójico que parezca seguí la dirección de donde vino el rugido, pues donde hay leones, hay sabana y allí siempre hay menos peligros que en lo intrincado de la jungla. Claro, si no hay UNITAS, pero esa guerra acabó hace un montón de años atrás; al menos eso pensaba yo. Estuve andando varias horas, pronto caería la noche y el paisaje no había cambiado un ápice, sin embargo el cansancio ya se hacía notar.

De pronto muy cerca sentí unas voces y antes de que tener tiempo a llamar, algo cayó sobre mí y me inmovilizó al instante. Luego me vi rodeado de unos hombres de bastante mal talaje dando órdenes a un grupo de negros que se movían como sombras dentro de la maleza. Por más que grité, que me identifiqué, nadie hizo caso. Dos de aquellos negros amarraron fuertemente la red que me atenazaba, me levantaron y me lanzaron dentro de una carreta llena de otros bultos que como yo habían sido cazados.

Después de mí, por suerte, sólo tiraron a otro infeliz más dentro del atestado carromato. Digo por suerte pues podría ser peor viajar en el fondo, bajo el peso de diez hombres sobre mí. No lo habría soportado mi espalda. Andamos en silencio, a veces oía algunas voces — o maldiciones — de aquellos que dirigían el convoy cuando la carreta se inclinaba demasiado y hacía peligrar la carga, perdida en el fondo de algún río. Me pareció que hablaban portugués, no estoy seguro. En mi posición, sólo me quedaba esperar una oportunidad de explicar quién soy y pedir que se comunicaran con mi embajada. Estuvimos viajando en esa posición al menos 36 horas sin que nos dieran ni agua hasta que al anochecer del segundo día llegamos a la costa.

Pero a la llegada, nos bajaron de la misma manera — sin desatarnos — y nos colocaron uno al lado de otro en la arena de la playa. Desde mi posición podía contar unos ochenta, quizás cien bultos humanos que esperaban, como yo ahora, quien sabe qué. ¿Donde estoy? ¿Quiénes son estas personas que nos vigilan armados de machetes y lanzas…?

Continúa en Iyabó (III)

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