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Iyabó (I): El grito

Posted on Jueves 3 Enero 2008

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El grito desde la cuna nos tiró de la cama al unísono. Es una reacción  automática desde que el niño nació hace ya ocho meses y medios. La mayoría de las veces es sólo una falsa alarma, que apago sosteniendo medio dormido un biberón en su boca hasta que caemos ambos, el bebé y yo rendidos y continuamos felices nuestro interrumpido sueño. Pero esta vez más que llorar por hambre fueron gritos de pánico que ninguna de las improvisadas soluciones pudo aplacar. Sólo con la claridad el niño cayó rendido de cansancio en su cama mientras yo me daba una ducha antes de salir hacia el trabajo.

La noche siguiente fue lo mismo y el resto de la semana, y también al mes siguiente. Así fue que, entre chillidos y bostezos, llegamos a la consulta del pediatra para poner fin a tan enojoso asunto.

—  El tipo está entero — dijo el pediatra al terminar un chequeo general. — De todos modos, les voy a dar una remisión al especialista.

Y cuando ese momento llegó, dos meses más tarde, las noches eran un mar de  y mis bostezos cada vez más seguidos en la oficina, la comidilla de mis colegas. La casa se volvió un infierno, la falta de sueño desencadenó en un constante mal humor y este en discusiones sucesivas por el más mínimo motivo. En la calle lo mismo, un par de veces casi me enredo a golpes con otro conductor que  se me adelantó para tomar el único espacio libre para aparcar en toda la calle.

El especialista le hizo todo tipo de pruebas, lo conectó a aparatos que medían impulsos eléctricos de no se qué y al final llegó a la misma conclusión: El tipo está entero.

— Entonces, ¿Es sólo un jodedor? ¡Dímelo pa´ darle una patá en el culo la próxima vez que vuelva a chillar, pero entonces lo va a hacer de dolor!

Estaba claro de que el chico no lo hacía por maldad. Recuerdo haberme orinado en la cama hasta los 12 años y por más pruebas que me hicieron y especialistas visité, seguí mojando la cama hasta que me tocó ir a un campamento de vacaciones con la escuela. Entonces la sola preocupación de no hacer el ridículo me hizo al principio no dormir hasta que se hizo costumbre y resuelto el problema. Algo parecido debía estar ocurriendo con mi pequeño.

— Hay que resignarse — le dije a la madre.
— Episodios pasados no lo dejan dormir — Interrumpió la voz de la señora de la limpieza, que siguió concentrada en lo que estaba haciendo.

Era una chica que habíamos contratado hacía cosa de dos meses. Desde entonces llegaba y hacía sus tareas como una sombra, siempre de blanco, desde los zapatos al pañuelo que le cubría la cabeza. El único detalle de color eran un collar y una manilla de cuentas verdes y amarillas que resaltaban más sobre el fondo blanco de toda su vestimenta. Un amigo nos la había recomendado, pero confieso que no me hacía mucha gracia meter una santera en la casa. Nunca he sido creyente, me resisto a creer en esas cosas par las que no hay explicación. Aunque como todos los cubanos “las respete”, prefiero mantenerme alejado de ellas; además viviendo desde hace tantos años en el primer mundo, prefiero encontrar mi camino yo sólo o con un GPS. Si acepté contratarla fue por la satisfacción de ayudar a una compatriota. Además de ser muy hermosa (nadie nunca sabe, me dije), la chica hacía hacia muy bien su trabajo: después de mucho tiempo, la casa brillaba de una punta a la otra.

— ¿Qué quiere decir usted? — Fue la respuesta a coro a su inesperada salida.

Ella, al parecer no se dio por enterada. Siguió fregando el interior de la vitrina con el mismo esmero que hasta entonces, levantaba una copa para desalojar el polvo bajo ella, luego otra y así hasta el infinito. Cuando terminó con el nivel más alto, bajó de la silla en la que se apoyaba y continuó la misma operación en la repisa baja. Pasados unos minutos que para mí fueron años, comenzó a hablar lentamente, sin mirarnos:

— El chico es testigo de eventos pasados. En su cabeza se está reeditando el largo viaje de sus ancestros desde la ciudad sagrada Ilé-Ifé, en el reino de los yorubas de donde fue arrancado por manos blancas; hasta su llegada al puerto de La Habana. Los gritos no le pertenecen al muchacho, él es sólo el medio que escogieron sus antepasados para proyectarse pidiendo ayuda.
— ¿O sea, que según tú el chico tiene poderes para ver hacia el pasado.
— Es una ventana a sus ancestros…
— ¡¿Coño, y por qué no al futuro?! Ya puestos en esto de ver a través del tiempo muy bien que vendría saber el resultado de la lotería del próximo fin de semana, ¡digo yo!

Si yo soy incrédulo, mi esposa lo es más. Ella no quiso saber nada de revelaciones, ni eventos pasados o porvenir. Simplemente nos dejó para ir a ocuparse de cosas más terrenales. Durante los días que siguieron no se habló del asunto en casa. Habíamos aceptado nuestro papel de padres sin chistar, aunque poco podíamos hacer por nuestro pequeño.

Pero el domingo aconteció algo que me hizo mirar sobre mis propios pasos. Regresábamos de hacer un picnic en las afueras de la ciudad, mi niño rompió el silencio reinante en el auto. Pero esta vez el pequeño, que aún no sabe hablar, comenzó a canturrear una melodía:

…Oh oh Acoloná,
Acolona oh…

Todos lo oímos. Mi esposa, que dormitaba en el asiento al lado del conductor, sonrió satisfecha; incapaz de reconocer el canto a Odudduá, el ruego al Dios de la tierra hecho desde Ifé, la capital sagrada de los Yorubas.

Continúa en Iyabó (II)

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