Creo que no hay deleite mayor en el mundo que ver caer la nieve a través del cristal de una habitación después de disfrutar de una ducha caliente. Sobre todo si hasta hace un momento has estado “de la parte de afuera”, calado del frío hasta los huesos. Cuando salí del baño, ella me esperaba con un trago en la mano, me brindó una copa y accedí sólo por cortesía. No pensaba beber mucho porque yo al siguiente día debía estar temprano en el trabajo.

Comencé la charla preguntando qué hacía una chica tan hermosa esperando el nuevo año en un tugurio como en el que la había recogido. Ella me dio las gracias y comenzó a contarme sus desventuras: el cómo y el por qué estaba siempre sola y lo mal que le sentaba oír siempre el eco de su casa deshabitada.
- ¿Has sentido alguna vez, que tu vida está vacía? – me preguntó.
- Eh… no. Sólo el plato ha estado vacío y créeme que esa es una sensación peor…
No se detuvo a oír mi respuesta, a partir de ese momento yo estaba, pero no estaba. Se quejaba de la soledad, de que no tenía con quien hablar y cuando conseguía una persona dispuesta a escucharla, imponía un monólogo del que no me podía zafar. Entonces, le bajé el volumen, la dejé hablar sin oír la mar de quejas tontas que me lanzaba. Si ella se queja, qué puedo decir yo, pensaba. El ser humano necesita los problemas; si no los tiene, se los inventa. Cuando el reloj dio una campanada anunciando que faltaban quince para la llegada del nuevo año, sobre la mesa yacía otra botella vacía y ella reía de sus propios chistes.
Para qué alargar la historia. Con las doce campanadas ella saltaba sobre mí, subiendo y bajando al ritmo del reloj. - Nine, eight, seven… two, one. ¡Happy New Year! - Gritó desde su cabalgadura y cayó exhausta a mi lado para no levantarse más. - Knock-out! ¡Ya…! ¿Eso fue todo…? Si no me largué de allí al momento fue porque creo que el que come malo y bueno, come dos veces; además de tener aún la vaga esperanza de poder sacar partido a mi situación. ¡Vamos, no abran los ojos, ni me juzguen tan a la ligera! Tampoco piensen: ¡Tenía que ser Jinetero! Yo no la busqué; me la pusieron en la mano.
Los ronquidos post-orgásmicos que llenaban la habitación impedían que yo pegara un ojo. A falta de satisfacción propia estuve curioseando su cuerpo durante mucho rato. Levanté sus brazos, abrí sus piernas, manoseé en sus nalgas sin encontrar diferencia importante con las que yo había ido a la cama antes: las mismas arrugas enmarcaban los ojos, (sin maquillaje eran más visibles), la flacidez de los senos se derretían amorfos hasta perderse a cada lado de su cuerpo, la celulitis aparecía aquí y allá sobre los muslos, las venas verdes como un gran río bajo la descolorida piel. Nada especial… ¡O sí! Las distanciaba la carrera exitosa a la que se había entregado en cuerpo y alma olvidándose de aprender a vivir. No es de extrañar entonces que aunque su Cuenta Bancaria llevara forzosamente mayúsculas, su cama permaneciese vacía, después de tal demostración.
Estuve la noche entera paseando por el lugar, revisé cada rincón y me senté a deleitarme en la cocina. Me sentía cómodo, como si este hubiera hecho para mí. Con la tercera cerveza llegué a la conclusión de que podría sobrevivir a esa situación y con el tiempo enseñarle la otra parte, la que era desconocida.
Desgraciadamente, no podía esperar a los primeros rayos de sol. Mi turno comenzaba a las siete de la mañana. Me volväi a duchar y cuando estuve listo, dejé caer un beso sobre sus nalgas (es un ritual, siempre lo hago. Como los perros que mean para marcar su territorio) y me dispuse a salir. Ella, sin siquiera mirarme, propuso encontrarnos nuevamente a las siete de la noche y yo acepté.
El día fue como todos mis días. Cargué toneladas de maletas de los turistas que llegaron y pasé horas encerando coches de lujo en los fosos del edificio; pendiente del reloj para salir pitando a las seis de la tarde. No quería por nada del mundo faltar a mi cita, pero he aquí que a las seis menos cinco ha bajado el Director del Hotel en persona a darme un encargo muy especial. - No te puedes ir hasta que termines de lavar y encerar este coche. La subdirectora tiene una reunión muy especial a las siete.
…y aquí estoy; limpiando los restos de sangre, vísceras y plumas de la paloma incrustados en los neumáticos del coche de lujo que conduje la noche anterior.
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Mala Hoja: Expresión usada en Cuba para denominar a quien tiene pocas habilidades en el sexo o es torpe, poco interesante en la cama.