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Un caballero, mientras no se demuestre lo contrario (I/II)

Posted on Lunes 17 Diciembre 2007

Un sonido hueco, como de un coco cuando choca con el piso al caer, desvió la mirada de todos hacia la recién llegada. Ella no se inmutó, entregó las llaves del coche al parqueador, se estiró la blusa del traje, tomó el portátil y comenzó a andar a pasos rápidos hacia el edificio, moviendo exageradamente su cabellera al viento; sin reparar en los restos de sangre, vísceras y plumas de la paloma incrustados en las ruedas del coche.

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La había visto cada día llegar en su Lamborghini y ser el centro de las miradas de todos. En los pasillos y ascensores corrían pretendidas historias de empleados que habían logrado meterse en su cama y oí también a chicas, que envidiosas la encontraban siempre o muy gorda, o muy bajita o muy pálida según soplara el viento ese día. Por eso, daba yo por sentado que estaba bien casada con uno de esos tipos estirados que llegaban también en coche de lujo y con los que se reunía cada día a cenar. Sobre todo porque había visto al gerente del Hotel cortejarla de la manera más torpe que existe, correr tras ella, o a su lado apartando cuento obstáculo pudiera entorpecer su camino. Le facilitaba la vida, pero ella no le hacía el más mínimo caso.

No podía creer que un día como hoy, la víspera de año nuevo, me la encontraría sola, en la barra de un bar de mala muerte.

Me acerqué con pena, pero también con miedo. Aún en esas condiciones, ella seguía siendo la subdirectora del hotel más lujoso de la ciudad y yo con esfuerzo sólo había llegado a ser un empleado, un simple fregador de coches del que podría prescindir de un plumazo si entendía que yo invadía su privacidad. Nadie sabe nunca cómo ganar con esta gente. Podría acercarme con la justificación de darle fuego, como en las películas; pero no fumo. Podría quizás hablar acerca del juego de futbol en la tele, pero el campeonato recesaba desde hacía cosa de dos semanas y no se reanudaría hasta bien entrado enero. Por eso eché mano a la estratagema que siempre me ha resultado: Hablar del sol de Cuba, cuando afuera caen toneladas de nieve; mentar la soga en casa del ahorcado.

Ella me miró como a un insecto. No respondió, dio dos pasos hacia mí, trastabilló y cayó al suelo; no sin antes en su caída verter el contenido de su copa sobre mi camisa blanca, la única  que tengo, la de los domingos y festivos. ¡Manda cojones!

Estábamos solos. Nadie, además del barman que levantó la cabeza sólo un momento y se volvió a hundir en el texto de su periódico, pudo venir a ayudarme. Cualquier ser normal se habría quejado de tener una camisa de menos. Pero yo, que soy el tipo más optimista del mundo sólo vi en aquella ridícula despatarrada a mis pies, la gallina de los huevos de Oro.

Tiré un billete sobre el mostrador cuando pasé con ella sobre los hombros. Ya sé que suena mejor decir “con ella en brazos”, pero yo no soy actor americano y las chicas de aquí, ¡pesan! El dueño del local hizo ademán de darme el vuelto, pero yo lo corté con un ¡Happy New Year! Empujé la puerta y salí a la fría noche. En su abrigo encontré las llaves de su coche. La deposité, más bien la tiré en el asiento trasero, de manera que pudiera dormir a todo lo largo y yo me senté por enésima vez al timón de su Ferrari negro… Pero ¿y adonde la llevo? Casi me da un infarto cuando al registrar su cartera con la intención de encontrar su dirección y contar uno, dos, tres billetes de los morados, de los de a 500. Si no eché a correr con el  botín fue porque en ese momento un carro patrullero aparcaba a no más de 20 metros de nosotros. No esperé más, le di vuelta a la llave y echamos a andar. Ya habría tiempo de saber hacia donde nos dirigíamos pues yo tenía su documento de identidad en la mano.

Cuando volvió en sí, justo al llegar ante el portón de su casa, su primera reacción no fue preguntar quién era yo o donde estaba, ni siquiera qué hacía este pobre diablo conduciendo su coche; sino revisar precipitadamente su billetera que yacía abierta a su lado y comprobar para su alivio que uno, dos y tres billetes morados aún estaban sanos y salvos. Entonces se arregló el pelo, eructó no muy refinadamente y me pidió las llaves. No dije nada, aparqué, le di las llaves, abrí la puerta y eché a andar bajo la persistente llovizna helada.

El reloj marcaba las diez y media.

Lo malo de ser un caballero es que si no encuentras una dama, la puedes pasar muy mal, pensé bajo la luz del farol que alumbraba la parada de ómnibus a unos 50 metros de donde la había dejado. En días normales el bus tardaría 15 minutos, pero en día feriado y tan especial como este, pasaría a las dos y media. - ¡Perfecto! Tres horas bajo la lluvia. ¡Debí tomar el dinero y largarme! Ahora estaría a buen recaudo tomando algo caliente.

No sé que tiempo pasó antes de que ella abriera ante mí la puerta de su coche. - ¡Vamos a casa!

Continuará…

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