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Una foto para los quince de Teresa. (Historia de Cuba)

Posted on Miércoles 12 Diciembre 2007

Buscando mucho, preguntando a los amigos donde podría conseguir un marco para la foto de los quince de mi hija, alguien me propuso que visitara a la vieja Mercedes. Ella seguro podría resolverme. Y efectivamente, la vieja me dio la posibilidad de escoger entre varios marcos que colgaban vacíos en la pared más alejada de la calle.

Fue difícil llegar hasta allí porque la poca luz escondía un sinnúmero de trastos regados por el suelo que convirtieron mi tarea en una verdadera carrera con obstáculos. Hacía años que la vieja no llegaba a aquel punto, ni ponía orden en la casa. - Con los años necesito cada vez menos espacio- me gritó desde su sillón.

Al llegar a mi objetivo, dos hileras de cuadros tenía ante mi vista. Escoger uno sería cosa de cerrar los ojos y tomar el primero frente a mí pues todos parecían exactamente iguales en aquella penumbra. Construidos en madera preciosa, creo que caoba, lleno de angelitos y dragones tallados en la madera. Pero cuando alargué mi mano, pude escuchar claramente una voz que me dijo:

- ¡Te estaba esperando! ¿Sabes tú el tiempo que llevo colgando de estas paredes, esperando? He visto media historia pasar, pero no quiero quedar aquí para documentar el final de tanto despropósito. Sí, soy yo, que llegué a esta casa en 1865 cuando todo estaba recién pintado. Me trajo Don Jerónimo, el asturiano que construyó esta y la mitad de las casas de la vecindad. Cumplía por aquel entonces la niña Teresita sus 15 años y su padre, para preservar el momento, le mandó a confeccionar un retrato con un pintor francés no muy conocido, pero bastante económico. Ya sabes como son los gallegos. El caso es que el tal pintor hizo una mierda y permanecí aquí colgado, sin pintura que lucir, olvidado por un par de años hasta que al inicio de la guerra, los negocios de Don Jerónimo sufrieron tal baja que tuvo que vender la casa con todo lo que había dentro. Desde esa época tuvo la casa sucesivos dueños, que nunca llegaron a habitarla propiamente dicho, sino que compraban con el único propósito de alquilarla.

Se fueron los 10 largos años de esa guerra, vino la tregua y luego también la guerra del 95 y yo aguardaba que alguien se acordara de mí. Para la llegada del nuevo siglo, la casa fue comprada para la hija de un veterano mambí que puso mucho empeño en devolver el halo señorial con que la había concebido Don Jerónimo. Todo fue renovado, los mármoles fueron nuevamente pulidos, y finalmente, en 1905 me colocó el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Ese fue el día más lindo de mi vida; había colgado vacío en esta pared cuatro décadas. Desde aquel entonces viví una época de relativa calma, la señora tuvo varios hijos que mantuvieron más o menos la casa como Dios manda. ¡Hasta que llegó aquel nieto! Raúl se llamaba, de chiquito creyó que se lo merecía todo y de grande leía libros rarísimos. Pasaba horas reunidos frente a mí, discutiendo de política. Hablaban de derrocar a un tal Batista que según decía, había dado un golpe de estado hacía un par de años atrás. ¡Yo lo venía venir! Qué no sabría ya este viejo cuadro a punto de cumplir un siglo. Un día entró vestido de verde y con una barba bastante descuidada y supe que comenzaría otra vez mi calvario. Vino directo a mí y dijo:

- ¡En esta casa sobra esta porquería burguesa! Pero la vieja se puso hecha una fiera y tras una discusión muy fuerte consintió en colocar una sábana que me cubrió durante años.

Cuando me sacó nuevamente a la luz tenía delante al mismo cabrón, pero ya afeitado; exactamente al regreso del entierro de la vieja. No esperó un segundo, abrió el cristal y encima de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús colocó una imagen del Ché Guevara. ¡Si no fuera porque soy de madera sufriría trastornos de la personalidad! Durante los siguientes treinta largos años desfilaron ante mí niños vestidos de pioneros y jóvenes milicianos. A veces me descolgaban y me llevaban a la zona de los CDR a presidir alguna que otra asamblea. ¡Cómo había cambiado el barrio! Las casas de Don Jerónimo eran ruinas malolientes… ¿y las gentes? Válgame Dios encueros, como el señor las trajo al mundo. Por suerte regresaba a mi lugar.

Aquella época era una locura, a medida que los nietos de Raúl crecían, las discusiones se sucedían y eran cada vez más fuertes. El viejo iba en descenso, eso estaba claro. Los años no pasan por gusto, tras un siglo en el que sólo había tenido oportunidad de estudiar a los humanos, me di cuenta de que algo no andaba bien. Era como si la familia llevara dos vidas, una de  cara a lo vecinos y otra dentro des sus cuatro paredes. El nieto mayor de Raúl, Mayito, escondía papelitos entre mis imágenes, entre del Che y el Sagrado Corazón. Luego supe, porque nadie nunca se ha ocultado de mi para hablar, que tenía un banco de apuntaciones y aquellas listas de números eran las apuestas que escondían del viejo, que se afanaba aún en gritar a los cuatro vientos: Fidel, esta es tu casa. El puntillazo al viejo se lo dio la nieta el día que se apareció acompañada de un italiano. Al viejo le dio una cosa y cayó allí, donde tú estás parado, con la mano en el pecho, redondito como un pollo. ¿Crees que alguien lloró? No hijo, si esta gente no cree ni en su madre. Al otro día arrancaron la imagen del Che y se la vendieron por 90 dólares al italiano con el cuento de que era la foto original de Korda. Y cuando el tipo, que era muy religioso, vio la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, la quiso y se la vendieron también. Cerraron el negocio por cien fulas. Los ojos de la niña se les salían de las órbitas cuando el yuma sacó aquel billete.

Sin Raúl esta casa era como un barco a la deriva, cada cual hacía lo que le daba la gana. Mayito cayó preso como dos veces hasta que en el 94 hizo una balsa y se fue como balsero. La niña consiguió otro italiano y partió. Se fueron y no se han acordado más de la jodía vieja que se pasa el día dándose sillón, echando pestes de Raúl, que en paz descanse mientras la casa se cae a pedazos y se llena de perros callejeros, polvo y mierda… ¡Sácame de aquí!

- ¿Dijiste que tu hija cumplía quince años? ¿Se llama Teresa por casualidad…?

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