
Fuerza de voluntad le pido a Dios
pa´ que me ayude a dejal de bebel
cuando me doy el primero,
ya no me puedo aguantar
el segundo es peligroso
el tercero es más sabroso
y en la vida hay que gozal…
Canción cubana, que ahora me
matas y no sé quien es o fue el autor.
Si alguien lo sabe que me lo diga.
Me habían traido de La Habana dos botellas de Ron Matusalem; del bacán, del que sólo se vende en fulas y los cubanos no ven ni de lejos. Desde que las recibí me hice el propósito de guardarlas para una ocasión especial. Pero en medio de la madrugada sentí deseos de tomar algo y qué mejor que un trago de Ron para aplacar la sed y animar el sueño. Entre sorbo y sorbo, lei hasta la última letra en la etiqueta y como no me gusta dejar ninguna lectura a medias, abrí la segunda con el único propósito de no defraudar a mi vicio, el de la lectura me refiero. Demasiado tarde me dí cuenta que las etiquetas eran iguales.
Cuando ya casi terminaba, me llegaron voces y gritos desde la sala. Me acerqué sigiloso y vi dos de mis libros, que por alguna extraña razón compartían carátula contra carátula el mismo librero, que discutían airadamente. De un lado “Rimas”, de Gustavo Adolfo Bécquer, del otro… ¡ay mi Dios, un jovencito que ya me ha traido más de una jodienda!: “Trilogía sucia de La Habana”, de José Juan Gonzáles. Partía el alma ver al veterano lanzar insultos y vivas a Dios rojo de la ira, siempre cuidando la perfecta métrica en sus versos, mientras el otro le devolvía frases que me niego a repetir por respeto a quienes puedan leer, burlándose del gallego acaratulado con arcaicos hilos de oro.
La bronca comenzó al parecer por la defensa que cada uno hacía de la manera de decir de su época. A tal grado habían llegado que al advertir mi presencia, lejos de volver a su mutismo, decidieron tomarme como juez de la apuesta más absurda: traducirían a lenguaje de su tiempo, un párrafo del primer libro que yo escogiese al azar. Y accedí, ¿por qué no iba a hacerlo? Me empujaba la curiosidad de saber cómo podía terminar tan peculiar encuentro. Alargué la mano y abriéndo un libro más o menos a la mitad, lo puse frente al maestro.
Al “Rimas” le bastó sólo un instante. Seguro de que había ya leido y releido aquel pasaje, se apartó con aire de Don, aclaró su garganta y dijo al instante:
- Don José era de rasgos exquisitos, andar musical y plática regada por una sabiduría sin par. Nunca se le vió del brazo de dama alguna, con la excepción de su señora madre que, habiendo consumido toda su fortuna al cuidado de su frágil hijo, vióse arrastrada a frecuentar, muy de cuando en vez, una discreta casa de citas en las afueras de la villa de San Cristobal de La Habana, para solventar sus deudas…
Se hizo silencio.
Yo habría aplaudido tras semejante salida pero un juez es un juez, así que con toda solemnidad procedí a colocar el párrafo en cuestión frente al “habanero sucio”, pero este no se dio por aludido. Enfrascado estaba en pulir su portada, hecha de la más ordinaria cartulina amarilla en una edición sin linaje o para decirlo de manera más suave: económica.
Ejem, señor…- le dije- creo que le toca a usted completar la apuesta…”
- ¡Ah coño! es que por allá atrás vi pasar a Cecilia Valdés… ¡esa mulata me tiene loco! Bueno, vamos a ver qué dice aquí… ya. Anota ahí Men: Pepe era maricón, su amaneramiento y su hablar rebuscado no dejaban lugar a dudas. Nadie le conoció hembra alguna y pa´ mí que, si no miró pa´ tras el día que lo parieron, no debe haber visto jamás una mujer encuera. ¡A propósito! Su madre era una vieja puta ella, que frecuentaba la acera de Monte y Cienfuegos pa´ luchar unos pesos conque mantener a su hijo. Porque eso sí: ¡Buena madre si era!
¡Creo que mejor dejo la bebida!