Para dar una noticia tan grave se impone un comienzo con clase. Algo así como:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche…*
No, eso es demasiado trágico, un poco abajo. Otra opción sería:
…Me recuerdo en estas horas de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de Maria Antonia… **
Mejor lo dejo ahí pa´ no levantar la ira de la gente de Miami.
Creo que esta es buena:
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto…***
Me cuadra, tiene su cosa. Pues bien, allá va eso.
Señoras y señores:
Cuando me desperté en la mañana, después de un sueño intranquilo (había sido mi cumpleaños el día anterior), me encontré con que mi ordenador ya no era sino un montón de chatarra sin vida encima de la mesa. Mi vieja Pentium, la que me acompañó durante años en las más dispares historias, la que supo de todos mis emails (los publicables y los secretos), la que me paseó por sitios web del gobierno, pornos o de venta de tickets; había muerto.
Mi primera reacción fue lanzarme sobre el teclado, buscando alguna combinación mágica que lo devolviese a la vida, como en aquella escena de En silencio ha tenido que ser cuando matan al negro (porque hasta en las películas cubana al negro siempre lo matan primero) gritando: ¡Negro! Negro coñoooo!… En fin, de la noche a la mañana me quedé sin ordenador. Y ese, aunque no lo crean, puede ser el día más difícil de la vida de este ser humano moderno, cuando de repente “me miro, me veo y toco y me pregunto ¿cómo ha podido ser?”
Claro que siempre está la opción B: el ordenador del trabajo, pero es que el muy traicionero falleció precisamente el fin de semana y… y… ¡me ha dejado unplugged!
Por eso, esta ha sido una semana diferente, en la que no ha habido mucha actividad en este Blog. Imagino que habré decepcionado a más de uno de los que cada día pasan por aquí a compartir mi casa. Y supongo que los que no me quieren habrán saltado de alegría diciendo: ¡El Yoyo está perdiendo presión!
Señoooooores.
Los ciudadanos de este sitio me han confiado,
para que despida el duelo,
de quien en vida fue…****
mi Pentium IV
“Descansa en paz amigo mío”, pienso mientras desconecto el último cable. En Cuba las cosas tienen que durar toda la vida, pero aquí poseer un ordenador de casi 7 años de vida, es algo así como tener un dinosaurio amarrado en el patio de la casa. No importa que en tiempo tan remoto, cuando salí con él de la tienda era una pieza high tech, ni que haya invertido una fortuna en duplicarle la memoria, instalarle otro disco duro o una tarjeta gráfica que costó un huevo. De nada valió el esfuerzo por inmortalizarlo: Hoy ni para piezas sirve.
Con aire de circunstancia lo pongo dentro de una caja y le doy sepultura en el trastero; no lo boto porque aún me queda la esperanza de hacer dinero vendiéndolo en eBay si algún día logro publicar esa puñetera novela que anda por ahí. Entonces a lo mejor se pueda vender por una pasta, bajo la categoría de Memorabilia como mismo se vendió el VW de mierda del Papa. ¡El capitalismo es así!