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No fui yo

Posted on Jueves 22 Noviembre 2007

El crecimiento de la familia nos obligó a buscar una vivienda mayor. Gracias a Dios no tuvimos que esperar mucho para hallar una de dimensiones decentes a precio asequible, en un antiguo edificio, un poco apartado del centro de la ciudad. Pero como ahora está de moda eso de querer darle una vida ecológica a los hijos entre árboles y renos, no lo pensamos dos veces e hicimos la cita para visitarlo.

Llegamos en medio de una tormenta no anunciada, que había partido las ramas altas de un árbol y estas habían arrastrado en su caída el cable de alimentación de energía eléctrica a la edificación. En otras palabras: llegamos en medio de un apagón. Mal presagio.

En la puerta nos esperaba un señor entrado en años que, según supimos después, vivía en el sótano. El inmueble había permanecido vacío por mucho tiempo hasta que un nuevo inversor astuto se lo compró, hacía un año, por un precio irrisorio al viejo que nos acompañaba, lo reparó hasta ponerlo habitable y comenzaba en ese momento la gestión de renta. Nosotros éramos los primeros en responder al anuncio. Seguir al viejo en la oscuridad fue un paseo poco agradable pues la antorcha en su mano lanzaba sombras fantasmagóricas sobre las paredes y dibujaba en el techo, formas enormes, que se escurrían a nuestro paso… Por suerte  vivimos en un país en el que las cosas funcionan de maravillas, porque cuando ya estábamos al darnos por vencidos, la empresa eléctrica reconectó el edificio y quedó todo iluminado. Mi esposa, que se había mantenido colgada de mi brazo todo el tiempo, cagada de miedo, respiró aliviada. Pudimos ver entonces la calidad del edificio en todo su esplendor. El carácter medieval (o qué se yo si era medieval, a mi me pareció bonito y punto) estaba tan bien conservado que decidimos de inmediato vivir allí.

Fue exactamente un mes después de nuestra llegada que comenzaron a pasar cosas extrañas. Primero, los equipos electrodomésticos se fueron dañando uno tras otro, como si una mano oculta quisiera hacernos retornar a los años iniciales del edificio. Después, comenzó la ronda de los bombillos: explotaban unos, se fundían otros o peor, morían hecho pedazos junto con la araña del techo del salón, que cayó inexplicablemente en medio de la noche y se hizo trizas. De nada valía hacer bromas para calmar el miedo de mi esposa, porque ella es de las que no entiende de chistes. Además, para ser sinceros yo estaba ya también bastante preocupado.

Siempre he dormido poco. Muchas veces, me dan las tres de la mañana frente al ordenador. Esa noche no fue la excepción. Hacía tiempo que todos estaban durmiendo, yo mismo los había dejado en sus camas uno por uno y había apagado las pocas luces que aún funcionaban en la residencia. No me explico cómo lo percibí. Fue como una queja lejana que se coló por debajo del audífono y me haló la oreja. Segundos después me llegó más fuerte… y otra vez… y luego un grito lastimero me hizo quitarme los audífonos. Yo no sabía a qué me enfrentaría, pero el instinto paternal me lanzó corriendo en busca de los muchachos. En la escalera, a mitad de camino me sorprendió un estruendo proveniente del baño, cristales rotos.. la voz de mi hijo más pequeño que gritaba por mí. Volé por sobre los escalones, sólo unos segundos bastaron para llegar al cuarto de baño, encender la luz y verlo dando gritos, colgado del aplique del baño con el lavamanos destrozado sobre el inodoro, también hecho polvo a sus pies…

- ¡No fui yo papá! Te juro que yo sólo me subí un momento, pero el lavamanos se cayó sólo. Créeme, no fui yo.

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