
Hoy es de esos días que empiezan mal desde ayer.
Y todo porque en la noche dejé abierta la puerta de los recuerdos y estos hicieron de las suyas en el sueño. Me he pasado la noche corriendo por La Habana, oyendo el pregón de los vendedores ambulantes, viviendo a velocidad humana. Me detuve en la acera a hablar con los vecinos, como no hago desde que salí de la isla. Porque aquí es fácil enterarse de sucesos que ocurren del otro lado de la tierra, pero si un día preguntas por tu vecino, el que vive puerta con puerta, puedes recibir la desagradable noticia de que murió hace meses.
Disfruté nuevamente de los olores, del tic tac del reloj de la sala, de mi vieja dándose sillón saludando a la gente que pasa por la acera, o por la calle, o por la acera de enfrente y lanzaba el grito: ¡Cómo estás Rosa!
Un grupo de niños, sin camisa pasó corriendo exhibiendo un par de lagartijas que habían cazado y casi chocan con Manuel el pescador que pasaba con la cámara de camión colgada a la espalda…
Las sensaciones fueron tan vívidas que desperté con la intención de ir a la cocina a saborear ese café hecho por mi padre escuchando “Radio Progreso, la onda de la alegría”. Pero el júbilo se destrozó cuando mis pies tocaron la alfombra… y salí volando desde La Habana …y una tras otra fueron cayendo las paredes que me atan a este lugar, el sol se apagó y gruesos copos de nieve golpeaban la ventana, machacando un “go home”.
Camino al trabajo siguen cayendo contra el parabrisas…
