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Otro grande: El Sepulturero

Posted on Jueves 25 Octubre 2007

Confieso que esta manía de darle al teclado empezó aquí en Conexión Cubana. Anteriormente no lo había hecho más que por aluna necesidad eventual. Aquí es que ha tomado cuerpo este Blog, improvisando, cortando huevos he aprendido a capar. De esto hace ya más de dos años. Mirando atrás creo que lo bueno o lo malo de que las cosas hayan sucedido así se lo debo a dos personas que más que empujarme, me animaron a poner en letras las cosas que soltaba en el foro de Conexión Cubana. Una es Gonzalo, al que no me canso de darle las gracias y el otro, que hace tiempo que no hace sonar su pluma (o el teclado) es El Sepulturero.

Hoy revisando entre mis papeles encontré un escrito de El Sepulturero que data de hace mucho tiempo y que tuvo a bien dejarlo como respuesta a un debate en el foros de Conexión Cubana. Soy de esas personas que guarda todo lo que le parece ineteresante y esta está entre las obras que más me han llegado. Quiero, con licencia de El Sepulturero darle valor a mi Blog con su aporte. Ya me dirán ustedes si vale o no la pena:

Exilio tras exilio
José Luis Ameiro, El Sepulturero

Todos los exiliados, somos ante todo unos prófugos de nosotros mismos. Lo primero que se rompe en el alma de un emigrado es su raíz, esa que nos une a la tierra en la que nacimos.

Antes de convencernos, en la cruel distancia, que somos unos exiliados materialmente hablando, se ha quebrado un pedazo de nuestro espíritu.

El exiliado es una persona que busca el recuerdo de su patria en cada rincón del país que le acoge: una esquina, un rescoldo, una callejuela baldía, una estatua….Cualquier cosa que él pueda convertir en punto de referencia para no sentirse perdido.

Ilusorios y desorbitados nos embriagamos con el engaño del tiempo y pese a lo deslumbrante que las vidrieras pudieron ser en el principio, hay algo que nos falta, y otro que nos asfixia, que nos ahoga. Nos duele todo, los primeros años son muy difíciles. No es sólo la penuria económica, es el recuerdo, cosas del alma.

En la extrañeza del entorno asimos cualquier gesto, y lo que nos pareció miseria, abandono, desidia, nuestra memoria lo trasmuta en páramo de espejos. Todo la mente lo edulcora: un apagón, ya no es el triste y pesaroso momento de las recondenaciones, no, la idealización lo convierte en mito, y le vemos el lado cómico, el lado bueno.

Porque la mente es así. El corazón nos juega malas pasadas. Y los sacrificios del diario se edulcoran, se canalizan. Y se pierde el rumbo, y acudimos a esa frase, prestada, defectuosa, plagiada: “Cualquier tiempo pasado fue mejor…”

Al exiliado no le importan los gobernantes, él es un almacén de recuerdos y son todos éstos los que le aplastan y le dejan sin resuello.

Es muy duro emigrar. Y creo que para el que huye a un país frío lo debe ser aún más. Los recuerdos deben lacerar como puñales de hielo cada rincón , un motivo, un gesto. Porque se idolatra al que ha muerto, a lo que hemos perdido.

Es así, no le demos más vueltas.

Y cuando regresemos será un segundo exilio. No seremos de allá, ni somos de aquí. Y la mente volverá a jugarnos una mala pasada. E iremos viviendo de envilecimiento en envilecimiento. Testigos de nuevos espantos.

Anulados por todos, seremos hijos del infinito: nadie nos brindará, al regreso, ceremonias, aplausos, ni discursos. Quizás asistamos amuchos entierros. Los años son duros, matan, no perdonan.

Comenzaremos un nuevo exilio, en un grito.

Y seguiremos huyendo de continuo, de todos, de nosotros mismos. Porque no hay peor horror en la vida que ser un exiliado, un prófugo, un desarraigado, pero dejemos claro, nunca será Cuba, la que dejamos, la misma que encontraremos al regreso y si fuera de la isla, éramos extraños, dentro, en unos años, seremos peor que eso, yo por lo menos ya lo soy, un alucinado y me sueño el ocaso.

No soy caótico, dramático, es que un exilio conlleva a otro. Lo observo, pero no le encuentro remedio. Ya salimos, algún día, no sé cuándo, ya entraremos.

Y ya lo veo, en mis hijos. No recuerdan nada de allá. Y yo mismo, cuánto me invento, porque el recuerdo es eso, invención de la realidad que no poseemos.

Un exiliado se inventa mil historias para no sucumbir a la triste realidad que lo rodea: ve películas, silba tonadas, paladea manjares olvidados; y se imagina cómo es su tierra. Un día, por azar, regresa, nunca se sabe, ¿ y qué encuentra? Nada de lo que imaginó, ni pizca de lo que pensó. Y vuelve atrás, insatisfecho. Y sigue aturdiéndose en la orgía de sus recuerdos. La única forma que tiene un exiliado para no sucumbir de tristeza, de despecho.

Y soñamos hasta el infinito. La vida nos dice que un hombre somos tres: lo que ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue. Por ahí andamos, desajustados, inacabados.

Exilio tras exilio.

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