- Coges un pollo chiquito, de esos amarillos. Te vas al cruce de dos calles importantes y allí le arrancas la cabeza y roceas con las gotas de sangre el cruce de los caminos. Luego dejas caer el cuerpo y te vas sin mirar atrás…
- ¿Es necesario matar el pollo?
- Sí. Eleggua lo pide.
Esa fue la primera vez que, desesperado, puse mi futuro en manos de Eleggua. Días después llegó la convocatoria a un curso a Europa, pero nada. Otras visitas a “la consulta” se sucedieron pero pareciera que el ancla que me ataba al suelo de esa isla era más potente que los deseos de los santos.
Entonces un día de casualidad, encontré la puerta.
La atravesé con temor, no te digo que no. Comencé ausentándome por las noches para que nadie notara mi ausencia. Me aventuraba en recorridos cortos, siempre con la entrada a la vista, pues temía no poder volver. Cuando me sentí más confortable en aquella nueva atmósfera rompí las ataduras y pasé horas caminando a solas a la luz de la luna y regresaba sólo con las primeras luces de la mañana.
Mantuve el secreto durante varios meses. Ni siquiera a mi madrina de santo me atreví a revelarle la presencia de la puerta, aunque yo sé que ella sospechaba algo. ¿Podría reservar para mí solo la felicidad mientras veía despedazarse los que me rodeaban? ¿Cómo justificar mi súbito cambio de actitud? Mis constantes expresiones de quejas desaparecieron y de hecho mi vocabulario se redujo al mínimo imprescindible.
Un día al caer la noche le revelé a Elena la existencia de la puerta y creo que ella pensó que me había vuelto loco. ¡Ay Mandy te has vuelto loco! Exclamó y comenzó a llorar… No es para menos, cualquiera se funde en esta situación, pero yo sabía que nada era producto de mi imaginación. ¡No divagaba coño! Preferí no hablar del asunto hasta que llegara el momento oportuno para arrastrarla conmigo.
Mientras tanto mis incursiones diarias (o nocturnas, para ser más exactos) se extendieron hasta más allá de donde la vista alcanzaba desde la puerta. Había creído que era el primer y único habitante del lugar, pero pronto encontré evidencias de que allí había estado gente antes. Hasta que por fin la vi. - ¿Elena?- No sé cómo ella encontró la puerta ni cuanto tiempo hacía que recorría los mismos parajes que había yo transitado antes. ¿Qué puedo decirte? La paz se ha adueñado de la casa. No hace falta (ni pensamos) escapar de la isla. Ya no hablamos de hacer una balsa, ni nos interesa apuntarnos en la lotería de Visas. Con el tiempo, tras la puerta hemos encontrado amigos y nuestro secreto se puebla con más y más gente que ha descubierto la puerta de salida de Cuba… ¿Crees que me impresionas mucho con la cifra de cubanos en Miami? ¿Crees tú que alguien pueda aguantar esto tantos años sin largarse?
- ¿Qué? Ah claro… te interesa saber dónde está esa puerta. Está aquí- dije apuntado con el índice a mi cabeza- Bienvenido al exilio interior.