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Traumas de mi infancia cubana

Posted on Domingo 14 Octubre 2007

Son las tres de la tarde. Hoy se me ha hecho tarde para publicar el post dominical. Normalmente ya está en el aire desde bien temprano, pero hoy me he tenido que hacer cargo yo solo de los chamas y se nos ha ido la mañana jugando a armar un pueblo Lego, con tren, calles y todo… Bueno, realmente no lo armamos, ellos a la madia hora ya habían cambiado mi compañía por la Playstation. Así que yo quedé solo inventándome calles, puentes e historias hasta que la Doña llegó y me sacó de mi mundo con un escándalo del carajo: …porque a mí no se me puede dejar a cargo de nadie y esto y lo otro… Ya les dije una vez que yo vivo en una dictadura.

Pero dime tú, el problema mío es de la infancia. Ese trauma que arrastramos todos los cubanos nacidos después de la Revolución. Un sueño viejo, incumplido de tener juguetes como Dios manda. Pero no, a mí me tocó el tiempo en que la vieja tenía que dormir hasta dos meses en el portal de Ultra para que yo tuviera un camioncito y cuando llegaba el día de la oferta resultaba que los camiones, por arte de magia, ya se habían vendido. Después la cosa mejoró un poco y llego aquello de Básico, no básico y dirigido. A los tembas cubano no tengo que explicarle que es eso, pero para los que no sean ni tembas ni cubanos les aclaro que ese fue un método macarrónico para repartir 10 juguetes entre 20 niños y asegurarles a todos “algo”. El problema está en que la matemática es ciencia exacta. Existe fuera e independientemente de la conciencia de la CIA y los gobiernos americanos. Cuando yo y mis hermanos menores llagábamos a la tienda el quinto día a comprar nuestros tres juguetes anuales, lo que quedaba daba ganas de llorar… y sin excepción lloramos. Adiós a la bicicleta de mis sueños, adiós a la muñeca de mi hermana, adios al tren eléctrico del otro.

Por eso, cuando mi mujer me dió la noticia de que estaba embarazada de un macho, salí corriendo a Toys Я´US y me hice la boca agua mirando los trenes eléctricos, y las pistolitas y allí al final encontré el camión de mis sueños, abrí la caja y lo acaricié como un trofeo y volé a la Habana de mi infancia a recuperar los momentos de juegos perdidos, hasta que la dependienta, atraida por el ruido del motor que yo hacía con mi boca, me preguntó a secas: May I help You? Coño que papelazo.

Desde entonces hemos ido coleccionando piezas Lego ¡Y ya tenemos un pueblo macho! Bueno, tengo un pueblo.

Pero las cosas en Cuba nunca son tan malas que no puedan empeorar. La última vez que fui a La Habana decidí llevar a mis sobrinos de tiendas y en Galerías Paseo le he comprado un tren nada comparable con el mío actual, pero muy superior al de mi sueños de infancia… ¡Ah, nunca se me olvidará la cara de alegría de mi sobrino y la de la cajera al soltar yo la pregunta más estúpida que pueda salir de mi boca:

- ¿Y qué hace el niño cubano que no tenga dólares para comprar juguetes?

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