
Hay días en que me acuerdo de Bárbara Valdés como si la tuviera delante. Pasamos media vida estudiando en la misma aula. Ella con sus faldas cortas y sus dificultades en matemática y yo mirándola de reojo y “soplándole” en la primera oportunidad, el resultado de las ecuaciones en los exámenes. Cuando marché al servicio militar obligatorio ella no me despidió, ni me llevó flores; una mulata de esa calidad tiene demasiados pretendientes como para reparar en un “siete pesos” que se va a la guerra de Angola donde todo puede pasar, hasta dejarla viuda antes de tiempo.
La perdí de vista varios años, no sólo porque estaba del otro lado del Atlántico sino porque después en la Universidad las ecuaciones, integrales y derivadas no me daban tiempo para pensar en una mulata como ella.
Creo recordar la punzada que me dio en el corazón cuando una vez la vi del brazo de un Pepe, esa fue la última vez que la vi en la isla. Yo hice mi vida, sepultando las esperanzas de alcanzarla un día y apretarla entre mis brazos, pero continuó siendo en algún oculto de mi ser Babi (no Baby como dicen los americanos sino Babi, como les llamamos en Cuba).
De esto hace ya dos décadas… pero como dice la canción “Veinte años no es nada” y el mundo es un pañuelo. Hoy, cuando salí a darle una vuelta a los chamacos me detuve ante un escaparate de teléfonos móviles y vi pasar su silueta reflejada en el cristal con la misma elegancia y la frescura de aquel tiempo. ¿Quién podría ser si no con esa figura? ¡Hay que ver lo que hacen los recuerdos y la distancia! Al principio ella reaccionó asustada a mi llamado, pero luego, cuando mi imagen encontró mi imagen en sus recuerdos lanzó el grito de ¡Negro! y me saltó al cuello… y yo que había sepultado para siempre las ganas de abrazarla disfruté de ese abrazo como si fuera la primera vez que la soñara.