En mi cumpleaños pasado, la doña me tenía, como siempre, un regalito:
- He comprado entrada para un concierto de Elton Jonh.
¡Coñoooo! Ahora sí la partí. Si porque mira, en Cuba uno a lo más que podía aspirar era a ver al negro de los Bonnie M en aquel programa… ¿como se llamaba? “Ein Kessel Buntes” y el ballet de la Televisión de la RDA, bailando “Cantando bajo la lluvia”. Verdad que uno se quedaba bobo viendo aquellas rubias altas como torres, haciendo sus coreografías cansonas, medio bobaliconas. Pero ya.
Lo nuestro fueron los conciertos calurosos y sudorosos de la escalinata. Conciertos con despelote y niñas que te decían sin conocerte:
- Papi, déjame subirme en tus hombros…
Y tú, que no es que estuvieras bien comío, pero estabas joven; con tal de tenerla cerca pues le dices “trépate mami” y ella se metía el concierto allá arriba de tus hombros dando cintura y coreando a Mayohuacán “el corazón de la´banaaaaa…” ¡Ay Dios mío! Tremendo despelote en la escalinata. Fue también época de conciertos de Silvio con Afrocuba y Pablo y Moncada o ya en plan más tranquilo de Donato Poveda en la Casa del joven creador (ambos pasaron a mejor vida: Donato está en el yuma y la casa es hoy el museo del Ron… también en fulas), o Xiomara Laugart en el anfiteatro del parque Almendares (la negra anda haciendo maravillas allá, “en el norte revuelto y brutal” mientras el Almendares no ha tenido la suerte de pasar a fulas y va languideciendo hasta convertirse en esa triste imagen que todos pueden ver del bosque de La Habana).
Mención especial para las casas del Té. Para los no cubanos, las casas de las infusiones fueron “la escuela superior de ligue de La Habana”. Aquello era ya grandes ligas. Allí no iba cualquier “niña”, en ellas todo se llenaba de chicas de la universida´, sin ajustadores y pezones afilados por el tibio frío habanero. Allí había que llegar con una guitarra o algún libros medio raro bajo el brazo, tipo “La poesía de Lord Byron” o “Análisis crítico del cine almodoviano”. Mientras más raro mejor, pa´ poder sobrevivir en la lucha contra los demás tiburones. Y después dar una labia que pa´ qué. Por eso hoy aquí, en la época del SMS, a veces me siento que mato hormigas a cañonazos.
Bueno, se hizo lo que se pudo y a veces hasta más entre tanto concierto y gozadera habanera de finales de los 80, cuando aún la furia de los fulas no imperaba sobre la faz de la tierra, nuestra tierra. Pero aún así, me quedaba pendiente ir a uno de esos conciertos bacanes, con un tipo de puntería como el John y al ritmo de “El rock de los cocodrilos” rasgarme la ropa, llorar, caer en trance, prender fosforeras y por supuesto: fotos que tú conoces”, pa mandársela a los socios con una dedicatoria. ¡El Yoyo en el yuma…! Bueno, ya tú sabes.
El caso es que llegado el día, rumbo al estadio nos cogió un atasco del carajo y yo maldiciendo la sociedad de consumo, llegué cuando acababa la primera canción…
- Oye, pero ¿cantó o no cantó?
- Que sí chico, que sí…
¡Eeeeehhhh! El tipo cantó la segunda, la tercera, saltó por el escenario, corrió, le dio cabezasos al piano, se cambió tres veces de chaqueta y gafas, chifló y sacó la lengua y na´. La gente, esta gente… bueno, “estos” lo miraban muy sentaditos, sin derramar una gota de sudor, ni corear, ni na´de na´. No hubo chicas gritando, ni nadie agitando el pulóver con las tetas al aire. Al contrario todos, muy ordenaditos como robots, a lo más que llegaron fue a dar palmadas (muchos a destiempo) y yo me quedé tumbado, cavilando, comparando este hato de gente congelada, con las imágenes de despelote de mi memoria. Viendo aquello no creo que esto tenga nada que envidiarle nada a los conciertos de la escalinata.
¿Valió la pena?
Pa’ matar de nostalgia a los tembones les dejo dos ventanitas a youtube.
Y ya pa´hacerte tierra echate esto y dime coño si no tengo razón en lo que digo (y si lloras también no importa, yo también lo hice)