Amanece gris.
Dejo los niños a la guardería y sigo raudo hacia la oficina. Hay mucho tráfico, los autos forcejean unos con otros para pasar aún con la luz amarilla, pero yo no llego a tiempo. Me detengo ante la línea y veo cruzar ante mí un mar de peatones también apurados. Aquí todos están siempre apurados, tienen alma de bomberos o tienen una cita importante con la nada, el caso es correr. Detallo los edificios circundantes, las flores en los balcones. Una mujer en rolos abre una ventana dejando salir una melodía conocida. Lleva en sus manos una tela que extiende sobre la fachada, pone mucho cuidado al extender una bandera cubana y yo quedo absorto en sus movimientos.
La luz verde se proyecta y los desesperados choferes me lanzan improperios desde el claxon…, el aire frío hace ondear la bandera que, triste, se proyecta contra el gris cielo de Julio. Aún así vuelo con ella hasta donde el sol la acaricia. Alguien me golpea el cristal y maldice y yo le sonrío mientras coloco un CD de música cubana y me quedo soñando.
Allá en lo alto ella termina, mira el caos en el tráfico matutino y se marcha cerrando tras de sí la ventana. La bandera ha quedado sola.
Proyectan nuevamente la luz verde y me marcho dejando tras de mí la sorpresa y el caos… Hoy los he hecho gritar a todos de rabia, les jodí el orden, destruí por un momento la paz metálica de estos comemierdas.
Y eso me hace al menos por un momento un inadaptado feliz.