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To eat or not to eat. That´s the question (II)

Posted on Miércoles 25 Julio 2007

Cuando en Septiembre de 1990, Fidel anunció el inicio de lo que llamó período Especial en tiempos de paz, los cubanos no teníamos idea aún del drama que se nos venía encima. Muchos en aquel entonces pensamos sinceramente que en poco tiempo la revolución seria historia y no era para menos pues los altares mayores del socialismo rodaban por el suelo. Corría en aquel tiempo el chiste que decía: La Revolución ya se cayó, ahora rodamos por el piso hasta detenernos. Los cubanos hacemos de todo un chiste, aunque nos estemos cagando en la hora en que nacimos.

Veíamos también con tristeza cubanos desde el extranjero, divorciados de la realidad y lejos del dolor del pueblo cubano de a pié azuzar, en el momento más jodío, la llama de un bloqueo que debía ahogar al tirano sin importar que para eso muriéramos primero todos los cubanos que vivíamos en la isla (responsabilidad histórica por la que en su momento tendrán que dar cuenta a Liborio).

Fueron esos tiempos difíciles, en los que muchos se vieron acorralados por la Polineuritis epidémica. Un informe de una revista médica cubana indica: …A finales de 1991 y comienzos de 1992 Cuba se vio afectada por la mayor epidemia de neuropatía de su historia y una de las mayores de su tipo en el mundo (…) La Neuropatía Epidémica Cubana (NEC) había afectado hasta terminar 1996 unos 56 000 casos y ha representado el mayor desafío impuesto a la comunidad científica nacional, sobre todo en lo concerniente a su origen etiológico, su forma de propagación y su comportamiento clínico…

Para arrojar luz sobre las causas de la aparición de la enfermedad en Cuba, mencionaré un debate que presencié televisivamente en el que Fidel Castro le preguntó al Ministro de Salud de aquel entonces Dr. Terry: “¿cuáles son las causas?” y este respondió sin pensarlo dos veces: “Comandante la causa es el hambre, la gente está pasando hambre”. El ministro fue en días posteriores separado de su cargo.

To eat or not to eat. That´s the question.

La tal epidemia fue algo que nos picó de cerca. Amigos fallecidos, otros terminaron cojeando o ciegos. Hermosas mujeres en un par de meses perdieron libras hasta secarse y convertirse en la estampa de la muerte. La piel de una amiga cercana perdió su capacidad protectora y aún hoy no puede salir hoy a la calle sin una sombrilla en un país como Cuba donde hay sol fuerte todo el año. Fueron tiempos de bañarse con jabón una vez al mes, tiempos de no desayunar para dejarle la poca leche que conseguíamos a los pequeños. Tiempos de, con suerte, una sola comida al día y un vaso de agua con azúcar por cabeza antes de dormir. En tales circunstancias no se le puede pedir a la gente que se aferre a los valores. Había que ser Gandhi para pasar enfrente del Hotel Inglaterra y ver los turistas almorzando, había que ser más recto que la madre Teresa de Calcuta para sentir hambre y no torcer el camino. Así y todo muchos se mantuvieron en su línea, otros; los menos, no resistieron. Pero yo los entiendo pues yo mismo no estoy
seguro de que llegado el caso de escoger entre no comer y mamársela a una vieja para poder comer no hubiera hecho lo políticamente correcto, no pongo la mano en la candela por mí mismo. Tuve la suerte de que, cuando mi futuro se pintaba más negro que lo habitual y los pantalones ya se me caían, me propusieran trabajar en la esfera del turismo y escapé como Skipy. Y no tuve que, al menos en ese tiempo, responder semejante paradoja.

Dice una canción cubana: …la historia es una espiral que nunca acaba, unos la llevan alante, otros la cagan… Los gallegos que nunca se conformaron con la pérdida de la última colonia, y mantuvieron esa espina clavada durante más de ochenta años, llegaron a por la reconquista. Y tras ellos toda suerte de buscavidas, delincuentes y gente sin futuro que venían a hacer la América después de haber fracasado en la Europa. De un día para otro se llenó la Habana de turistas, gente rosada de moneda verde y esto sentó las condiciones para la compra venta a través de la carne. Tristemente aquella isla nunca tuvo suerte, cuando el mal es de cagar no valen guayabas verdes.

Atendía a una delegación de empresarios. Gente sin piedad que venía a hacer dinero por encima de todo, que discutía hasta el último centavo, gaitos capaces de pedirle rebaja a un limosnero, curtidos en el más despiadado de los capitalismos. Estuvieron sólo tres días en La Habana. La primera noche les recomendé visitar la zona restaurada de La Habana Vieja. Al día siguiente el jefe de ellos comentó que había conocido a una chica muy guapa de 26 años, estudiante de idiomas en la universidad. La segunda noche fueron a Tropicana, el último día levó a “su novia” a  la oficina. Una chica que llevaba un cartel de jinetera en la frente. Con toda la diplomacia posible le dijimos que las cosas que se iban a tratar no debían ser de dominio público y al gallego le dio una perreta. Nos acusó de cuanto quiso y se marchó. Supimos por su socio que al llegar a España se divorció de su esposa de toda la vida y regresó a Cuba se casó con ella. Unos meses después aterrizaba la chica en España.

Juan es un gallego buena gente que trabajaba en Cuba, pero como todo gallego que se respete, a pesar de estar “felizmente casado con una gallega en su tierra” se volvía loco por las negras cubanas. La Habana fue testigo de sus mil y una aventuras (cosa por la que no lo culpo, pues yo le devolví el golpe con creces en Madrid con dos mil dos gallegas). Pero esto no le bastó y decidió filmar en vídeo sus encuentros de cama. Terminado el asunto que lo trajo a Cuba regresó a su tierra y dicen que en una de esas noches frías madrileñas extrañaba tanto a sus negras cubanas, que se puso a ver la cinta de vídeo y tres pajas más tarde se quedó dormido frente a la tele… Su esposa fue quien retiró la cinta del aparato y de paso lo dejo con lo que tenía puesto y una patada en el culo después del divorcio. ¿Qué hizo Juan? Pues ni corto ni perezoso se volvió a La Habana y se casó con la negra del vídeo.

¿Cómo es posible que gente curtida que va por la vida con un cuchillo en la boca caiga en sólo una noche a los pies de una prostituta cubana? ¿Qué les hacen a estos hombres duros? No sé, prefiero no acercarme a tales devoradoras, no sea que termine yo de nuevo en un solar de La Habana Vieja. A estas alturas posiblemente el gallego de la primera historia siga pensando que su chica era virgen si no de cuerpo, al menos de alma.

“Yo veo… yo veo un barco que se está hundiendo” Madam Kalalú

A qué esperar más. Tres decenios son más que tiempo suficiente para demostrar la imposibilidad de un proyecto que no acababa de dar resultados, pero al cual sus conductores se aferraban con terquedad infantil arrastrando a todo un país a la ruina y castigando con mano de hierro las voces que llamaban a la cordura y la lógica. Después de 30 años de construcción socialista el cubano de a pie llegaba a la triste conclusión: De aquí hay que irse, como sea pero hay que irse antes de que este loco nos hunda.

El record de balseros y la cifra de quedados fueron rotos año tras año. Un amigo balsero me cuenta que hay que estar verdaderamente loco para cruzar el estrecho de la Florida en una balsa….“Si yo tuviera que volverlo a hacer no lo haría, pero ya estaba allí en medio del inmenso mar y no me quedó otra que seguir pa´lante…

No puedo aportar cifras, sólo hablo de lo que vieron mis ojos. A partir de ese momento el número de matrimonios entre cubanos y extranjeros se multiplicó hasta el infinito. ¿Por qué? ¿Acaso súbitamente descubrieron los cubanos que lo atractivo está más allá del mar? Las colas de las embajadas no mentían, ni mi colega abogada tampoco: En Cuba también hay mafias que cazan a los tontos, pero allí los delincuentes no matan a puñaladas, ni meten la mano en la billetera, ni drogan a sus víctimas para saquearles. Ellos matan a orgasmos, atontan con caricias para que el yuma entregue su billetera por voluntad propia y aún siga contento. Para irse de un país que se ha convertido en un infierno.: Que la chica no hable de precios no quiere decir que no cobre; Cuba es un país sui generis en Cuba donde la educación gratis resulta ser la más cara del mundo.

Como consecuencia del aislamiento cubano, la abrupta apertura al mundo provocaba el encuentro de culturas que se desconocían por completo. Unas veces los cubanos, otra los recién llegados cometían el error valorar al otro según experiencias propias. Muchos extranjeros traían por un lado un desconocimiento total de la sociedad cubana y por otro sobrevaloraban sus numerosos viajes. Pero Cuba y su experiencia eran únicas en el mundo. El recién llegado debe saber que no ha llegado al paraíso, sino a una tierra que agoniza por cosas que para ellos nunca han sido problema, que los cubanos normales no frecuentan discotecas y que alrededor del mundo del turismo se levanta una muralla de gente que no dejaba ver al verdadero pueblo cubano. Las casualidades no existen, los encuentros fortuitos no son tal. Las hadas no existen, ni Papá Noé… ni mamá tampoco. Y llegaron también las decepciones, los matrimonios fallidos, los abusos de ambas partes.

Pero ¿qué se puede esperar de un matrimonio decidido tras una, dos o diez noches de placer? El matrimonio es algo más que buenos ratos de cama. Tampoco vale el argumento de que los cubanos no pueden salir de la isla por un tiempo para probar si la cosa funciona y no se pueden conocer antes. El matrimonio no es algo que se hace “a ver si sale bien”. Otras veces pareciera que en casa de estos fortuitos turistas no hubiera espejos, ni espacio para la lógica. Viejos calvos, señoras arrugadas y tetas caidas encontraban en sólo una noche afroditas o adonises que se enamoraban de ellos. Hace un tiempo un señor peruano de marcados rasgos indo americanos nos hablaba del engaño de su esposa cubana. Meses antes ella había caído rendida a sus pies en un viaje de ómnibus interprovincial en Cuba. Si ese señor se hubiera detenido a explorar un poco la sociedad cubana habría descubierto que el ideal de belleza del cubano nada tiene que ver con su imagen, que por el contrario su biotipo está precisamente en la parte más baja del gusto medio del cubano. Claro que nada es absoluto, todo en amor es posible, sí, sí… y Papá Noé… y mamá tampoco.

La necesidad hace parir mulatos. En Cuba nunca hubo Rastas. Los negros de los sesenta nos pelábamos bajito, los negros de los setenta usábamos espendrum, los negros de los ochenta nos pelábamos corto, bien corto. Pero bastó que aviones canadienses trajeran cientos de canadiensas ávidas de aventuras, que no distinguían entre una y otra isla del Caribe que confundidas buscaban a Bob Marley en Buena Vista Social Club, para que de la noche a la mañana La Habana se llenara de Rastas. Como en todas partes, el cliente manda: si los vuelos llegaran desde Honolulu los negros nos habríamos puesto faldas vegetales, un collar de flores y saludaríamos en el aeropuerto con un Aloha!

Siempre les he preguntado a las “supuestas” víctimas ¿Qué aprendieron de Cuba antes de casarse con un cubano? ¿Cuántos libros acerca de la vida cubana, con cuantas personas en su mismo caso hablaron antes, cuantos foros cubanos en Internet visitaron? ¿Cuántos filmes? Pero nunca me responden. Tal pareciera que les iba la vida al ver al mulatón, tal pareciera que aquella fuese la última mulata y gritaron sin pensarlo dos veces: ¡Lo compro!

Sábado, 12:00 m. Habana. Primer día.

Francisco llegó en medio de la noche a la casa, donde debía hospedarse tres días  antes de partir a un recorrido por el centro de la isla. Temprano lo despertaron unos suaves golpes en la puerta y una voz dulzona que le apresuraba para el desayuno como hacía su madre hace muchos años. “¡¡Paco mi amor!! ¡Qué ya está servido el desayuno…! La dueña de la casa, una morenaza revoloteaba en derredor le despertaba y descorría las cortinas en calentitos dejando que un torrente de luz tropical, pegajoza bulla y jodedera inundara la habitación. Paco aún borracho por lo del cambio de hora, sintió que la cabeza le daba vueltas. ¿Te sientes mal Paco?

Marimar no sabe cómo llegó al callejón, había caminado muchísimo toda la mañana, había conocido Coppelia y la Universidad. Desde la Colina decidió bajar la escalinata y seguir todo recto calle San Lázaro abajo. Todavía no había hablado con nadie, pero la ciudad a pesar de su pobreza, le resultaba cómoda, muy familiar. Le habían dicho que por lo moreno de su piel podía pasar inadvertida, pero una vez  que puso pie en el callejón de Harlem fue como si todas las miradas se pusieran de acuerdo para desnudarla, para meterse bajo sus ropas, abrir su billetera y ¡Hmmm…!  y los tambores le tendieron una trampa a sus torpes movimientos que denunciaron su condición… ¡YUMA!.

– Hola, tía buena, ¿me das fuego?

Marimar se volteó y dio de bruces con un torso desnudo, sudado, oscuro y brillante…

Continua en JINETEROS: Por culpa de una mala gallega (III)

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