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El pinguero

Posted on Miércoles 18 Julio 2007

¡Mira que yo llevo tiempo en esto de oir para luego contar historias de jineteras, yumas y pingueros! Un día di con la que, a mi entender, es la historia mejor lograda acerca de un pinguero, desgraciadamente no la escribí yo, sino una amiga que le sabe un mundo a eso de darle a las teclas pa´ sacar historias que te llegan al alma. Ahí les va de puño y letra de mi socita TNT de Conexión Cubana:

El pinguero

Daniel es bonito, con sus patillas, se viste de negro y usa botas con hebillas. Para quien no adivinó, aclaro: Daniel es pinguero. Visita el solar de enfrente, un lóbrego laberinto fétido, antro de jugadores y delincuentes, que nunca trabajaron: se enorgullecen de haber dejado los cepillos de dientes en la prisión como garantía de regreso inminente.

Cazan con pericia gente como Daniel, que gasten el dinero con indolencia. Al principio lo dejan ganar una pequeña cuantía, y después, solidarios entre sí, intercambian claves, señas, ponen a espiar las cartas de juego a los mas pequeños, usan espejos situados con estrategia.

La mesa de juego, renca, quemada por cigarros, planchas, reverberos y peines calientes, soporta a duras penas una historia repetida, mientras las moscas se disputan entre si un lugar de honor entre los mocos y las pequeñas heridas cotidianas de los niños que allí viven. Al lado de la mesa de los jugadores, una llave de agua enrollada en la liga de una cámara de bicicleta, y una lata vieja llena de agua y orina sirve de cuna a diminutas y rápidas larvas de mosquitos, y cazarlas es hoy la distracción de los muchachos.

Los hombres sin camisa, bien peinados y en chancletas, fumando, esperan ansiosos por la llegada del Pinguero, que todavía no ha aparecido esta semana. De pronto, sienten la moto, en la calle, y el regocijo general revuelve la pocilga, aparecen mujeres con las manos brillosas de grasa de tractor, tejiendo sus trencitas, un peine preso en la maraña de pelos por tejer, y los muchachos dejan de jugar con porquería para acercarse a la mesa: hoy con seguridad comen algo bueno.
Cuando el Pinguero entra por la puerta desvencijada comienza a tratar de despegar una cáscara de mango que tiene pegada a sus flamantes botas, levanta un brazo, hace un saludo para todos y dice:

-Buon giornio!

Todos están honrados y encantados con aquel amigo que habla ingles. Aquel saludo cordial puede costarle ganar (por simpatía), dos veces consecutivas, antes de perderlo todo. Comienzan las reglas del buen recibir: un traguito de aguardiente. Aparece en su homenaje un vaso de vidrio, retirado a los guerreros con previo permiso, de transparencia comprometida por el calcáreo y el manoseo. El Pinguero bebe el mejunje, resopla con el impacto, posa el vaso, besa su medallita en la cadena, y sonríe.

Comienza el juego y al avanzar, pasa algo, hay una incómoda indisciplina en el ambiente, por causa de lo cual ya van tres juegos consecutivos ganados por el Pinguero. Los tres hombres utilizan frases de descontento, a ver si logran atemorizarlo, a ver si acoplan el ritmo, pero eso parece imposible. Porque las mujeres, ajenas a la irregularidad, no estaban presentes, salieron y luego entraron con una palangana de tripas de puerco, recién compradas y todavía calientes, todavía por pagar. Con un débil hilo de agua que sale de la llave, se entretienen en la compleja actividad de lavar las tripas, que por falta de agua se simplifica austeramente. Los niños abandonaron sus deberes espías cuando vieron salir las mujeres y constataron que efectivamente, hoy comerían algo especial. Ellos no notaron la felicidad del Pinguero, ni la angustia creciente de los hombres que casi en desespero pasaron a la fase de emergencia: escenificar una bronca que detuviera y cambiara la dirección errónea tomada por el juego.

Por tanto de la nada surgió una protesta, una frase grosera que desencadenó la bronca. En un exceso de celo interpretativo, la maltrecha mesa cayó al piso, regando las cartas y los recipientes de bebida por la tierra. Fue derribada la palangana de las tripas, que provocó la ira de las mujeres, mientras lo hombres, enardecidos, luchaban entre si sin determinar bien quien era el adversario a abatir. El Pinguero se apartó, mirando divertido desde el barracón del frente, cuando un mensajero de afuera trajo la noticia: La policía. Todos corrieron, hasta los niños, sin rumbo determinado, tratando de limpiarse el fango con heces de puerco que tenían pegado al cuerpo, entrando sin dirección por los cuartos que se ofrecían solidarios con las puertas abiertas. El Pinguero, por instinto, corrió, entró casi agachado para no golpearse la cabeza con el techo desvencijado, en la única casa donde nadie había entrado, y lo primero que vio, cuando su vista se adaptó a la oscuridad, fueron los ojitos pícaros de Niña, la mas vieja del barrio, que ya había sobrevivido a innumerables intervenciones policiales.

Niña esta encima de una maltrecha cama de hierro, cubierta de trapos para no ser molestada por las moscas, y ahí fue que el Pinguero tuvo la gran idea. Se acostó junto a la vieja, la cama resistió corajosa el embate, y cuando oyó afuera los pasos de la policía que se acercaba a la puerta, abrazó a la vieja, y estampó un beso en su boca desdientada. El policía no estaba preparado para lo que encontró, por eso, confundido, pensó en titubear una disculpa cuando fue increpado por el Pinguero, que colérico, lo confrontó:

-Caballero, que es esto? Es que en este país no se puede tener privacidad?

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