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Una tortilla de diez huevos

Posted on Viernes 13 Julio 2007

Un septiembre de principios de los 90 estuve por primera vez en las tierras orientales. Si a sus habitantes les había ya tocado bailar con la más fea, el período especial ha sido especialmente cruel con ellos: Fidel les dio la espalda y hasta Dios se ha olvidado de enviar lluvia regularmente para calmar la sed de esa tierra herida por una sequía sin precedentes.

Me dio por visitar por esos días una jevita que había conocido en La´bana. Precisamente porque estaba más buena que el carajo, me decidí a dejar La Poma y coger el tren lechero hacia el “lejano oriente”.

En el comienzo de la Sierra Maestra hay unos paisajes bellísimos. El pueblo llamado Bueycito es un encanto y ya cuando llegué a Buey Arriba me parecía estar en el paraíso. ¡Qué paisajes coño! Miles de tonos de verde vegetal y azules cielo se entremezclaban entre el salto de una catarata en miniatura, pero seductora. Yo no había visto nunca una catarata, pero pensé que esta nada tendría que envidiar a cualquier otra de este mundo.

Viajaba como podía apretado en un camión que hacía las veces de guagua y que era el único medio que unía el pueblo de Bayamo con mi destino. ¡Ah! una vez al día y va en coche. Íbamos en aquel camión ruso adaptado y remendado como sólo en Cuba sabemos que hacer (y no nos queda más remedio) más de cien personas. Tan empinada era la cuesta que en cada metro este se quejaba más y más. Hasta que una fatal curva el pobre tareco dijo: ¡Hasta aquí!

Y ahí mismo me cagué en mi madre y en los miles de verdes y los sinsontes se me volvieron tiñosas y… bueno toda esa pajarería se me volvió negra, pues que me hacía yo en medio de aquel monte, sin conocer a nadie, a 20 kms del cacerío más cercano.

Parece que los guajiros estaban acostumbrados a esas toturas, porque sin esperar a la orden se tiraron todos al suelo y comenzaron a andar con paso seguro hacia su destino. Pero el “habanerito” que empezó con buen paso no pudo mantenerlo más de media hora bajo un sol que rajaba las piedras, sin agua, cansa´o después de casi 20 horas de tren y además para no variar, con los zapatos rotos.

Eran las tres de la tarde cuando mataron a Lola y probablemente hubiera muerto si un chamaquito, que subía arreando un flaco buey, no me hubiese encontrado tirado debajo de una mata cogiendo un diez que se convirtió en cien.

- ¿Qué pasa compay? Se te aflojaron las piernas.
- No jodas, estoy mata´o. Llevo en el camino desde ayer, no he comido, no me he bañado y lo peor es que no se cuando voy a llegar.
- Mira, mi casa está a medio km de aquí. A lo mejor mi tío te puede llevar con el caballo hasta donde empiezan las lomas, porque de ahí pa´llá tienes que seguir en mulo. ¿pa´donde es que tú vas compay?
- Y yo qué cojones sé. Mejor le preguntamos a tu tío a ver si él sabe. - y comenzamos a andar.

Al rato dicisamos un algo al que llamaban “casa” por llamarlo de alguna manera. Esto tenía que ver más con Angola que con Cuba. El techo estaba aguantado por algún que otro horcón podrido, en otros descansaba directamente en el suelo, en algunos lugares se podía ver el cielo y cuando llovía… bueno como Dios se olvidó de enviar agua del cielo a esta tierra no habría problema con las goteras. Una vaca a lo lejos era la viva estampa de la revolución: hueso na´má, en vez de dar leche daba lástima.

Salieron de aquel “bar en tierra” como 15 chamacos, todos sin zapatos y sin camisas. Las hembritas, creo recordar que eran tres, llevaban unas baticas de cuando el ciclón del 26. Todo allí carecía de color, como no fuera el de la tierra seca que se pegaba a todo cuanto se podía alcanzar con la vista.

- Echa pa´cá “banerito”. Mima, mira este está peldi´o. Me lo encontré debajo de una mata a la orilla del camino y dice que no sabe pa´donde cogel.
- Ah mu bueno día tenga usted “jeñol” Pase pa´cá, coja aquel taburete que le cuelo un buchito de café.
- Oye yo no quiero molestarlos, solo que me indiquen el camino.
- Mire, mijo- me dijo la vieja que salía de la cocina, más flaca que la vaca- El cacerío ma´ celcano etá a 13 kilómetro. Asi que si no tá pura´o quédese aquí que ya seguro que ahorita componen la guarandinga y pue´ continual camino. ¡Manuel! Llévalo a que se limpie un poco esa cara y cuando venga de regreso pasa pol´nido de la gallina jabá a vel si puso.

El aseo era en un arroyo no muy lejos de la casa. En las márgenes algunas guajiras le caían a palos a la ropa, según me dijo Manuelito estaban lavando. Suerte que yo me baño sólo…

De regreso a la “casa” pasamos por el hueco en un árbol donde supuestamente la jabá debía haber puesto sus huevos. ¡Ni cojones, la jabá, como la vaca, daba lástima! O como la canción: buche y pluma na´má.

En la cara del chama le vi la tristeza.

- ¿Cuántos son ustedes chama?
- 17
- Cojones, ¿tantos hermanos? No, con nojotros viven mi abuelo y la helmana e´ mi apá con jus 4 hijos.
- La cosa está mala por aquí chama ¿No?
- Un poco, pero se hace lo que se puede.

Manuelito tendría unos 14 años. Pero hablaba con una seguridad y responsabilidad de un hombre maduro. En ese monte no se puede perder mucho tiempo en juegos de niño, porque la vida no es juego allá arriba.

- Vieja ya ´tamos de vuelta y la jabá no ha pue´to naitica.
- Bueno etiramo lo que hay pa´ que el señor coma algo antes de irse.
- Oiga no señora, yo me voy ya que no quiero que me coja la noche.
- Pa´donde te va si tú no sabes ni pa´donde cogel.
- Bueno yo averiguo, pero además yo no tengo hambre -mentira, estaba partío.
- ¡Con esa cara! ¡que no tiene hambre!, aquí tengo 10 huevo y un poco de arroz que sobró de la comida de ayel.
- Pero señora, ¡si ustedes son 17!
- Pues no importa muchacho, si con 10 huevos alcanza y sobra pa´tos nojotros y pa´to´el que llegue. Gente llegando y yo echando agua a la toltilla.
- Si pero y la grasa - le dije con la más tonta ingenuidad.
- ¿Grasa? Tu vienes de la´bana ¿eh? Ay mijo aquí no vemos grasa desde que matamos el macho pa´fin de año y etamos en seltiembre

Pues es así, que aquella gente sin saber cómo, ni de donde había caído este ser, preparó una tortilla de 10 huevos -los 10 últimos- de la que comieron 18 personas. Nadie me preguntó mi nombre ni que hacía. Me acogieron bajo su techo y me brindaron lo muy poco que tenían. A pesar de que la pobreza los tenía contra la pared, a pesar de que yo venía de lugares mejores, no importaba. En ese momento sin su ayuda quizás me hubiera muerto o con suerte, desmayado por esos montes y con 35 grados de temperatura no hubiera hecho el cuento. Ellos lo sabían.
Allí estuve conversando un rato. Hasta que el ruido de un motor ruso comenzó a quejárse nuevamente en el camino.

Preguntar cuanto se debe pagar es un insulto para esta gente. A pesar de su pobreza ellos poseen una riqueza invisible a nuestros ojos. Así que sin dar tiempo a ná le miré los pies descalzos de manuelito y le dije: ¿Chama qué pié tu usas, como el 8? ¿No?

- 8 y medio si este puede dormir para´o.
- Metí la mano en la mochila y le dejé unos Nike que aún daban el plante. Vaya pa´que te des pista con las jevas- Y me mandé a correr pa´lcanzar la guarandinga que ya casi se me iba. Atrás dejé a la vieja flaca gritando que no podía aceptar aquel par de tenis tan lindos pa´embarrarlos de fango.
- Señora, ¿qué fango si aquí no llueve? -dije en mi carrera.

Y seguí cuesta arriba, contento porque aún en las más difíciles situaciones, en los campos de Cuba te esperan sorpresas agradables.

Seguí mi camino apretado en el fondo de la guarandinga mientras la voz de Mercedes Sosa decía:

…Quién dijo que todo está perdido,
yo vengo a ofrecer mi corazón…

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