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Risa Habanera

Posted on Sábado 3 Marzo 2007

Estamos en mundial de fútbol. Ahora se permite gritar, dado el improbable caso de que hagamos un gol… pero ni eso. No podemos desahogarnos.
 
Ayer llevé a mis pequeños al parque infantil. Llegamos en la hora pico, cuando todos los padres llevan de la mano a sus hijos a disfrutar un poco pues el clima nos está dando un respiro: tenemos sol, cielo sin nubes y fútbol en un bar que queda sólo cruzando una calle peatonal.

Antes de dejarlos me quedé por un rato viéndolos jugar con arena y sus cubitos. Miraba aquel parque infantil de lujo con hamacas y tio— vivos fabricados en plásticos de brillantes colores y hasta una réplica de un castillo medieval con puente levadizo y todo. ¡Cojones si yo hubiera tenido todo aquello que feliz hubiera sido! ¡Estos chamas han nacido con suerte!

No hay tanta gente pero ¿Por qué se ve tan abarrotado el lugar?

Habría para los 30 niños que ocupaban el lugar unas 30 pelotas de fútbol, unas 20 bicicletas, unos 15 velocípedos, 10 muñecos de peluche gigante, 30 cubitos, 30 palas… Cada niño es una gigante exposición de juguetes caros, para impresionar a otro niño lleno de juguetes caros.

No bastan 30 niños y 30 pelotas caras para organizar un buen partido de fútbol. Primero hay que hacer que ellos se hablen entre sí, que rompan las barreras de la invisibilidad y se permitan el lujo de hacer amigos. ¡Lástima! me habría gustado ver un buen piquete de chiquillos corriendo tras una sola pelota dándose empujones y gritando a voz en cuello Goooolllll!!! Habría sido divertido para mí y divertido para mis pequeños que sé que se aburren.

La Habana, camino Prado abajo.

Ha cambiado mucho el Prado desde que lo recorría en chivichana, con los pantalones rotos en el culo y sin camisa.

A excepción de los leones que no han perdido su metálica fiereza todo lo demás pertenece a otra ciudad. Los mármoles de los bancos están rotos, la lisa superficie del paseo se interrumpe por tramos.

Los policías han aumentado en número y pasan lentamente mirándote. Sus miradas me escudriñan. Soy un tipo sospechoso, tengo tipo de sospechoso, nací con un color sospechoso. Ahora ya no bajo la vista, no me oculto tras falsas prisas, mi andar es lento. Debo ser peligroso, muy peligroso cuando no huyo de ellos. Por eso me dejan hacer y yo camino llenando los pulmones de aire habanero.

Una pareja de recién casados sale del palacio de los matrimonios y se besan en la acera ante el bullicio y la alegría de los invitados. Se han jurado estar unidos en las buenas y en las malas. Ojala puedan un día estar unidos en los buenos tiempos.

A la altura de la calle Colón un chama, indiscreto, me aborda y me pregunta:

— Mi tío, ¿Tu camarita tiene esas pantallitas donde se ven la gente?

Me pide que le haga una foto para verse en ella y acepto. Le gusta verse, se ríe de su propio churre en la pantalla y llama al resto de la pandilla. Y yo les propongo un negocio.

— Les cambio una foto pa´ cada uno si le dan una vuelta en Chivichana a mi chama.

¡Allá va eso! Mi chama grita de alegría, vuela Prado abajo como hacía su papá montado en una rústica chivichana empujada por un grupo de descamisados negritos. Desde allá lejos, desde la calle Cárcel me grita. Nunca lo vi tan contento:

— ¡Me viste Papá!, ¡¿viste eso?! ¡Coñoooo, que guay! Papá ¿me puedo ir con ellos?

Allá va corriendo. Se quitó los zapatos y la camisa, nunca lo vi tan excitado y espontáneo.

Y les tiro muchas, muchas fotos, no creo que a mi regreso, mientras juegue sólo aburrido con arena, pueda explicarle a la gente lo grande que era su sonrisa habanera.

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