Cada cual tiene sus límites. No basta que ellas muevan las nalgas de manera tan sensual, no basta que sonrían y usen faldas. Uno siempre pone sus límites…
Aunque muchos piensen que todo lo que lleve faldas me interesa, he puesto siempre distancia entre mi persona y las faldas de policía. Ellas para mí pierden el interés, no son ni mujeres ni hombres, no están ni buenas ni malas: son sólo policías.
Ella entró como perdida, la luz en su cara la dejó ciega por un momento y cuando al final sus ojos se acostumbraron a la media luz ya yo la tomaba por su cintura y nos alejábamos de la puerta girando, girando, girando… Y ella no hizo intento alguno por escapar.
— Sí, soy cubano, me gusta la salsa y me gustas tú — le contesté a sus ojos.
A las 9 de la mañana volví a la vida entre recuerdos de olores y sudores, de ejercicios y maromas. Y mientras me desperezaba se formaba ante mí una silueta uniformada que me hizo saltar de la cama.
Se acercaba con el bastón en ristre y yo desnudo no encontré sino la ventana para saltar, pero tan tarde, que me asió por los hombros y colocó el beso mas dulce mientras el bastón acariciaba mi entrepierna.
— Te he dejado desayuno preparado, cuando salgas sólo tira la puerta…