04.12Sueño crepuscular
“Soñemos que es azul este ocaso y hay sol en las alfombras.
Que al pie de las paredes crecen vincas,
anémonas, narcisos,
y hay rosas en mis labios.
Ven a beber sus pétalos,
a gozar la textura de sus copas,
a olvidar lo que abruma el fondo de tus ojos.
No pretendas razón o lucidez
más allá de este instante.”
Andrés R. Blanco “Álbum Crepuscular”.

Así son las cosas. Las del alma se manifiestan casi de puntillas. Vienen y van. Se elevan sobre la roca que somos y después, de la misma manera, se disipan hasta llegar a la orilla de la que vinieron. Nosotros estamos en ese punto en el que lo real se confunde con lo irreal y el resto no es más que un escenario en el que toca actuar.
He fabricado un personaje. Por encima de mi cabeza pululan susurros saltando a la deriva, en la dulce marea donde me rasgue las vestiduras a tu antojo. Mis cosas se han desbaratado. Me desordene amor y me desordeno. Miro alrededor y nada tiene que ver con lo que quiero ver. No soy y no siendo sigo aquí. El dolor, a veces, se acelera y aunque busco una razón no logro encontrar otra cosa que tu imagen entrecortada por palabras que no alcanzo, pero que imagine en ese momento en el que la noche caía y yo con ella.
Qué razón llevaba el poeta al escribir “… eran lenguas, columnas como llamas nacidas del crepúsculo, era ardiente marfil presidiendo una cita de carnes anheladas” y que irónico es el destino que me envuelve. Yo que tu lo pensaría. Si te me quedas dentro no voy a saber cómo sacarte pero tampoco cómo tenerte. No me interesa defender las posesiones, ni las prefabricadas obligaciones, ni las fidelidades a la carta, ni las declaraciones de objetivos, ni las buenas intenciones. No quisiera una jaula para tu corazón, sino una ventana muy grande para que puedas escapar sobrevolando los restos de los que te quieren encerrar en una costumbre y puestos a pedir quisiera que en tu cansancio vinieras a reposar con las alas siempre abiertas para partir de nuevo. Los buenos deseos son eso, buenos deseos nada más. En ellos nos quedamos, en los silencios que combatimos navegando a la deriva de los versos, entre melodías que escuchamos para descubrir otros nuevos, entre la idea de escribir el mayor de los éxitos saltando de una loca idea a otra aún más loca, de una estrofa sin ritmo a otra menos rítmica, de una asonancia a una consonancia, de un sueño a otro sueño crepuscular y en medio de ello, sólo tú.
Tengo la piel llena de alquitrán. Huelo a sal. Sueno a caracoles. Podría hasta escribirte que me he quedado en un rincón del habitáculo, envuelta sobre la ropa sucia y la cándida esperanza, al ras del cerco de la puerta de un jardín imaginario que cerré, sin querer mirar atrás, para seguir mirando hacia un adelante incierto con tus manos en mi memoria, que como fauces se pegan a mis caderas adormiladas. Que cosa más irrepetible. Que belleza la nuestra. Creo que bajaron todos a mirarnos y ninguno era capaz de entender como cabía tanto deseo dentro del mismo cuerpo, tal vez, es por eso que te llevo casi como una reliquia, un talismán, un objeto inanimado que adquiere significado a medida que te pienso, visualizándote en una creación sin fin, en un perpetuo estado perfecto.
Pienso que si las cosas del alma son así, impredecibles y fugaces, también la imaginación debe valer para algo. No es tiempo de derrocharla, en eso estaríamos de acuerdo, pero deja que imagine, bajo este estado febril, que a lo mejor entre la brisa y la bruma llega alguna cometa venida de vaya a usted a saber para recordarnos que fuimos un día a tientas y a ciegas rodeados de luces.

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