Si no escribieras te volverías loco*

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Supongo que a todos en algún momento nos ha ocurrido. Las frases incoherentes pasean por la cabeza, rebotan y se estrellan en sus cuatro paredes, de atrás hacia delante, de delante hacía atrás, hasta elevar la temperatura presionando sobre el resto de pensamientos, dejándolos a un lado para salirse con la suya y éstos, a su vez, vuelan derrotados hacía otra mente que ya no es la tuya.

Tengo a todos mis deformados personajes inundando, entre voces y risas, la pasividad. Parecen revelarse ante su falta de nacimiento como nonatos enfurecidos mientras me detengo para escuchar sus vocecillas inertes imponiendo un inicio, un desenlace, un final, secuencia a secuencia, palabra por palabra, dictada desde un más acá reconocible y cercano. Ellos quieren que yo me haga pasar por otra inventándoles una nueva identidad, narrando cada una de sus peripecias, de sus sufrimientos, de sus aventuras. Sin embargo, esa despersonalización de lo humano, la ilusión de querer trasladar lo recóndito al papel es parte de la locura. Pero ¿qué sería de nosotros si no escribiéramos?, ¿veríamos la realidad con otros ojos? ¿percibiríamos lo que viéramos con otros sentidos?. Fuera de la imaginación creativa sólo es posible la muerte del ser, de ahí que sea necesaria la imaginación, casi como un pan de cada día, para subsistir bajo un show que llamamos vida.

Seguro que a nosotros nos ha pasado. Ha sido suficiente con una imagen cualquiera en medio de un lugar cualquiera para que la máquina de la ensoñación se ponga en marcha. Entonces, te detienes en ti mismo, en esa parte que sólo tú conoces y las imágenes afloran en perfecta comunión, ya sabes como será la vida de fulanita, en qué momento llorará menganita, cuándo será que encuentre el amor, de qué manera sufrirá el desamor, la primera frase que iniciará la aventura del protagonista, la última que cerrará el cerco blindado que has creado en torno a unas vidas paridas sin esfuerzo, con la ayuda de una epidural de hormonas que se disparan placenteramente.

¿La obra nace o tú naces con la obra?. Tal vez, ambas cosas a la vez o ninguna. Más bien ella ya existía mucho antes de que llegáramos a apropiarnos de su libertad. La imagino vagando de mente en mente con la necesidad de ubicarse en alguna que pudiera entender sus ganas de finalizarse, eligiendo unas manos rápidas sobre el teclado para devorarlas bajo el deseo de hacerla entendible ante una conciencia humana que no sabía de su presencia. De ahí que muchos digan que al escribir sienten que es otro quien les dicta y no la obra en sí. Pero es que ella tiene vida propia, tras la visión inicial que intentamos plasmar afloran otras inusitadas y sorpresivas que te llevan a otros laberintos, otros desasosiegos, otras necedades para desviarte hasta el lugar concreto al que quiere llegar, justo cuando menganita no se para en la esquina donde tú la imaginaste y decide andar por la calle que nunca llegaste a ver, dándole un rodeo al amor que habías inventado para caerse de bruces contra el asfalto mojado una noche de lluvia en mitad de Berlín y la protagonista de la obra se convierte en la desdentada que busca un lugar con el que tampoco habías contado. Consciente de que todo lo que has planificado no tiene nada que ver con la realidad virtual en la que te encuentras inmerso te dejas llevar y al final de todo descubres que la frase que cerraría el relato es el título, que el inicio resulta ser el final y que la trama ya no tiene nada que ver con lo que habías planeado y ha nacido, como si tal cosa, aquello con lo que nunca habías contado. En el fondo, estoy segura que escribir es la mayor de las alucinaciones posibles, la única que puede salvarte, se trata de una profunda esquizofrenia con la que se aprende a vivir, después de experimentada la enfermedad no hay remedio posible que la evite.

Raquel Ortiz

* Diálogo entre Naipaul y Paul Theroux incluido en “La loca de la casa”. Rosa Montero.

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