11.18Mieles y Aguardiente.
“…la expresión mítica de la inevitable relación entre lo positivo y lo negativo. Para los yoruba, la casa significa el refugio por excelencia, el lugar privilegiado contra los avatares del destino. En su misma puerta reside Elegguá, marcando con su presencia la frontera entre dos mundos: el interno, de la seguridad, y el externo, del peligro. Pero no puede haber seguridad sin peligro, ni sosiego sin inquietud…”.
Natalia Bolivar. Los Orishas en Cuba. Pag. 36.

Me siento en el suelo, en ese lugar en el que deberíamos estar todos. Pienso que ya queda menos o eres tú el que lo piensa, a lo mejor lo imagino y no es nadie quien sueña con esa sentencia ilusoria sobre unas manillas de reloj en las que me cuelgo para jugar con el tiempo. Sigo sentada.
No tengo nada mejor que hacer que mirarte, tocarte, mimarte, prepararte para un sermón que ya conoces pero al que me entrego como si fuera la primera vez o la última. Te digo que he llegado hasta aquí con todos mis muertos y atisbo una sonrisa en tus labios recién nacidos mientras proclamo entre cuatro paredes ¡yo soy hija de la madre del mundo!, con la misma velocidad con que troceo un plátano maduro colocado de forma asimétrica junto a ese pastel de chocolate, que conseguí cuando ya la pastelería estaba a punto de cerrar sus puertas, evitando el frío de esta noche más invernal que ninguna. El viejo de la foto sonríe. El sabe, auto convenciéndome de que el plato de arroz será a su gusto, soñando con que mañana al despertar este vacío mientras duerme sobre un manto de nubes y echa un ojo sobre mis bajas tormentas.
Ya explique que no soy la misma (menos mal) pero parece que nunca llegan a entenderlo. Tú si porque es por ti que todo se ha roto para volver a recomponerse, por ti y por los otros, grandes siluetas en forma de objetos que hacen de mi vida un mágico caminar repleto de avatares y descubrimientos. Seguramente no lo entienden porque no quieren. No es lo mismo dejar caer una palabra en el aire que en el centro del corazón. Ese cuando se toca se resiente. Como un calambrazo nos recorre la conciencia y entonces paramos a meditar sobre el significado de lo que se dijo o de lo que se quiso decir, sin recapacitar sobre el sentido real de cada una de las silabas que componen la frase maldita. Te susurro: benditos sean los cambios y carcajeas con una mezcla vieja y nueva que me brinda oxigeno suficiente como para continuar divagando sin dejar de mirarte. Ahora entiendo el porque si y el porque no como si se tratará de una de esas sesiones de antiguas películas en blanco y negro, montadas a trozos y sin sentido a primera vista. Yo era una de las espectadoras sonámbulas envueltas en un eufórico entusiasmo envenenado y tú eras el niño que esperaba detrás de la puerta sabiendo que llegaría el día en el que tendríamos que vernos las caras sin los rostros y el alma sin las vestiduras. Ya ha llegado nuestro momento. El momento en el que los de allá se revuelven y los de acá se recogen. Ese grato momento prometido ya viene de camino y lo celebramos con ron, con miel, con puros y con alguna que otra vela para encendernos más, si cabe, la inteligencia.
No hay mayor arma que la templanza. Esa que nos mandan desde el cielo y que tú tan bien conoces. La utilice con tu permiso cuando recogí las cosas que quedaban entre aquellas cuatro paredes y mis recuerdos, entendiendo que nada tienen que ver los catorce de febreros, ni las frases compuestas, ni las rosas, ni las fiebres, ni los deseos. Nada de aquello tiene importancia. Cada uno de los que por allí pasaron dejaron una huella inconfesable, pequeños rastros de lo que hoy soy, sentada frente a ti, sin ser la misma. Y menos mal, vuelvo a pensar, menos mal que me he librado de los recodos y de las medias tintas. Fumo envolviéndome en un humo que dibuja lo etéreo de nosotros. Vuelves a sonreír tomando vida y ya te siento inseparable, es por eso, que fuera de las reglas y de las normas necesito despedirme cuando salgo por la puerta y saludarte cuando llego como si fueras aquel pequeño que se coloca en mis sueños en diferentes secuencias para después llamarme con un solo gesto, a penas un movimiento de manos colocadas sobre mi pecho.
Dicen que tengo tanto amor dentro que de grande se me hace inmenso y por eso necesito volcarlo sobre algo que no sea yo, de ser así se quedaría estancando, así que aprovecho para lanzarlo sobre ti sin más reclamo que algún guiño y es entonces cuando sonríes ante el pastel de chocolate y los caramelos. Tu eres el hijo que no tuve y el guardián de mis sueños. Yo sigo siendo aquella entre los ingenios. Aprendiendo a escondidas, descubriendo a escondidas, rezando a escondidas. Todo sigue iluminándose con tu presencia y cuando tengo la oportunidad de ver a los otros que nacieron contigo siento como los niños regresan a mis faldones a la espera de que caiga la noche para escuchar uno de mis cuentos clandestinos, mientras los mayores se hacen los dormidos apretando los ojos y abriendo los sentidos.

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