Kelvis Ochoa, ese divino reptil.

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Cuando el teórico David Pearson propuso una lista de reglas hacia el diseño de una arquitectura orgánica conocida como “La Carta de Gaia” debió de pensar en Kelvis Ochoa: el ser inspirado por la naturaleza y ser sostenible, el existir en el presente continúo y comenzar repetidas veces, el seguir los flujos y ser flexible y adaptable, el satisfacer las necesidades sociales, físicas y del espíritu, el crecer fuera del sitio y ser único, el celebrar la juventud, jugar y sorprenderla y el expresar el ritmo de la música son características esenciales de su faceta artística y de su persona.


Este artista esta de nuevo en Madrid, deleitándonos con su presencia en diferentes conciertos donde sus trabajos actuales como pasados se mezclan para conformar una unidad en la que prima, por encima de todo, la espontaneidad y la madurez. Kelvis personifica la creencia en lo que se hace impregnando de una perfección invisible, casi imposible de detectar, por esa forma que tiene de subirse a un escenario e hipnotizar al personal con su sencillez y cercanía, lo que toca, lo que transmite a través de sus canciones y la capacidad de adaptación con el medio sea cual sea éste como un divino reptil. Parece crecerse, hacerse más grande ante los ojos de los demás en el momento que comienzan los primeros acordes de su guitarra y las primeras frases que posteriormente hilará creando de manera constante, sin ni siquiera percatarse de ello. Para los que le sentimos es un placer saber que lo que nos transmite es la pureza de una voz mezclada con los ritmos cubanos más conocidos dándole una nueva concepción de estilo a la música, a la actuación y al personaje en sí mismo. Los que le escuchamos desde sus inicios hemos podido ser participes de una evolución innata, de puntillas, casi de manera mágica hacía una profesionalidad en la que se mezclan de forma organizada los deseos y proyectos que ahora dan su fruto, tras años de esfuerzo donde la apuesta era la fe hacía un crecimiento que esta viendo la luz. Los que le conocemos sabemos que dentro de ese hombre se mantiene el mismo muchachito que parándose en los detalles encontraba la grandeza de las cosas y así lo expresa en su edad adulta, profundizando en cuestiones como el amor y la música.


Con este nuevo trabajo “Amor y Música” Kelvis Ochoa coloca un broche de oro en el mercado musical tan carente de artistas de su tamaño, capaces de levantar al público por el ritmo que derrocha y despierta, contagiando de alegría y emoción a través de las sensaciones, mezcla de humor y crítica, de amor y poesía o de hechos cotidianos que transforma en canciones con total maestría. Sin dejar de lado el romanticismo en cada una de sus letras continúa en la línea rítmica que le ha perseguido durante toda su dilatada carrera, manteniendo en su musicalidad el son típicamente cubano y el sucu sucu característico desde el inicio de su proyección.


Independientemente de sus conocimientos musicales, por todos conocidos, Kelvis Ochoa tiene un don, una gracia especial, un bien sobrenatural recibido de vaya usted a saber que Dios: el carisma. El ser carismático implica poseer talentos para el desempeño de una misión determinada. Sin duda, la misión de este hombre es convertir la música en un arte del que se alimenta y alimenta a los demás. Es imposible no dejarse llevar por su manera de iluminar cada rincón ya sea en una sala llena de focos o en la intimidad de su entorno, mientras los demás disfrutamos de esa particular forma que tiene de hacernos entender que la vida tiene un sonido diferente.

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