Entre el silencio y mis amores

“Todos los seres,
todos los acontecimientos de  tu vida,
están ahí porque tu los has convocado.
De ti depende lo que resuelvas hacer con ellos”

Ilusiones. Richard Bach

No voy a estropear con palabras lo que tú me das. Sentirte cerca es suficiente. El placer de pasear dentro de ti sabiendo que eres único es necesario. He malgastado demasiado tiempo hablando. Mejor aún. He malgastado mi tiempo depositando palabras de amor en otros oídos que no eran los tuyos. Me dormí en los laureles. Por otro lado, no es de extrañar que lo hiciera. Los que se quedaron para conocerte saben que era de esperar todo lo pasado. Son unos pocos elegidos. Aquellos que tienen el privilegio de compartirte conmigo. Los justos para quererte como yo te quiero.

Me das la templanza. Ahora que la nombro rememoro las muchas veces que la llame, aunque ya no es imprescindible. Sentirla lo era. Ubicarla lo era. Poseerla lo era. Con ella vienen los recuerdos. No los malos, porque de ellos no queda nada, sino los buenos, aquellos que me sitúan en una casa de campo, apuntalada por las manos de Mari, mientras pintándose las uñas decía: La Templanza es un arma que viene desde el Cielo. Yo no podía entender la dimensión de aquella frase. Supongo que estaba preparada para vivir como si la vida fuera lo único importante. Ahora sé que su significado era otro, tal vez, se trataba de una advertencia llegada de cualquier lugar distinto al de este mundo. O no. El caso es que no quiero estropearte con palabras. Sentirte cerca es suficiente.

No hay espacio entre tú y el olvido. No es mi estilo, ya lo sabes. Pero es bueno que se hagan “los despacios”. Si, en plural. Son ellos los que te salvan la vida. Ellos y todos los acontecimientos. Incluso las miradas extraviadas y los insolentes comentarios venidos de otros que no te conocen y que perdieron su tiempo. Debe ser duro hurgar por no tener vida propia. Es triste y es habitual. Menos mal que nunca me paso, porque podía haberme ocurrido que por entretenida estuviera todavía en otros labios que no fueran los míos. O peor aún. Buscando un padre para mis hijos perdidos. O peor aún. Intentando recuperar la sombra de lo que nunca fui ni he sido. Pobre. Es triste pero es justo. Las circunstancias acompañan a las hazañas y algunas son tan sucias que se recompensan con largas vidas repletas de escondite y miedo. Pobre de aquellos que se meten en sus madrigueras sabiendo lo que hicieron. Aunque tampoco esta mal. Es lógico que se retorne a aquello de donde se proviene. La oscuridad y la luz tienen ese punto en común: acompañan a cada ser debidamente, aunque en algún instante de estrafalaria miopía nos quieran confundir con reflejos artificiales, no son más que eso, un artificio de malas mañas que después siempre queda al descubierto. Esta frase no es mía. Pero quería enseñártela para saber como sonaba en otra boca que no fuera la de Olga. Ella si sabía. Lanzaba sus manos sobre mi venda para romperme a trozos la ceguera, con esa manera tan brusca que la caracteriza, tan brusca y tan auténtica.

No te he utilizado en demasiadas ocasiones. Por eso creo que éste es tú momento. Estas en mis manos como un preciado tesoro, usándote pero sin exceso, para no convertirme en uno de esos que andan por ahí proclamando lo que hacen sin hacerlo, o creyendo que lo hacen o sabiéndose perfectos. No es que me arrepienta de haberte llegado tarde. La dicha es buena así que el tiempo no debería mantenernos en desacuerdo. Son los ajustes. Las maneras de encontrarse no importan. No se trata de lecciones. Lecciones. Cuantas veces escuche de otras lenguas aplicar las lecciones que nunca aprehendieron sobre sí mismos. ¿Lecciones de una vida?. No es un mal título. ¿Lecciones de una hazaña?. Tampoco lo es. ¿Lecciones para aleccionarte que debes tomar lecciones?. Demasiado largo. Desde niña he preferido las “elecciones”. Han sido geniales. Sobre todo cuando en las musarañas imaginaba sueños que después convertí en realidades. Creo que todavía queda algo de eso. Menos mal. No han podido con ellas las perturbaciones de fuera. Ni las hambres de otros. Ni las manos sucias. Ni las malas conciencias.

Te miro de frente y me asombras, pero para bien. No hay ni un atisbo de desconfianza. Una de esas desconfianzas que producen los que se cobijan en sombras dispersas cuando el sol aprieta, cambiándose de chaqueta según la estación del año o sin terminar de decantarse por nada que no sea puro egoísmo, venido de ese afán de supervivencia que sólo tienen los que nunca supieron vivir consigo mismos. El aburrimiento es una plaga y para matarla apuntan a lugares indebidos. Tú estas en otro compartimento. Los sacos rotos se componen de piezas diferentes. En ellos caben todos lo que se fueron. Los que no supieron colorear mis acontecimientos. Sin embargo, Iro siempre mantuvo un pincel entre sus dedos. No sé porqué a todos los grandes les da por los pequeños. Tal vez adivinen, sin saber demasiado de ellos, que dentro existen mándalas que colorear, sin verlos.

Hoy estas aquí y te conservo. Soy más feliz que nunca. Me siento como aquella vez en la que una rosa azul llego a mis manos. No recuerdo si llovía o era sólo que yo sentía las gotas “hurgando todas mis partes”. Esta frase tampoco es mía, pero Dhapné sabrá perdonarme, siempre que pude le robé un cigarrillo como antesala de una de esas conversaciones que sólo pueden tener las gentes de monte adentro. Con la sensibilidad que se descubre detrás de una careta de teatro adherida a la faz pero no al corazón. El caso es que debía de hacer frío porque sentí que había pasado demasiado tiempo hasta que Javi llego. Él nunca faltaba a una cita si detrás del teléfono intuía una necesidad imperiosa por reír a carcajadas. Aunque nunca falto tampoco las muchas veces que sintió que lloraba. Aunque pensándolo bien, nunca falto. Simplemente. Así es como me siento contigo. O como aquella vez en la que Roly lanzaba un correo en el que nombraba “Raquel del Cielo”, o las muchas veces que Félix escuchaba con oídos alternos, o cuando Berta y Julio dijeron estas a salvo con una mirada. Me siento como la primera vez en el sofá de Liven escuchando las palabras de Diana, o asomando los secretos con Boris desde la Terraza, o correteando las calles con Shyla sobre mi espalda, o danzando con Alicia entre girasoles y playas… Me siento así. Me siento afortunada

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