02.13Cupido, ese enano abusón.
En la mitología romana, Cupido es el dios del amor. Es hijo de Venus y de Marte. Se le adjudica la creación de amores y pasiones entre los mortales y aparece representado por un niño alado. Resulta ser el Dios de los enamorados, creando una balanza entre el amor y la tragedia.

En la mitología Pancrasiana, Cupido es un capullo en toda regla. No se asemeja a un ángel de la mitología cristiana sino a un niñato con ganas de fastidiar al personal con sus flechitas, que se entretiene persiguiendo a los que no pueden verle con la intención de crear todo tipo de enfermedades emocionales. Y es que no hay peor estado que el del enamorado. De repente, porque al pequeñito se le ocurrió levantarse ese día con ganas de joder todo te parece diferente, no te cuesta nada madrugar dos horas antes para ir al trabajo porque sabes que verás en él al objeto de tu amor y lo que antes para ti era un suplicio se convierte en un hobby, como si levantarse a las seis de la mañana para reconstruirte la cara, el cuerpo y el alma fuera algo tan emocionante como que te toque el euro millón y mandes a todo el mundo a casa del carajo. Además si te toca piensas en compartirlo, con lo que pierdes esa parte de autosuficiencia e independencia que te convertía en una persona normal, es decir, egoísta, ruin y algo malicioso. Ya no, ahora todo huele diferente, las nubes no son grises es sólo que tienen demasiada agua acumulada y la lluvia que te cala hasta los huesos es una bendición del cielo que refresca tus ganas de seguir enamorado. No importa que un camión acelere para, con malas intenciones, encharcarte por entero, lo disculpas porque sabes que el conductor no siente lo que tú sientes y caminas ausente por las calles de la ciudad pensando que estas realmente guapo aunque te hayan estropeado el traje que habías planchado dos horas antes y que ahora es como un higo en el que no te percatas y que para ti tampoco tiene importancia. Bajas de peso y también lo agradeces. Dejas de tener apetito porque te es suficiente con comer de la imagen que te posee y te conviertes en un sonámbulo que habla solo inventando todas las conversaciones que tendrás en un futuro, en el que también confías, con aquella persona que has imaginado como una escultura perfecta, una estatua de bronce y olvidas que para sobrevivir hay que alimentarse porque eres capaz de vivir de las ilusiones.
Sumido en un constante estado de alelamiento pierdes la capacidad de concentración y eres incapaz de hablar otra cosa que no sea los sentimientos, las dudas, los gestos, las palabras, las miradas que en ese momento imaginas, ya que la realidad se mezcla con la ficción y todo se convierte en un mundo distinto, una burbuja en la que sólo tu habitas y en la que prohíbes la entrada a todo aquel que no aguante el monotema alrededor de las feromonas, las maripositas en el estómago o las dudas sobre tu aspecto porque además, eres un interrogante indeciso, que no sabe como actuar para impresionar al personal, un personal que seguramente ni siquiera se ha fijado en ti, pero como tienes encima al simpático de turno, sobrevolando tu cabeza con esos ricitos de color oro y esa cara de niño hipócrita pues te crees cosas.
Cuando el muchachito decide que ya esta bien de jugar contigo te caes al suelo con la misma velocidad con la que te creías en el cielo y es cuando una mañana te levantas, diez años después y te encuentras a tu mujer susurrando por teléfono y cuadrando una cita con un tal Arturo que parece ser, según te explica, un compañero de trabajo con el que tiene mucho “filling”, te preguntas que significará esa palabra pero como tienes que preparar aquel informe que te pidió tu jefe, el mismo que lleva mandándote diez años, lo pasas por alto. Después, una noche cualquiera llegas a casa con ganas de rememorar aquel estado de embriaguez que te producía el cabello de tu mujer, que ahora se ha convertido en un estropajo magreado por las constantes permanentes para conseguir cierto volumen, perdido tras la llegada al mundo del segundo de tus hijos y te encuentras a Arturo jugueteando con el bebe mientras tu esposa se ríe de todas las carantoñas que le hace, ignorándote con un frío buenas noches. Pero como entiendes que ella tiene que abrirse a otras amistades, idea que te ha inculcado con premeditación y alevosía durante la última conversación en la que decidió o separarse o vivir más libremente, piensas que tan enamorado como estas no vas a dejar que el de la mesa redonda te suponga un problemita y también lo pasas por alto. Entonces Cupido, que nunca termina de crecer, porque es un enano malvado y traicionero, te saca la flecha de cuajo, con el mismo ímpetu con que te la metió en seco en ese momento en el que te presentas con un ramo de rosas rojas y una botella de champagne en tu propio hogar para obsequiar a la madre de tus hijos con uno de esos detalles que a todas las mujeres les gustan y asustado antes los gritos de tu esposa al otro lado de la puerta, la abres con impaciencia y nerviosismo para encontrarte que lo antes era tu casa ahora se ha convertido en un campo de batalla en el que Arturo corretea en pelota picada jugando a los indios y los vaqueros intentando cazar a tu mujer que ahora le ha dado por disfrazarse para probar cositas nuevas y es entonces, sólo entonces, cuando comprendes que tu madre llevaba razón al decirte: deja de fantasear hijo mío que el amor no es más que una enfermedad mental.

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